Empotrados

De todas las novelas capaces de lanzar la carrera de un escritor, supongo que “Empotrados” (“The embedding”, 1973) de Ian Watson es una de las más improbables. La razón cabe encontrarla sin duda en la particular dinámica instaurada en el Reino Unido en torno a la New Wave (con la percepción de intelectualidad de sus integrantes) y al éxito en un mercado secundario tan importante como el francés (donde obtuvo el premio Apollo en 1974). En un mercado menos potente, como podría ser el nuestro, la historia hubiera sido muy diferente (pero ya abundaré más en el asunto en alguna entrada futura).

Esto es así porque lo primero que llama la atención de “Empotrados” es que se trata de una novela rara. No alcanza las cotas de rareza de experimentos como “A cabeza descalza” de Brian Aldiss, pero no le va demasiado a la zaga. Entre sus peculiaridades, no es la menor la ciencia en torno a la cual se aticula la especulación, que no es otra que la lingüística, uniendose así al puñado de novelas de ciencia ficción que optan por esta disciplina para fundamentar sus desarrollos.

Como en la mayor parte de ellas, la hipótesis Sapir-Whorf (relatividad lingüística) según la cual el lenguaje que hablamos influye en nuestra forma (capacidad) de pensar y en nuestra percepción de la realidad, juega un papel importante. Sin embargo, es otro concepto bastante más especializado el que asume el papel principal: el proceso de embedding, que el traductor transcribe como “empotramiento” (una palabra absolutamente antieufónica que perfectamente hubiera podido ser sustituida por “encaje”). Este proceso consiste en encadenar oraciones subordinadas, en una secuencia que puede ser bastante larga cuando se organizan una tras otra, pero limitada a dos o tres encajes en el caso particular del center-embedding o encaje en medio de la oración (el ejemplo que ponen vendría a ser “El ratón que el gato que el perro persiguió cazó murió”, ya casi inintelibigle, en contraposición con el encaje simple de “El ratón que el gato cazó murió”).

Añádasele a esto cierta especulación sobre la obteción de una gramática universal (las reglas comunes a todos los lenguajes humanos, precisamente por haber sido concebidos por cerebros humanos, y tendremos el armazón especulativo de la novela. El problema es que, al parecer (más información, en inglés, en el blog Tenser, said the Tensor), Watson no tiene demasiado claros un par de conceptos, y confunde la dificultad en procesar el empotramiento (por seguir la nomenclatura del traductor), con la posibilidad de trascender la gramática universal (y acceder, en el proceso, a una nueva realidad aplicando la hipótesis whorfiana).

Vamos, que el autor se hace un lío de mil demonios (aunque para desenmarañarlo un poco y comprobar que no tiene mucho sentido hace falta dedicarle cierto tiempo en internet… algo fuera del alcance de los lectores de mediados de los 70).

Estas ideas las intenta desarrollar, de un modo algo redundante, a través de tres hilos narrativos entrelazados, aunque al contrario de lo que suele ser habitual la separación entre ellos y la estructura es cualquier cosa menos tradicional. Me da la impresión de que pretendía aplicar la filosofía del center-embedding en la trama, pero su éxito fue tan sólo relativo, dejando uno de los hilos bastante desconectado de los demás y limitándose a fraccionar y entrelazar los otros dos.

El protagonista más claro de la novela de Chris Sole, un lingüista embarcado en un proyecto muy poco ético, consistente en forzar idiomas innaturales en tres grupos de huérfanos (indo-pakistaníes, refugiados tras un sugerido conflicto bélico nuclear entre ambas naciones) usados como ratas de laboratorio. El proyecto de Sole consiste en forzar los límites del empotramiento, con ayuda de una droga que potencia el aprendizaje.

Simultáneamente, Pierre, un colega francés (con el que le une una relación profesional y personal un tanto ambigua), se encuentra en Brasil, estudiando la tribu Xemahoa, que posee dos lenguajes: uno que no reviste especial relevancia y otro supuestamente autoempotrado para uso ritual (comprensible sólo bajo la influencia de un hongo alucinógeno). El hábitat de los Xemahoa está en trance de desaparición, amenazado por la concreción de un megaproyecto de ingeniería que pretende crear mediante diques un gigantesco lago interior en plena selva amazónica. Sin embargo, esto no parece preocupar a los indios, que al parecer tienen un plan, basado en su mitología (en la que el hongo posee un papel crucial) para revertir el proceso.

Por si no hubiera bastante, la Tierra recibe justo entonces la primera visita extraterrestre de su historia: una titánica nave comandada por los Sp’thra, una raza alienígena que comercia con información y lenguajes, y que ofrece a los terrestres el secreto del vuelo interestelar a cambio de unos pocos cerebros adecuadamente programados en distintos idiomas, con el premio gordo para un cerebro autoempotrado (que deciden, porque sí, que sea el del chamán Xemahoa).

A partir de este planteamiento, ya de por sí bastante desengañado (priman los intereses nacionales, en particular de los EE.UU. y Rusia, sobre cualquier consideración moral), la novela avanza decididamente a peor, sin cortarse un pelo en resaltar el cinismo e hipocresía y todos, absolutamente todos sus personajes. El beneficio particular e inmediato sirve para justificar cualquier vileza (de forma muy racionalizada, por supuesto) y renunciar a cualquier futuro e hipotético bien común. La conclusión de todos los hilos (cerrada un poco en falso) apunta precisamente a esta desesperanza, hastío incluso, hacia las estructuras de poder político y científico, con un fracaso estrepitoso a todos los niveles que, sin embargo, puede ser interpretado por unos pocos personajes como un gran logro personal, pues acaban encaramados a lo más alto del cubo de basura.

Vamos, que es un título muy de la época, con protestas furibundas sin tener la menor intención de proporcionar soluciones, desencanto con las instituciones políticas, asumción de la inmoralidad de las instituciones científicas e incluso exaltación de las drogas para acceder a estados de conciencia supuestamente ampliados. Si a esto se le une la especulación lingüística poco rigurosa (aunque compleja y evocadora), tenemos una obra que es más fachada que sustancia, aunque no por ello deja de ser una fachada interesante (eso sí, no para todos los gustos).

Al menos se lee rápido, a pesar de una traducción que, elección de términos técnicos aparte, deja mucho que desear (vamos, que sigo sin ver la supuesta excelencia que tenían las traducciones de los años 70 y 80, en ediciones que si bien eran más económicas que las actuales también multiplicaban en algunos casos por diez las tiradas).

Otras opiniones:

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~ por Sergio en junio 4, 2010.

9 comentarios to “Empotrados”

  1. En la reseña que realicé para cyberdark. net de magia de reina, magia de rey, ya comenté lo raro de las novelas de Watson, con un breve comentario de lo “estrafalario” de los temas de algunas de sus novelas:
    “Ian Watson no es un autor fácil de digerir. Sus novelas hay que leerlas con atención, e incluso releerlas alguna vez para captar su significado. Es un autor de grandes ideas -aunque a veces no sepa muy bien qué hacer con ellas: cachalotes evolucionados a un ordenador orgánico (El Modelo Jonás); OVNIS considerados como estados alterados de conciencia (Visitantes Milagrosos); los experimentos para comprobar la programación del cerebro humano, sistemas metalingüisticos como comunicación universal (Empotrados), los niveles de comprensión y las barreras entre el Universo y nosotros (Embajada Alienígena); una misión espacial varada en un mundo que representa el tríptico El Jardín de las Delicias, de El Bosco (El Jardín de las Delicias); un relato de terror, con sangre y tripas, pero también con activismo político, realidad distorsionada, y pervivencia de viejos mitos (Carne).”

    Un autor difícil y más, si como comentas, a veces no tiene las ideas muy claras y eso acaba de enmarañar el resultado.

  2. tengo pendiente de lectura, desde hace bastante tiempo, El jardin de las delicias, que tal esta?

  3. enrevesado, como todo lo de Watson (o casi todo). Ahora mismo no lor ecuerdo con exactitud, pues hace varios años que lo léi. Pero sé que es raro, mucho

  4. es que la premisa es tan interesante y curiosa… pero cualquiera se atreve y encima yo que tampoco es que tenga mucho exito con la c/f… soy mas de terror c ontemporaneo y de fantasia epica…

  5. Yo me temo que no he leído nada más de Watson, pero por los comentarios que se ven por ahí no me da que lo suyo sean los libros fáciles.

  6. Yo lo leí con menos conocimiento, y lo disfruté pese a que se pasa dos pueblos de digresiones. Hay dos imágenes fabulosas en el libro: la de los niños corriendo a toda velocidad en círculo hasta implosionar, y el final terrorífico en la aldea con el chamán hasta los topes de psicotrópicas y el colonial esperando algún milagro y quedándose sólo con el horror.

  7. No leí Empotrados (ni siquiera sabía que existía), pero sí leí El Jardín de las Delicias, que me pareció muy intersante, sugerente y hasta reflexivo. No necesariamente concuerda uno con sus conclusiones, pero sí quedé satisfecha, pues me pareció una historia contada con bastante enfoque y sin hilos sueltos. Otra cosa es que comulgues con algunas de sus ideas, pero que fue entretenido y memorable, lo fue. En mi opinión, claro está. :)

  8. Hola Sergio, he leído tu reseña y casi deduzco de ella que se tata de un ensayo o algún tipo de experimento filológico soterrado, mas que una novela de ciencia ficción (es solo una opinión) , y que es más esta el medio que el objeto, el cual, seria la divulgación disimulada de alguna ocurrencia lingüística al margen de la critica lingüística y filológica, pues se encuentra en un genero – la cifi- de por si acepta este tipo de ensayos. Si es así, quizá la traducción ya esta matando al libro, pues como dices, una traducción es dada a variar aunque sea sutilmente la expresión, lo que convierte el libro traducido en algo así, y en este caso concreto, como un chiste mal traducido. No se, si alguna vez has probado de contarle un chiste de chiquito a un ingles, veras que no entiende nada. Además de qué hay términos o expresiones imposibles de traducir correctamente a cierto nivel lingüístico. Si es una novela así, no precisa de un traductor, sino de un filólogo especializado, el cual posiblemente entenderá algo, que será incapaz de hacerme comprenderá a mí.

  9. La traducción no es buena, eso es bien cierto, pero no me ha dado la impresión de que sea tanto un ensayo lingüístico como una novela que utiliza un aspecto filológico bastante especializado como excusa para fundamentar su tesis. La New Wave se caracterizó por la búsqueda constante de los límites del género de ciencia ficción, así pues, el tema del “central embedding” resulta atractivo por cuanto explora precisamente los límites del lenguaje.

    Mis conocimientos filológicos son más prácticos que otra cosa, así que no estoy cualificado para valorar el grado de exactitud de la premisa (sobre todo si tenemos en cuenta el tiempo que ha transcurrido desde que se escribió, que hace imposible para un lego saber, por ejemplo, qué grado de aceptación tenía por entonces la hipótesis del relativismo lingüístico de Sapir-Whorf), pero la pequeña investigación que realicé para escribir la reseña destapó ciertas inconsistencias (la confusión entre “embedding”, que vendría a ser una simple relación de subordinación, mucho más problemática en inglés que en castellano, y “central embedding”, que es un caso particular y más exigente) que no hacen muy probable la hipótesis del ensayo.

    Si tuviera que aventurar un análisis, sugeriría que el empotramiento (y en menor medida la búsqueda de un lenguaje universal) no es sino una excusa argumental (en cine sería un McGuffin), para ahondar en el auténtico tema, que sería una visión cínica del ser humano y de sus aspiraciones. Casi todos los personajes están dispuestos a sacrificar cualquier bien mayor a la ventaja rastrera del momento, y no se cortan un pelo en racionalizar (o mitificar) sus ambiciones personales.

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