La estación de la calle Perdido

Lo poco que no ganó “American Gods” el año 2002 lo recogió “La estación de la calle Perdido”, la segunda novela de China Miéville, en particular el Arthur C. Clarke y el British Fantasy. Desde entonces, su prestigio no ha dejado de crecer, como abanderada de la “nueva” literatura fantástica, cuyo mayor rasgo definitorio sería la subversión de los límites entre géneros, unido a un regreso a los orígenes y un acercamiento simultáneo a la literatura mainstream. O el menos esa es la idea…

A mí, sinceramente, todo esto me suena a tácticas promocionales para vender lo mismo de siempre con distinto envoltorio. Aunque en este caso en concreto no sólo los editores se entregan a la tarea, sino que el propio escritor abraza una etiqueta postmoderna, el New Weird, para lucirla como galones de excelencia. ¿Y qué es el New Weird? Bueno, según la definición ofrecida en el prólogo de la antología “The New Weird”  de Jeff y Ann VanderMeer:

El New Weird es un tipo de ficción urbana de mundo secundario que subvierte las ideas románticas acerca de los lugares que es posible encontrar en la fantasía tradicional, sobre todo al elegir modelos del mundo real complejos y realsitas como punto de partida para la creación de escenarios que pueden combianr elementos tanto de ciencia ficción como de fantasía. El New Weird posee una cualidad visceral, inmediata, que a menudo utiliza elementos de horror surreal o transgresivo para logar su tono, estilo y efectos, en combinación con la influencia estimulante de los escritores de la New Wave y sus allegados.

Hala, ya me he ahorrado un montón de palabras en la descripción de “La estación de la calle Perdido”, porque se trata de una obra que se ajusta punto por punto a este molde. Claro que el asunto tiene truco, pues Miéville se ha encargado de proclamarse autor New Weird y la antología se ha recopilado seis años después de la publicación de “La estación de la calle Perdido”. Los guantes sientan de maravilla cuando se hacen a medida.

estacioncalleperdido

Con una perspectiva más amplia, la New Weird trata de aunar dos corrientes distintas. Por un lado, lo valores literarios y la experimentación temática de la New Wave, y por otro la esencia de la fantasía pulp (identificada con los relatos publicados en la revista Weird Tales; algo de Robert E. Howard, unas pinceladitas de Lovecraft, cuarto y mitad de Manchen, Blackwood, Hodgson, Ashton Smith…). Todo ello se especia con unas gotitas de postmodernismo (en la forma de detallitos que suenan más a ciencia ficción que a fantasía) y ya se tiene una receta para fundar un “movimiento” literario con identidad propia. O al menos para proclamarlo.

Sinceramente, veo poco más que una reacción en contra de la fantasía tolkiniana (que ha dominado el panorama editorial desde los años cincuenta), algo en lo que están embarcados varios autores desde hace más de una década, cada uno siguiendo su propio camino; desde un retorno a la espada y brujería clásica, pasando por la búsqueda del hiperrealismo de Canción de Hielo y Fuego (el que haya dragones y otros elementos mágicos no quita que los personajes se inspiren en arquetipos propios de la literatura histórica, antes que la fantástica) o la aproximación a la ciencia ficción (con el steampunk y similares).  Miéville ha tomado algo de todo esto, se ha decantado por una ambientación victoriana antes que medievaloide, un entorno urbano degradado y un lenguaje muy moderno que dota al conjunto de una cualidad atemporal.

En cuanto a la obra… El comentario habitual es que se trata de una novela con grandes virtudes y algunos defectos. Yo lo expresaría de otro modo: es una novela con grandes excesos y algunos defectos. La clave para apreciarla está en el modo en que valores los excesos. En general, se la juzga demasiado larga (por dos o tres centenares de páginas en las que no ocurre nada significativo ni se describe nada novedoso) y un prodigio de inventiva con la inclusión de decenas de razas, instituciones, prodigios, técnicas y lugares. No le negaré este mérito, pero yo, como ya indicaba en una entrada reciente, necesito una buena trama, y la de “La estación de la calle Perdido” no comienza hasta pasadas 250 páginas de ambientación y luego avanza a trompicones entre los hitos erigidos en su camino, de forma absolutamente lineal y con no pocas trampas (a modo de rescates milagrosos y desarrollos forzados).

Lo cierto es que China Miéville no pretende escribir otra cosa que una aventurilla urbana (bueno, sí, quiere presentarnos la ciudad, Nueva Crobuzon, como escenario de sus historias). No trata de asombrarnos con inteligentes giros argumentales, ni analizar a través de sublecturas algún aspecto del ser humano. No, su juego consiste en abrumar, en lanzarnos a la cara un mundo secundario complejo, desvelado de golpe en toda su magnitud para luego examinar de más cerca algunos detalles aquí y allá, mientras los personajes y la trama sirven de excusa para servirnos de guía turística. Todo en Nueva Crobuzon es desmesurado: la arquitectura, la política, la ciencia, la magia… La ciudad es un microcosmos (“micro” en comparación con todo un continente, que suele ser el escenario de la fantasía post-tolkiniana) autosostenido donde se dan cita todas las formas de degradación y de corruptelas. En vez de buscar la fascinación por lo hermoso, Miéville se recrea en la fealdad y la mezquindad, con un mensaje que se repite una y otra vez: no hay nada que un individuo pueda hacer para frenar esta inercia; la decadencia y la ruhindad son invencibles. Resulta un curioso giro al concepto de “sentido de la maravilla” que ha sustentado el fantástico desde sus inicios. Aquí la oscuridad no sirve de contrapunto a la luz, sino que es la protagonista en sí misma. Supongo que dice mucho de nuestra sociedad actual que busquemos escapismo hacia un mundo tan degradado que cruza en diversas ocasiones la frontera de la parodia (después de leer ochocientas cincuenta y tres veces “coagulado”, “esputo” o “río contaminado” no podía dejar de pensar en Ankh-Morpork, la megaurbe de las novelas de Mundodisco de Terry Pratchett).

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La trama sigue más o menos la historia del científico renegado Isaac Dan der Grimnebulin, contratado por el garuda (hombre-pájaro) Yagharek para que le devuelva la capacidad de volar (el porqué le cortaron las alas constituye una de las mayores trampas de toda la novela). Para ello se embarca en el estudio del vuelo y en el perfeccionamiento de su obsesión, el motor de crisis (un desarrollo pseudocientífico que vulnera todas las leyes de la termodinámica, pero que supongo que sólo por hablar de potencial de acción en vez de fuerzas místicas ya es considerado un elemento de ciencia ficción). Otros personajes involucrados directamente son Lin, su amante xeniana (es decir, no humana, en este caso una Khepri o mujer cuya cabeza es un escarabajo, siendo los otros tipos de xenianos relevantes para la historia los Garuda, los Vodyanoi, una especie de anfibios, y los cactos, cuyo nombre lo dice todo), Derkhan, una periodista medio disidente, y Lemuel, una pequeña figura del mundo criminal de Nueva Crobuzon, aunque los personajes “con diálogo” se cuentan por docenas, con diverso grado de importancia.

La historia no despega realmente hasta que las investigaciones desembocan por azar en una terrible amenaza para toda la ciudad, que moviliza a los principales poderes de Nueva Crobuzon, aunque más que despegar se podría decir que “coagula” a partir de las decenas de hilos que Miéville va sembrando en los diecisite primeros capítulos (236 páginas). Hasta ese momento, sin ningún problema, la trama hubiera podido tirar hacia cualquier lado, y da la sensación de que eso es precisamente lo que ocurrió, porque el conjunto carece de estructura. Hay que reconocerle al autor el mérito de conseguir atar buena parte de los cabos en una conclusión no del todo satisfactoria, pero muchos hilos se quedan sueltos o pegados con celo al cuerpo principal (la subtrama de los constructos, la de los manecros, la del mafioso Motley, la de la Tejedora… incluso la de Yagharek se cierra un poco en falso). Eso sí, el tramo entre la página 250 y la 750, donde se concentra la acción, es atractivo y se lee con interés (los capítulos iniciales son demasiado dispersos y los conclusivos anticlimáticos y tramposos en grado sumo).

En definitiva, “La estación de la calle Perdido” es un monumento a la apariencia sobre la sustancia (una característica recurrente en el fantástico acutal que me joroba bastante), a la acumulación sobre el entramado y al presunto rupturismo sobre la tradición. Tiene sus virtudes, pero no las encuentro en las áreas que a mí más me atraen de una novela. En ella pueden encontrarse imágenes poderosas y personajes bien construidos e interesantes, pero se les podría aplicar lo que al Cid: “qué buen vasallo, si hubiese buen señor”. Lo cual, a la vista de los elogios unánimes, me indica que debo ser yo el que se aleja de las corrientes por las que discurre la fantasía contemporánea. Siempre me queda la esperanza de que, una vez superada la rebeldía formal y explorados los nuevos ambientes, las aguas se asienten y pueda volver a disfrutar de una trama bien entrelazada.

Las críticas (mayormente elogiosas) de otros:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 26, 2009.

6 comentarios to “La estación de la calle Perdido”

  1. He de decir que a mí sí me gustó, aunque es cierto que la trama es secundaria frente a lo demás, que está bastante logrado. En ese sentido considero mucho mejor (la mejor de las tres que ha publicado en su mundo de Bas-Lag) La cicatriz, en la que no abandona la imaginación desbordante, pero la pone al servicio de un argumento consistente.
    Sobre los famosos elementos de ciencia ficción… yo la veo fantasía pura y dura, sólo que en la Revolución Industrial en lugar de la típica Edad Media. Los elementos “cientificos” no dejan de ser magia tratada desde un punto de vista humanista, digamos, tratando de sistematizarla y demás, algo que me parece no sé si novedoso, pero sí refrescante. Otro punto a su favor (para mí) es que la ideología del autor permea la obra, ofreciéndonos escenas propias de Dickens que normalmente se escapan a los caballeros de brillante armadura, magos sabios y demás que inundan la fantasía típica.
    Pero como ya digo, a mí sí me gustó.

  2. Con un enfoque similar en cuanto a temática (que no estilo), a mí me gustó bastante “The war of the flowers”, un libro de Tad Williams del año 2003 que no ha sido editado en español (el autor ha caído en tierra de nadie al no encajar del todo en la línea de Timun Mas, que es la editorial que publicó sus primeros libros; se merecería que lo pillara Gigamesh o alguna otra editorial con una imagen diferente). Volviendo al tema, “The war of the flowers” describe un Fairyland (“Fairy” sería para nosotros más “duende” que “hada”) sumido en su propia revolución industrial, sólo que de índole mágica y no científica, aunque con los mismos resultados: degradación medioambiental, urbanismo desaforado, deshumanización del trabajo, lucha de clases…

    No es tan político (Miéville es trotskista militante), aunque igualmente postmodernista en el sentido de que entremezcla elementos sociales de finales del siglo XIX con ambientes y arquetipos propios de la tradición literaria feérica pretolkienista.

    Un gran libro (en todos los sentidos), aunque tal vez con algún pequeño problema de ritmo.

  3. Interesante… También parecido podría ser “Las edades de la luz”, en el que la aparición del éter (una especie de fluido mágico) trastorna la revolución industrial. Ya digo que yo más que New Weird o cómo quieran llamarlo, a este libro de Mieville lo catalogaría como “fantasía industrial”.
    Sobre el tema de las hadas y también la subversión de la fantasía, “La hija del dragón de hierro”, de Michael Swanwick, me gustó mucho. Tal vez un poco recargado, pero en palabras del propio autor es la “antidragonada” definitiva. Lástima que haya tenido poca o nula relevancia por aquí.

  4. Es interesante el tema de la fantasía industrial. Incluso podría haber aproximaciones desde la vertiente de la ciencia ficción, como en “Antihielo” de Stephen Baxter.

    “La hija del dragón de hierro” me llamaba la atención, pero por 20 euros…

  5. Antihielo está en la pila. Cuando vuelva a ese lado del Atlántico tendré que echarle un ojo… La verdad es que “La hija del dragón de hierro” me lo dejó un colega (al que de mala manera tenté para que se lo pillara y aún no ha leído XD) y creo que merece la pena ser leído.

  6. Me parece que antihielo la tengo por algún lado y aún no la he leido (cosas de ir a las tiendas de saldo y comprar un porrón de libros). Creo que sería un buen momento de echarle un vistazo.
    Por cierto, creo que la estacióncalle perdido también está baratita. Lo mismo me hago con ella y le hecho un vistazo.

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