Kraken

En 2010 China Miéville siguió apartándose del New Weird que había caracterizado los primeros años de su carrera, aunque sin abandonar por ello la ambientación que le es característica. De hecho, retorna a la fantasía urbana ambientada en Londres que ya exploró con su primera novela, “El rey rata”, aunque en esta ocasión todo el asunto tiene un sabor decididamente cercano al Tim Powers de la serie de las Fault Lines (“La última partida“). Cercano, sin embargo, no es exactamente igual, y Miéville sabe imprimirle su sello distintivo. Lo que no sé es hasta qué punto la apropiación estilística se culmina con éxito.

La novela arranca con el robo misterioso de un ejemplar de calamar gigante (Architeuthis dux) del museo de historia natural de Londres (el Darwin Center). El misterio radica sobre todo en el modo en que un tanque de cristal, capaz de contener los restos conservados de un cefalópodo de ocho metros (sin contar los tentáculos), junto con todo el líquido embalsamador, ha podido esfumarse de la sala principal de exposiciones.

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Atrapado desde el principio en todo el lío se encuentra Billy Harrow, biólogo especializado en moluscos, guía ocasional del museo y quien preparó la muestra, que se ve abocado de pronto a un Londres que no conocía, cuajado de sectas extrañas que compiten por los fieles mientras esperan que se desencadene tal o cual apocalipsis. En particular, todo el asunto parece apuntar a la Iglesia del Todopoderoso Kraken… aunque cuando por fin acaba en poder de los devotos Billy descubre que están tan perplejos como todos los demás, amén de escandalizados por el sacrilegio al que ha sido sometido su dios. Lo peor, sin embargo, es que todos los habitantes sensitivos de Londres empiezan a soñar con el advenimiento de un fin del mundo relacionado con el fuego, y el calamar desaparecido tiene todas las papeletas para ser el disparador de la hecatombe.

Miéville puebla Londres de sectarios, bandas ocultistas organizadas, magia e incluso brigadas policiales especializadas. Oscilando de continuo entre tomarse todo el asunto a broma (al estilo de Terry Pratchett) o terriblemente en serio, aplica su considerable talento imaginativo para poblar la ciudad de personajes singulares, como el jefe mafioso Tatuaje, los temibles Goss y Subby, la Unidad de Crímenes Relacionados con Sectas, los Londromantes, los ángeles de la memoria o el mejor personaje con diferencia, Wati, un antiguo ushebti (estatuilla de un servidor) del Antiguo Egipto, que ha logrado revolucionar el Más Allá llevando a sus compañeros a la rebelión y que ahora dirige el Sindicato de Asistentes Mágicos de Londres (convocante de una huelga por la conquista de derechos).

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Billy, en compañía de Dane, ex brazo ejecutor de la Iglesia del Todopoderoso Kraken, antiguo guarda de seguridad del museo y hereje excomulgado, intentarán desesperadamente descubrir qué está ocurriendo y dónde se encuentra el calamar gigante robado, mientras diversas facciones confabulan más o menos abiertamente por todo Londres para prevenir el desastre o cuando menos sacar algún provecho a todo ese lío.

La acción de “Kraken” es frenética, como no podía ser de otra forma, y la originalidad de la propuesta más que notable. Miéville huye de las convenciones de la fantasía urbana, prefiriendo poblar su ciudad con personajes totalmente originales y cercanos a su filosofía (destacaría, por ejemplo, al Camaleón Proletario, un hombre que trasmite la certeza de ser un compañero de trabajo en cualquier situación). Los habitantes del submundo mágico descrito se mueven por una fina línea entre el asombro y el patetismo, creando un entramado asombroso justo bajo la superficie de la cotidianidad. El problema, quizás, surge cuando tratas de refrenar un poco la marcha y recapacitar sobre la coherencia interna del conjunto, porque por momentos parece que el castillo de naipes no se desmorona sólo porque no se permite un instante de reposo.

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Parte de lo que hace tan especial a Tim Powers en que sus tramas, por muy alocadas que se antojen, terminan engranando con precisión milimétrica, haciendo que todo cobre sentido. Miéville aún no domina ese truco en “Kraken” (su estilo narrativo no se ajusta bien a las necesidades de la novela de misterio, como ya probó en “La ciudad y la ciudad“), así que la secuencia de acontecimientos tiene bastante de aleatoria, y la resolución, cuando llega, deja con la sensación de haber estado todo el rato persiguiendo un reclamo. Es importante, en este tipo de relato, que el lector se sienta despistado, pero no engañado, y me temo que los trucos empleados en la novela se inclinan más por el engaño que por el despiste.

Otro aspecto que no está bien medido es el del humor. Por un lado, intenta tomarse absolutamente en serio las premisas más absurdas, para evitar que su imposibilidad evidente las prive de impacto. Y la verdad es que conquista su objetivo con nota. Pocas ideas podrían ser más ridículas que la Iglesia del Todopoderoso Kraken, y sin embargo lo aceptamos, como aceptamos sin problemas la agenda política de Wati y las vicisitudes de su huelga (piquetes de familiares y espíritus elementales incluidos). En otras ocasiones, sin embargo, le puede la vena friqui y mete con calzador referencias a Star Trek que no pegan ni con cola, así como otras bromas privadas que rompen el tono de la novela.

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Así pues, con “Kraken” tenemos una novela que acumula aciertos y errores (con una ligera ventaja para con los primeros), intercalándolos de modo tal que resulta difícil coger ritmo de lectura. Es un libro que estaba deseando disfrutar, pero que no dejaba de frustarme de un modo u otro, sobre todo fallando a la hora de establecer una progresión lógica de acontecimientos (algo imprescindible si la trama se apoya en un misterio). Ello es particularmente notorio por lo que respecta a una apresuradísima sublectura que intenta construir en los dos o tres últimos capítulos respecto al conflicto entre la fe y la razón. Demasiado poco y demasiado tarde para resultar efectiva.

Le agradezco enormemente el esfuerzo por ofrecer una fantasía urbana anclada más en la historia que en el carisma personal del protagonista (Billy, la verdad, no tiene demasiado), y hay ahí personajes y hallazgos realmente antológicos, pero el conjunto es menos quizás que la suma de sus partes, y eso es una auténtica pena.

“Kraken” obtuvo el Locus de Fantasía en 2011 (su cuarto Locus en novela, tres de fantasía y uno YA), mientras que el de ciencia ficción, junto con los premios Hugo y Nebula, fueron para el binomio “El apagón”/”Cese de alerta” de Connie Willis. El Locus de primera novela recayó en N. K. Jemisin por “Los cien mil reinos“.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en febrero 23, 2017.

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