El hombre oscuro de Howard

Uno de los grandes cultivadores del cuento fantástico de todos los tiempos fue, sin duda, Robert Ervin Howard, asiduo de las publicaciones pulp de finales de los 20 y principios de los 30 (hasta su suicidio en 1936). Se le recuerda principalmente por su creación más famosa: Conan el cimerio. Lamentablamente, este recuerdo tiene mucho de falso, pues el Conan que el lector medio tiene en mente en poco se parece al personaje howardiano. Años de explotación comercial en diversos medios (cine, cómic, franquicias noveladas…) han ido difuminando al guerrero salvaje y primario de la era Hyboria, ocultándolo bajo capas y más capas de estereotipos que responden a sensibilidades de épocas muy diversas.

Robert Ervin Howard

El inicio del proceso quizás quepa localizaro en la recopilación y ampliación de la saga de Conan que realizaron en torno a 1966 L. Sprangue de Camp y Lin Carter. No satisfechos con la docena y media de relatos escritos por Howard en un lapso de unos cinco años, de Camp y Carter rebuscaron entre el legado de Howard en busca de material inconcluso y de relatos protagonizados por otros héroes bárbaros que pudieran retocarse para su inclusión en la saga. Por último, habiendo distribuido los cuentos según una cronología aproximada, escribieron nuevos capítulos que se intercalaron en los huecos del canon original. Esta edición, con portadas míticas dibujadas por Frank Frazetta, cosechó un éxito clamoroso, que introdujo a Conan por la puerta grande en el panteón de los grandes personajes arquetípicos. En 1970 se inició la publicación de la colección de cómic de “Conan el bárbaro” (añadiendo a la mezcla la reintrepretación del protagonista de manos de Roy Thomas al guión y al dibujo primero Barry Windsor-Smith, luego John Buscema y muchos más a lo largo de casi cuatro décadas de presencia en el medio). En 1982, John Milius lo llevó a la pantalla grande, encarnado en un principiante Arnold Schwarzenegger. Para entonces, cualquier parecido con el personaje literario original era casi una coincidencia.

De Camp y Carter, por ejemplo, introdujeron un exceso de magia y reflexión en la era Hyboria. El archienemigo de Conan, Thoth-Amón, en realidad sólo tiene un papel destacado en uno de los cuentos originales (“El fénix en la espada”), apareciendo tangencialmente en otros dos (“El dios del cuenco” y la novela “La hora del dragón”). Sin embargo, Sprangue de Camp se ocupa de enfrentarlo una y otra vez contra el cimerio (a veces de forma patética, otras, como en la novela “Conan el bucanero”, consiguiendo el que quizás sea el mejor pastiche del personaje). Su atrayente iconografía lo hizo también un habitual de los cómics, sobre todo en la serie de “Conan rey”. Hablando de cómics, éstos estandarizaron a su protagonista, haciéndole vestir el sempiterno taparrabos peludo (con el pecho al aire, por supuesto) y obligándolo a jurar “por Crom” cada tres por cuatro (algo que jamás sale de los labios del original howardiano)… por no hablar de la invención del “código de honor bárbaro”.

Y por si no hubiera bastante con los “continuadores” (Robert Jordan, Karl Edward Wagner, Poul Anderson…), pronto hubo una legión de imitadores (casi siempre de la versión bastardizada de los años 60), convirtiendo el género de espada y brujería en campo abonado para el tópico y la falta de imaginación.

¿A qué venía toda esta introducción?

El valle del gusano

Bueno, el caso es que acabo de concluir la lectura de “El valle del gusano y otros relatos de horror sobrenatural”, una recopilación de cuentos de Howard publicada por Valdemar y deseaba hacer una reflexión sobre cómo el creador del tópico (o, si no creador, al menos responsable de sus fundamentos) presenta una riqueza temática y argumental muy superior a la de imitadores de todas las épocas. Los relatos tienen al menos 75 años de antigüedad, y mentiría si sostuviera que no se les nota la edad, pero suponen paradójicamente un soplo de aire fresco entre la inmovilidad creativa que caracteriza a casi toda la producción de espada y brujería contemporánea.

Un buen ejemplo de esto sería el relato que da título a la antología (que, como nota curiosa, incluye referencias a la supremacía de la raza aria que, tras la Segunda Guerra Mundial y sus horrores, son impensables… no deja de ser un producto de su época), aunque me centraría más en otro cuento, uno de los más intensos que recuerdo haber leído dentro del género de la fantasía: “El hombre oscuro”, perteneciente al (mini)ciclo de Turlogh Dubh O’Brien (un guerrero gaélico desterrado de su clan que alberga un profundo odio hacia los vikingos, violencia que a veces se libera en estallidos de furia berserker, cuyas aventuras acontecen en torno al año 1.000 de nuestra era). Dicho ciclo comprende sólo este cuento, “Los dioses de Bal-Sagoth”, también incluido en el volumen, y una mención tangencial en “El paso del Dios Gris” (reinterpretado dentro del ciclo de Conan por Roy Thomas y Barry Windsor-Smith en uno de los primeros cómics de “Conan el Bárbaro”). Para más información sobre el personaje, su historia y sus motivaciones, recomiendo la lectura de este ensayo (en el klingon original).

La narrativa de Howard es directa, hasta el punto en que el lector moderno puede sentirse un poco descolocado. Hoy en día solemos requerir de más sustrato para comprender los motivos y el contexto del conflicto. El estilo de Howard es más primario, dirigido hacia la acción pura, con cuestiones como las descritas tomando forma a partir de detalles dejados caer con cuentagotas. La era hyboria de Conan va configurándose a lo largo de los 18 textos publicados durante su vida. Con Turlogh no hubo posibilidad de crear un entramado tan tupido. Este defecto se suaviza en parte por el hecho de ser un personaje hasta cierto punto histórico. O’Brien no sólo vive en nuestro mundo (aunque en plena Edad Oscura) sino que está basado en el nieto de un rey irlandés, Brian Boru, que luchó en la batalla de Clontarf en el año 1.014 (escenario donde se desarrolla “El paso del Dios Gris”). Si algo caracteriza a Turlogh es que es un héroe sombrío. Conan, Kull o Cormac Mac Art a su lado son casi cheer-leaders. Vive por y para el odio, y su gran compañera es una pequeña aunque pesada hacha de combate.

Turlogh Dubh O'Brien

En “El hombre oscuro”, nos lo encontramos persiguiendo a un drakkar para rescatar a una doncella irlandesa (compañera de infancia) de manos de Thorfel el Bello. Durante la persecución, tropieza con el escenario de un terrible combate entre vikingos y pictos y rescata del campo de batalla un ídolo pagano que representa a un hombre oscuro. Cuando por fin llega a su destino, el enfrentamiento entre el guerrero celta, los vikingos y una raza aún más antigua, surgida del pasado remoto de las islas, será sangriento y sin concesiones, desarrollándose ante los ojos ciegos del ídolo oscuro, cuya participación en el encontronazo quizás sea más activa de lo que pudiera esperarse de una mera escultura, superviviente de tiempos pretéritos.

Lo más interesante del relato es que no busca satisfacer las expectativas del lector. Aplica su propia lógica interna para exponer unos hechos crudos y primitivos. Howard se deja llevar por sus filias y fobias históricas (encumbrando a celtas y denostando a sajones), pasando los conocimientos históricos de la época por su tamiz particular, que agrega una fantasía oscura y una mitología propia (remontándola incluso hasta Bran Mak Morn, el líder picto protagonista de “Gusanos de la Tierra”). Su principal interés parece ser mostrar una panorámica de la oscuridad que habita el alma de Turlogh, cuyo reflejo perfecto es la negra superficie del ídolo ancestral. De forma paralela, nos encontramos con un enfrentamiento múltiple, entre deber e interés personal, entre conquistadores y conquistados (con una visión secuencial de la historia) y entre fe pagana y cristianismo (con vencedor difícil de precisar). El resultado es un texto vibrante, con una fuerza apenas contenida, que se construye en torno a un personaje que es al mismo tiempo arquetípico y particular. Nadie desde Robert E. Howard ha sido capaz de construir con tal maestría relatos en torno a personajes que abracen la barbarie con absoluta despreocupación carente de justificaciones vanas. Quizás se deba a que Howard admiraba genuinamente el salvajismo y lo primordial sin tener por ello que idealizarlo. Casi toda la espada y brujería actual parte o bien de una reinterpretación posmoderna de los impulsos primarios (que asume las más de las veces la forma de una parodía más o menos evidente) o bien de una burda exaltación de la barbarie, sin llegar a comprender su esencia, como mera pose estilística.

Es triste que un relato que se acerca al siglo de antigüedad sorprenda por su frescura. Quizás es que ésta no tiene mucho que ver con la contemporaneidad y sí con la convicción y honestidad aportadas por el narrador.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 18, 2008.

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