Conan el conquistador (La hora del dragón)

Primera entrada del 2011.

Como este año tengo la intención de poner mayor énfasis (productivo, no necesariamente en el blog) en la fantasía, es justo que la primera reseña corresponda a una novela de este género. Una de las precursoras, además, de lo que hoy entendemos como fantasía épica y la única de esta longitud escrita por Robert Ervin Howard.

Por cuestiones editoriales, fue la última aventura de Conan publicada en vida del autor, aunque no la última escrita, pues ya estaba terminada en 1934, cuando fue propuesta a un editor británico. De hecho, la idea de escribir una novela partió de él, pues se sentía atraído por la ficción de Howard, pero no quería arriesgarse con una recopilación de relatos (que era lo que requería su mercado en EE.UU.). Al final la cosa no cuajó, pues este editor quebró, y la historia acabó publicándose en Weird Tales, serializada en cinco partes, de diciembre de 1935 a abril de 1936 (póstumamente, se publicó, entre julio y octubre, la novela corta “Clavos rojos”).

El título de la historia era “The hour of the dragon”, aunque reediciones posteriores la rebautizaron como “Conan el conquistador” (de 1950 a 1977, incluyendo la canónica edición de Lancer recopilada por Sprague de Camp, de donde provienen las traducciones disponibles en castellano).

La acción arranca con Conan ya establecido como rey de Aquilonia, a los cuarenta y pico años, teniendo que hacer frente a una invasión lanzada desde la vecina Nemedia, donde unos conjurados (incluyendo traidores aquilonios emparentados con la antigua dinastia) han resucitado al brujo Xaltotun, el más poderoso hechicero de la historia, muerto desde los tiempos de Aquerón, un imperio diabólico que dominó el mundo tres mil años antes de la Era Hyboria. El concurso de la magia pronto vuelve las tornas en contra de Conan, que se ve derrotado y prisionero en Belverus, la capital de Nemedia, mientras el rumor de su muerte sume a su reino en el caos.

Por supuesto, pronto logra escapar (gracias a la ayuda de una concubina del rey nemedio, Zenobia, futura esposa del cimmerio), y a partir de ese momento se inicia un accidentado viaje a la búsqueda de apoyos para recuperar su corona, empresa para la que es imprescindible hacerse con una joya mística, el Corazón de Arimán, único poder en el mundo capaz de plantar cara al renacido Xaltotun.

Dado que, en principio, los lectores de la novela no tenían por qué estar necesariamente familiarizados con el personaje y su mundo, Howard aprovecha para presentar a ambos, dejando caer a menudo referencias a pasadas aventuras de Conan (como pirata, ladrón, mercenario, corsario…). Así mismo, no pierde ocasión de hablar de Nemedia, Koth, Zingara, Argos, Kush y Estigia, dibujando para el lector, a grandes rasgos, aquel mundo prehistórico (literalmente, pues las aventuras de Conan acontecen unos diez mil años antes del inicio de la historia conocida, dentro del ciclo de auge de las civilizaciones y cataclismos que caracterizan la cronología howardiana), un reflejo un tanto distorsionado del nuestro.

Otro aspecto en el que también se percibe el cambio de registro lo encontramos en la menor importancia relativa de las escenas más pulp (resumiendo, violencia y sexo… según baremos años 30, claro) y un interés mayor por acontecimientos en los que el protagonista no se ve directamente involucrado (incluyendo la gran batalla final, que se presenta menos como un combate singular, describiendo por el contrario los movimientos de los los distintos cuerpos de ambos ejércitos; por utilizar un símil cinematográfico: prescindiendo del primer plano para centrarse en los planos generales).

Cabe señalar que por aquel entonces la fantasía épica aún no existía como género, así que nos encontramos decididamente ante una obra precursora en el tratamiento de escenas y personajes. Se nota, eso sí, que era terreno ignoto para el autor, sin olvidar que era además su primera tentativa en distancias (relativamente) largas. El contexto está poco definido, y la hilazón entre escenas deja a veces bastante que desear. Conan se pasa casi toda la novela siguiendo las indicaciones de algún otro personaje, convenientemente cruzado en su camino para poner de manifiesto la siguiente etapa en su periplo. Los mejores momentos, de hecho, corresponden a aquellos párrafos en que revierte a la simplicidad y el dinamismo de la espada y brujería (subgénero al que por entonces no es que ya le hubiera pillado el tranquillo, sino que prácticamente lo había desarrollado por su propia cuenta).

Howard era, sin embargo, un perfeccionista y un aprendiz rápido. A lo largo del desarrollo de la novela es posible constatar cómo se va afianzando el estilo, con una narración que pasa de una linearidad simple (y con la presencia en primer plano del protagonista, aunque la acción acontezca lejos de él, rota únicamente en casos muy especiales, como la resurección de Xaltotún al principio de la novela, que funciona como una especie de prólogo), a un entramado de mayor complejidad, que entrelaza las diversas secciones de la novela y ofrece una perspectiva más rica (por supuesto, las sucesivas reescrituras debieron de hacer mucho por homogeneizar el conjunto, pero la consolidación de la subestructura a medida que avanza la trama sigue siendo claramente perceptible).

Todas estás consideraciones, interesantes desde una perspectiva histórica, van sin embargo un poco en detrimento de la novela al compararla con el resto de la producción más “ortodoxa” en torno al bárbaro cimmerio. El Conan de “La hora del dragón” no es tan fascinante como el de “Nacerá una bruja” o “La reina de la Costa Negra”, por ejemplo, ni la narración tan vivaz como en “La Torre del Elefante” o en “Sombras sobre Zamboula”. La habitual contraposición entre civilización y salvajismo (un tanto idealizada por Howard), deja paso a otras ideas más complejas, que llegan apenas a esbozarse en algunos diálogos (la evolución del mundo hyborio, de un feudalismo balcanizado a un futuro de grandes imperios hegemónicos, por ejemplo).

Por desgracia, el desarrollo de estas cuestiones, así como la propia transformación del aventurero semisalvaje en monarca, con responsabilidades que van mucho más allá de procurarse el sustento y los placeres más inmediatos, quedaría truncado por la muerte prematura de Howard. Ninguno de sus continuadores tendría el suficiente talento o personalidad (quizás habría que hablar incluso de libertad editorial) para seguir construyendo sobre estos cimientos (casi toda la producción apócrifa de Conan puede describirse como “más de lo mismo, pero peor”, con alguna que otra excepción puntual, como la novela “Conan el bucanero”, de Sprague de Camp y Lin Carter).

Véase también:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en enero 1, 2011.

4 comentarios to “Conan el conquistador (La hora del dragón)”

  1. Excelente crítica, como es habitual. Esta etapa de Howard siempre me ha parecido excelente y frustrante a la vez. De un arte puramente instintivo y autodidacta lleno de visceralidad y rasgos de excelencia constantes, pasamos a una “sistematización” de estilo que sin duda hubiera desembocado en un autor que rayaría a una altura mucha mayor de aquella con la que es hoy recordado. No quiere que se me malinterprete, porque opino que Howard era un escritor con mayúsculas, autor de varias obras maestras indiscutibles, pero también creo que -al igual que le ocurrió a William Hodgson- su prematura muerte le privó de un desarrollo aun mayor.

    De su genialidad absoluta a la canonización literaria, solo le quedaba un paso -el propio Howard había expresado, antes de morir, su deseo de diversificar aun más su ámbito narrativo-. Y esta claro que los cuentos ganaban en calidad por momentos, porque de los balbuceos (divertidísimos, eso sí) de sus relatos juveniles sobre “El Borak”, o de sus primeras incursiones en Solomon Kane, hasta llegar a las geniales últimas piezas dedicadas a este personaje, a Conan o a Kull, es bastante patente la rapidísima mejora en técnicas y mañas de Howard. Vertiginosa y multiforme, casi como la evolución de su personaje cimmerio. Sprague De Camp y otros mediocres escritores ya se encargarían de destrozarlo todo, convirtíendo el más puro hálito artístico en mercadeo indiscriminado.

    Así y todo, me parece tambien un gustazo que Howard siga ligado al “pulp” como a veces me gustaría que se ligara más a otros como Lovecraft, Chandler o Hammet. Es una necesaria revindicación de que no hay género malo, y de que toda estilo de expresión puede aportar sus propias formas de maravillar.

    Un saludo.

  2. Gracias, Wolfville.

    La muerte prematura de Howard fue una verdadera tragedia. Siempre he pensado que con un autor de su categoría ejerciendo de contrapeso a la influencia de “El señor de los anillos”, la fantasía moderna se hubiera desarrollado como un género más diverso.

    Otra reflexión que me suele producir el análisis de su evolución como escritor tiene que ver con la comparación entre sus circunstancias y las nuestras. En nuestra literatura, un proceso de aprendizaje como el seguido por Howard (desde la profesionalidad, apoyado por un mercado que, mal que bien, le permitía la plena dedicación) es impensable. Resulta triste constatar cómo la actual situación del fantástico en España es más precaria que la vivida hace casi un siglo en EE.UU. Tuvimos nuetra oportunidad (conseguida con cincuenta años de retraso, eso sí), pero la cosa no cuajó.

    El pulp español (la época de los bolsilibro), también produjo, entre toda la basura, obras muy interesantes que habría que reivindicar (construyendo sobre las iniciativas aisladas que ya se producen al respecto).

  3. a que oportunidad con cincuenta años de retraso te refieres? a principios de la decada de 2000 cuando empezaron a publicarse masivamente a autores españoles y habia publicaciones como la version española de Asimov o Galaxia?
    por cierto Conan y el camino de los reyes del inmenso Karl Edward Wagner, pionero del movimiento puritsa howardiano, quiza sea lo mas interesante de los continuadores de Howard

  4. No, antes, en los años 50 y 70, en la época de auge de los bolsilibros, la única que permitió cierto número de escritores profesionales de literatura fantástica (aunque fuera escribiendo bajo seudónimo y en condiciones un tanto peculiares). Esta época (con tiradas de hasta 50.000 ejemplares), sería equivalente (grosoo modo) a la era del pulp americana de los años 20 y 30. Por desgracia, la evolución fue divergente, y en vez de llevarnos a nuestra edad de oro, desde esa época las tiradas están en retroceso.El contexto socioeconómico era distinto, justo cuando algunos autores empezaban a dar el salto, en los 80, de los bolsilibros a otras publicaciones más ambiciosas, todo el tinglado se vino abajo.

    De haber mantenido una evolución paralela, hoy en día tendríamos un auténtico mercado del fantástico. En vez de ello, hemos acabado en un hoyo, sin apenas publicaciones periódicas y con tiradas de en torno a los mil ejemplares (eso sí, la situación a día de hoy es bastante mejor que hace apenas un par de años).

    A principios de la década de los 2000 tuvimos un muy buen momento en cuanto a publicaciones periódicas, pero los intentos de trasladar esa efervescencia a las colecciones de novelas (por lo que respecta a autores españoles) y de expandir mercado no cuajaron.

    De “El camino de los reyes” guardo recuerdos nebulosos. Eso sí, mucho mejores que de los intentos de Robert Jordan, Poul Anderson o Steve Perry (que, en general, presentan unos protagonistas que muy poco tienen que ver con el Conan howardiano).

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