1984

Tradicionalmente, tres son las consideradas como las grandes distopías del siglo XX: «Un mundo feliz» (Aldous Huxley, 1932), «1984» (George Orwell, 1949) y «Fahrenheit 451» (Ray Bradbury, 1953). De todas ellas, por alguna razón, la de Orwell no solo es la más prestigiosa, sino también la que suele considerarse fuera de la tradición de la ciencia ficción por defensores que no desean «mancharla» con esa etiqueta. Lo cual, por supuesto, es una soberana tontería.

Orwell escribió «1984» («Nineteen eighty-four») entre 1947 y 1948, ese último año ingresado ya por el empeoramiento de la tubercolusis que arrastraba desde hacía veinte y que lo llevaría a la tumba en 1950. Un poco antes había publicado su otra gran novela antitotalitaria: «Rebelión en la granja» (1945). Juntas, constituyen su producción más celebrada, hasta el punto de oscurecer el resto de su obra, que incluye otras cuatro novelas, tres libros de no ficción y numerosos artículos periodísticos.

Este antitotalitarismo tiene su origen en la participación de Orwell en la Guerra Civil Española, del bando republicano, una experiencia que reflejó en el libro «Homenaje a Cataluña» (1938). Esto no implica tan solo una postura antifascista. Alineado con el anarcosindicalismo, Orwell lamentó profundamente las luchas internas lanzadas por grupos prosoviéticos, en especial en el terreno de la falsa propaganda. Como resultado, regresó a Gran Bretaña con una posición política antiestalinista, al considerar esas prácticas la mayor amenaza para el desarrollo del socialismo.

Se suele considerar erróneamente que, mientras «Rebelión en la granja» es antiestalinista, «1984» es principalmente antifascista. En realidad, ambas muestran una misma postura antitotalitaria y, de hecho, buena parte del sustrato filosófico de esta última no surge tanto de los horrores de la Segunda Guerra Mundial (aunque un disparador importante fue el pacto de no agresión firmado en 1939 entre la Alemania nazi y la URSS que propició el inicio del conflicto… echado por la borda en 1941 cuando los soviéticos cambiaron de bando), como del control de la información en el régimen de Stalin, que altera la percepción del presente y transforma el pasado en algo eternamente maleable.

El protagonista de «1984» es Winston Smith, un funcionario menor del Ministerio de la Verdad, cuyo trabajo consiste precisamente en reescribir incesantemente la historia para ajustarla a los designios del Partido. Por desgracia para él, piensa demasiado y su trabajo, que choca con su memoria, empieza a provocarle dudas sobre la bondad de la guía del partido y de su líder, el Gran Hermano. En estas, conoce a Julia, externamente una joven fanática de la Liga Anti-Sexo, pero secretamente una revolucionaria, que introduce a Winston a la obra de Emmanuel Goldstein, el misterioso ideólogo de la Hermandad, una suspuesta organización política clandestina (es a través de su libro que se nos muestra buena parte del mecanismo interno del régimen creado por el Ingsoc o Socialismo Inglés que domina la nación de Oceanía). El tercer protagonista es el misterioso O’Brien, un agente doble que se hace pasar por revolucionario pero pertenece en realidad a la temida Policía del Pensamiento.

Este trío de protagonistas no es original de Orwell. Casi punto por punto, constituye un reflejo de los principales personajes de «Nosotros«, de  Evgueni Zamiatin, publicada en inglés en 1924, que podría considerarse la precursora de la distopía moderna (de hecho, tiene más sentido en esa novela, donde presenta resonancias bíblicas). En lo que se distancia claramente «1984» es en la solidez de su propuesta filosófica. Mientras su precursora se esfuerza por encontrar un tema central, Orwell lo tiene muy claro. Su novela es una denuncia de los mecanismos de control social de los estados totalitarios a través de la guerra (cuyo objetivo no son las conquistas externas, sino la creación de un determinado clima interno), la vigilancia de estado y la manipulación de la realidad a través del control de la información.

Por eso mismo, el lenguaje es un elemento crucial de la novela, ya sea creando eslóganes memorables («El Gran Hermano te vigila», «La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza», «dos y dos son cinco»), ya sea mediante la invención de una versión artificial del inglés, la neolengua (newspeak), cuyo objetivo es limitar los conceptos que pueden siquiera expresarse, en aplicación de una versión débil de la hipótesis de Sapir-Whorf, que había empezado a circular entre los lingüistas (aunque no todavía con ese nombre). Otras novelas de ciencia ficción («Empotrados«, «Los lenguajes de Pao«, «Babel-17«) se decantaron por la versión fuerte y eso las hace quizás más pintorescas, pero no por ello «1984» es menos especulativa (en cualquier caso, mucho más, porque en aquella década era algo nuevo que acababa de entrar en la discusión científica).

«Doblepensar», «Crimental» son algunos de los neologismos que introduce la neolengua para conceptos clave en la política del Partido (y aquí he de comentar que, no importa lo buena que sea la traducción, «1984» es una libro que, de ser posible, ha de ser leído en su lenguaje original). Ayudan también al lector a detectar los puntales ideológicos del Ingsoc, aunque más que ideológicos cabría describirlos como procedimentales, ya que toda la estructura que describe Orwell tiene un único propósito: conservar el poder, por el poder mismo, no para hacer nada con él (y diría que en eso, como en tantas otras cosas, fue un auténtico visionario).

Esta cualidad profética propició que se acuñara el término «orwelliano» para describir políticas similares a las descritas en «1984» y, por desgracia, cada vez resulta más aplicable. Desde las dictaduras de vigilancia (como la que se está instaurando en China o, a otro nivel no estatal, como la que se viene produciendo en internet por parte de las grandes compañías capaces de convertir cualquier dato en producto de mercadeo) hasta el auge actual de la postverdad, que ha encontrado en la tecnología un aliado que hace superflua una estructura burocrática como el Ministerio de la Verdad (Miniver), el mundo parece ir haciéndose más orwelliano a cada año que pasa y lo peor de todo es que no parece importarnos, atrapados a menudo en la superficie de una falsa guerra ideológica que sirve de pantalla a un sistema que solo se preocupa por su autoconservación.

Porque, como el resto de las grandes, «1984» no solo es una distopía, sino una antiutopía, en el sentido de que quienes viven en ellas las consideran si no buenas (en este caso), al menos sí deseables por algún otro motivo (lo que se refleja hoy en día en la falsa dicotomía entre libertad y seguridad que justifica en muchos casos la vigilancia abusiva). Por eso la novela no concluye con la aprehensión de Winston. No basta con conquistar el cuerpo, lo fundamental es controlar la mente. El Partido no crea martires, sino conversos; así se desactiva por siempre la posibilidad de revolución.

Si a esto le añadimos la deriva hacia actitudes totalitarias (y populistas) por parte de los gobiernos de cualquier signo político, no resulta difícil argumentar que, por desgracia, «1984» sigue siendo una lectura tan relevante hoy como el día que llegó por primera vez a las librerías, hace ahora más de setenta años. Pareciera como si los únicos que han aprendido sobre los preligros del totalitarismo fueran precisamente aquellos con un interés práctico sobre cómo implantarlos.

Para concluir, tan solo me gustaría señalar que al igual que la crítica mainstream ha intentado despojar a «1984» de su adscripción al género de la ciencia ficción, esta postura encuentra reflejo en muchos aficionados al género que parecen reticentes a considerarla propia (como le ocurre en menor grado a «Un mundo feliz»… con Bradbury no hay tanta discusión). Dejémonos de complejos y abracémosla. Sí, al menos una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX fue, le pese a quien le pese, una novela de ciencia ficción.

Como ya ha ocurrido en casos similares, me abstendré de añadir enlaces a otras opiniones. Son tan numerosas y variadas que sería un ejercicio fútil extractar un puñado.

~ por Sergio en noviembre 6, 2022.

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