El Silmarillion

«El Silmarillion» es sin duda uno de los libros de fantasía más singulares que nunca se hayan publicado. Llegó a las librerías en 1977, cuatro años después de la muerte de su autor, J. R. R. Tolkien. Era su proyecto soñado, uno en el que había estado trabajando intermitentemente durante cincuenta y seis años, desde que las primeras piezas de su Legendarium comenzaron a cobrar forma en su cabeza en 1917, mientras se recuperaba de la fiebre de trinchera que había contraído en el Somme (y que había propiciado su repatriación… días antes de que su batallón fuera masacrado).

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Tanto «El hobbit» (1937) como «El Señor de los Anillos» (1954-55), no eran sino fragmentos de ese gran tapiz mitológico, las piezas finales, de hecho. Antes que ellas estuvo «El Silmarillion», o mejor dicho, todo un conjunto de textos, desde narraciones inconclusas a borradores, pasando por poemas, genealogías y canciones, de los que acabaría destilándose el libro que hoy conocemos. Tolkien ya había propuesto su publicación hacia 1938, cuando Stanley Unwin le preguntó qué más había tras la historia de la muerte de Smaug y la reconquista de la Montaña Solitaria. El editor rechazó en aquel entonces la propuesta, al considerarla demasiado alambicada, proponiendo a su vez algo más «sencillo», una secuela del gran éxito que acababan de tener. Poco podía imaginar que esa inocente solicitud acabaría produciendo dieciséis años más tarde una obra maestra de fantasía adulta de más de mil páginas que acabaría redefiniendo todo un género.

Mientras tanto, las historias del Silmarillion permanecieron sin ser contadas, salvo quizás como referencias más o menos oscuras, aflorando como referencias a un pasado legendario en las dos novelas publicadas o, peor, resumidas en los prolijos apéndices que acompañaron a «El retorno del rey» (más específicamente, el apéndice A: Anales de los reyes y los goberantes, y el B: La cuenta de los años).

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Su gran problema es que toda aquella ingente cantidad de información estaba lejos de conformar una narración coherente. Había en ocasiones decenas de versiones de una misma historia, con detalles no siempre congruentes con el resto e incluso nombres diferentes para los protagonistas. Por añadidura, al abarcar su creación un lapso tan amplio, los propios intereses creativos y filosóficos del autor habían evolucionado, desde la relativamente simple pretensión de crear una mitología propia para Inglaterra a reflexionar sobre cuestiones teológicas de gran calado.

Pese a repetidos intentos por abordar la tarea. La muerte alcanzó al Profesor Tolkien antes de contar con un texto que pudiera considerarse ni mucho menos definitivo, lo cual dejó en manos de su hijo y albacea literario, Christopher Tolkien, la tarea de compilar algo que pudiera publicarse. A ello se lanzó pues, con la colaboración de un joven y por entonces desconocido Guy Gavriel Kay (que siempre ha lamentado el poco crédito que se dio a su trabajo… lo cual tal vez explique lo mucho que tomó prestado de Tolkien para su primera obra, la trilogía de «El tapiz de Fionavar»)

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Volviendo (o tal vez empezando) con el producto final. Nos encontramos con que «El Silmarillion» más que una obra única es un compedio de cinco segmentos totalmente diferentes. El más largo de ellos, y el único que podría clasificarse siquiera lejanamente como novela es el central, el «Quenta Silmarillion», una crónica de la Primera Edad, tenuemente hilvanada en torno a la historia de la creación de tres joyas prodigiosas, los silmarils, y las guerras desatadas en torno a su posesión. Este resumen, sin embargo, no deja de ser un intento burdo por conferir algo parecido a una línea argumental a una historia que por momentos es más lo que hoy calificaríamos de worldbuilding puro y duro y que incluye en su interior otras muchas historias más o menos esbozadas. Con el tiempo, de hecho, tres de ellas acabarían siendo publicadas de forma independiente como «Los hijos de Hurin» (2007), «Beren y Lúthien» (2017) y «La caída de Gondolin» (2018).

Los segmentos más breves son el Ainulindalë («La música de los Ainur»), el mito creador de Arda, surgida de la mente de Eru Ilúvatar; el Valaquenta, que describe a los principales de entre los Valar (espíritus principales o semidioses al servicio de Eru), a algunos de los Maiar (espíritus menores) y por último, al modo en que Melkor corrompió a algunos de los Maiar y los atrajo a su voluntad discordante con la canción de Eru; el Akallabêth o «La caída de Númenor», que narra de forma concisa el declive y destrucción del gran reino de los edain (hombres) durante la Segunda Edad; y por último (si no contamos el extensísimo índice de nombres), «De los anillos del poder y la tercera edad»… que casi podría considerarse un borrador parcial y muy, muy preliminar, casi una declaración de intenciones, para lo que acabó transformándose en «El Señor de los Anillos» (lo cual da una idea del volumen que podría haber tenido todo el Legendarium si se hubiera desarrollado con el nivel de detalle de este episodio).

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«El Silmarillion» es una obra imposible de juzgar. Por varios motivos. El primero y quizás más importante, porque no se trata de una obra acabada y pulida para su publicación por parte del autor. Christopher Tolkien (y Guy Gavriel Kay) tuvieron que seleccionar, combinar, integrar, contextualizar y adaptar textos de muy diversa procedencia y en muy diverso grado de completitud, procedentes de épocas diferentes y con génesis muy diversas, que el propio Tolkien (padre) no había conseguido homogeneizar (de ahí, por ejemplo, que se perciban incoherencias tanto con los textos previamente publicados como en ocasiones a nivel interno).

Como muestra, he aquí un par de caminos transitados por las historias. Uno de los principales personajes del volumen y quien posiblemente presenta la historia más acabada es Túrin Turambar, hijo de Húrin y Morwen, un personaje trágico como pocos. Aunque el resultado final bebe de muchas fuentes, su origen dentro del corpus narrativo de Tolkien cabe encontrarlo en su primer intento por escribir prosa, «La historia de Kullervo», una adaptación del poema épico original finés que forma parte del Kalevala (escrito al estilo de William Morris, tras la lectura de «La estirpe de los lobos» y «The roots of the mountain», entre 1914 y 1915, antes incluso de que empezara a tomar forma la base mitológica de Arda).

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Respecto al Akallabêth, su origen es incluso más singular, pues parte tanto de la idea de escribir en 1936 un relato situado entre la Primera y la Tercera Edad (por entonces «Faerie» y la Era de los Hombres) como de una apuesta entre Tolkien y C. S. Lewis de escribir una novela de ciencia ficción, inspirada en la lectura de «Un viaje a Arturo«, de David Lindsay. Lewis optó por un viaje en el espacio, dando lugar a su Trilogía Cósmica, mientras que Tolkien tenía que explorar el Mito a través de un viaje en el tiempo, llegando a escribir cuatro capítulos de «The lost road» (un proyecto de novela rechazado también por su editor junto con el esbozo del Silmarillion). En medio de todo esto, nació Númenor, como la versión del mito de la Atlántida del Legendarium.

Por supuesto, lo descrito es solo la punta del iceberg en lo que respecta a influencias y desarrollos. Cartografiar todos los senderos sería una labor de toda una vida (la que abordó, de hecho, Christopher Tolkien), así que volvamos a la esencia para determinar una cuestión peliaguda: ¿Vale la pena leer «El Silmarillion»?

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Si lo que se busca es revivir las experiencias de leer «El Señor de los Anillos», la respuesta es sin duda que no. «El Silmarillion» es un texto totalmente diferente, tanto en contenido como en estilo, con fragmentos que han sido, medio en broma, medio en serio, comparados con la Biblia. Tolkien traza con meticulosidad casi exasperante los movimientos de los primeros nacidos (los elfos) y de aquellos entre los segundos nacidos (los hombres) que fueron sus amigos y aliados. Para terminar de embarullar la cosa, la obsesión del autor por los lenguajes inventados y la etimología está desatada, con personajes o lugares que cuentan con dos, tres o incluso más nombres.

En muchos sentidos, leer «El Silmarillion» es como asomarse al más ambicioso proyecto de world building de la historia de la fantasía (de cuando ni siquiera existía dicho concepto). El «Quenta Silmarillion» es el semillero de docenas de novelas que nunca llegaron a ser escritas, dibujando el que quizás sea el proyecto subcreativo más ambicioso jamás abordado. Al mismo tiempo, sin embargo, sus carencias son obvias. Tanto por lo que respecta a un estilo muy poco literario como a los enormes agujeros que presenta o a las ya mencionadas discrepancias con los textos que sí tuvieron la oportunidad de materializarse de forma completa.

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¿Hay que leer «El Silmarillion» como historia real de la Tierra Media o como mitología? Cualquiera de las dos opciones es válida y depende de cada lector el escoger un modo u otro de abordar su lectura, para poder extraer de ella todo su jugo. Diría pues que la labor interpretativa del lector es crucial y sé positivamente que gente que en ocasiones previas fueron incapaces de terminar el libro, acabaron devorándolo tras un cambio de perspectiva.

Por mojarme, yo no sé si puedo recomendarlo sin ambages. Mis intereses apuntan más hacia narraciones más estructuradas y se me hace muy cuesta arriba conciliar las hazañas de los elfos y humanos de la Primera Edad con su más «realista» desempeño en los acontecimientos de la Tercera y la guerra contra Sauron. Es por ello que el grueso del libro, el «Quenta Silmarillion», no termina de agradarme (sobre todo cuando entra en modo enciclopedia histórica). Sin embargo…

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Sin embargo, en esta segunda lectura (como veinticinco años después de la primera), he podido apreciar algo nuevo, un gran tema que se vislumbra aquí y allá, desarrollándose desde el Ainulindalë hasta la eucatástrofe climática de «El Señor de los Anillos» (o, en su forma primigenia, «De los anillos de poder y la Tercera Edad»; respecto a la cuestión de la «eucatástrofe», me remito al ensayo «Sobre los cuentos de hadas», publicado por Tolkien en 1947 transcribiendo una conferencia impartida en 1939). Tal vez no fuera ese el propósito inicial, pero todo el Legendarium parece orientado (y no soy desde luego el primero en sostener esto) a buscar respuesta para una de las grandes cuestiones metafísicas: la conciliación de la existencia del mal y de la muerte con la idea de un Dios bondadoso (tema del que se ocupa la Teodicea).

Es habitual simplificar (sobre todo por parte de sus críticos) la filosofía de las obras de Tolkien a una cuestión puramente maniquea: el enfrentamiento entre el bien y el mal (algo que sin duda influyó en la escritura de «El Señor de los Anillos», realizada en gran medida durante los años de la Segunda Guerra Mundial). Existe, sin embargo, una cuestión más profunda: ¿Por qué existe el mal en la Tierra Media? ¿Cuál es el destino misterioso de los hombres, esa muerte verdadera que se les niega a los primeros nacidos? ¿Cómo es que Eru (Dios) permite el sufrimiento?

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Tolkien odiaba la alegoría (y así lo expresó vehementemente en numerosas ocasiones), así que no cabe buscar en su Legendarium tanto una respuesta alegórica a esta cuestión como un reflejo metafórico de estas dudas, tratando de encontrarle sentido a la rebelión de Melkor/Morgoth, prolongada por su lugarteniente Sauron, como un elemento por alguna razón fundamental en la canción de los Ainur que creó Arda, una disonancia en la melodía original que, sin embargo, cumple una función en el plan de Eru. Una mitología, después de todo, no es una mera colección de historias más o menos imaginativas, sino que ha de contener una verdad subyacente; e incluso una mitología inventada (con elementos prestados de otras mitologías históricas) podría arrojar algo de luz sobre la gran Verdad subyacente.

¿Era esa la intención de Tolkien? ¿Su Silmarillion hubiera sido más explícito en este sentido? Es imposible determinarlo. Ante todo y sobre todo, su propósito era dar libertad interpretativa, porque precisamente esa libertad, ese libre albedrío que es privativo de los hombres en las historias de Arda, constituye un pilar fundamental de la filosofía tolkieniana.

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La recepción crítica y comercial de «El Silmarillion» superó todas las expectativas. Convenció, por ejemplo, a los editores de que había interés en cosas nuevas de Tolkien, y ello condujo a Christopher Tolkien a compilar primero los «Cuentos inconclusos de Númenor y la Tierra Media» (1980) y embarcarse a continuación en el megaproyecto de la Historia de la Tierra Media (trece volúmenes, entre 1983 y 2002). Respecto a los premios, le valió póstumamente a Tolkien el premio Locus (aquel fue el primer año en que se concedió el premio Locus de Fantasía, separado de la ciencia ficción, derrotando a la ganadora del World Fantasy Award, «Nuestra Señora de las Tinieblas«, de Fritz Leiber). También cosechó el primer premio Gandalf a libro de fantasía (aunque fue una categoría efímera, que solo perduró un año más… y el propio galardón acabó desapareciendo en 1981).

Como anécdota, «El Silmarillion» pudo haber obtenido una nominación al premio Hugo, pero el gestor de aquel año de las votaciones (un tal Jim Corrick) determinó que no era una novela, sino una antología, y dado que nadie había escrito en su papeleta «Quenta Silmarillion», que sí era novela, declaró nulos por decisión unilateral todos los votos a su favor en primera ronda (siendo esta una historia que surgió a la luz hace poco).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en agosto 18, 2022.

Una respuesta to “El Silmarillion”

  1. Entiendo y comparto tu punto, sin embargo para mi el simarillion (que leo cada dos años en promedio desde hace 25 años) es a cada lectura un nuevo descubrimiento. En efecto requiere que el lector este dispuesto a imaginar y construir el mundo desde lo simplemente sugerido y entiendo que a muchos lectores esto no le resulte. Sin embargo en mi caso es cada vez un nuevo viaje. Reconozco que también es porque mis intereses metafísicos van en gran parte en una dirección similar a la de Tolkien (quien finalmente retoma las preguntas de la ciudad de dios de San Agustín), por lo que es de los pocos textos literarios en los cuales mis intereses por la imaginación y metafísicos se unen. En resumen es uno de esos textos que considero fundamentales y que más me gustan, pero a la vez entiendo plenamente que no sea el caso para muchos lectores.

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