A voyage to Arcturus (Un viaje a Arturo)

Tras una fructífera carrera como agente de seguros, truncada por el estallido de la Primera Guerra Mundial (donde sirvió, primero en el cuerpo de granaderos y luego en intendecia), el escocés David Lindsay decidió lanzarse a una no tan exitosa carrera literaria, que se inició en 1920 con la publicación de su primera novela, “Un viaje a Arturo” (“A voyage to Arcturus”), una obra que recogía la tradición fantástica de George MacDonald y la conjugaba (de un modo laxo) con el romance científico de H. G. Wells, para escenificar un viaje espiritual de iluminación; un texto a medias novela, a medias tratado filosófico.

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El resultado fue el esperable. La novela vendió menos de seiscientos ejemplares, impeliendo a Lindsay a probar con temáticas más populares, que tampoco terminaron de conectar con el público en general. Así pues, se vio obligado a convertir su casa de Brighton en una pensión, para sobrevivir a duras penas hasta que la primera bomba que cayó en la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial la destruyó. Lindsay murió poco después, por una infección sin relación con el accidente, aunque nunca llegó a recuperarse del shock sufrido. Justo por entonces, “Un viaje a Arturo” fue redescubierta, empezando empezando a cosechar una fama de la nunca había disfrutado en vida de su autor.

La historia se inicia en Londres, con una sesión de espiritismo bastante accidentada, a la que son invitados dos hombres, Maskull y Nightspore, y que un tercero, Krag, interrumpe con resultados dramáticos. Dejando de la lado al resto de personajes, Krag invita entonces a los dos amigos a un viejo observatorio escocés, con la promesa de llevarlos en un viaje a Arturo, un sistema estelar binario con un planeta habitable, Tormance.

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Tras caer dormido al poco de partir de la Tierra, Maskull despierta, desnudo y solo, en la superficie de Tormance, con una protuberancia en su frente y un tentáculo carnoso, surgiendo de su pecho, a la altura del corazón. Al poco se verifica el primero de los sucesivos encuentros que tendrán lugar en Tormance, al ser asistido por Joiwind, una mujer que intercambia con él parte de su sangre para permitirle andar en el extraño mundo y que le revela la utilidad de sus nuevos órganos: la protuberancia (breve) para leer el pensamiento y el tentáculo (magn) para transmitir un sentimiento de amor.

Es el inicio de su periplo, que lo llevará en dirección norte a través de sucesivos encuentros, ganando y perdiendo órganos, conociendo (e incluso siendo temporalmente subyugado por) sucesivas filosofías vitales, siempre en persecución de Surtur, una esquiva deidad, que se manifiesta en Tormance, según le cuentan, como Shaping o Crystalman y que Maskull percibe como un lejano redoble de tambor.

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Así, Maskull se ve enredado en las intrigas de un par de hechiceras, se une al exiguo séquito de un reformador religioso, visita a un artista cuyo arte puede ocasionar la muerte, conoce a un ser que aúna ambos sexos en un único cuerpo y llega a una comunidad donde por el contrario los sexos están estrictamente separados y enfrentados. Por el camino mata, traiciona, cambia de lealtades y muestra en general una soberbia que lo convierte en un personaje bastante antipático.

Tampoco el estilo resulta destacable. Todo está supeditado al mensaje, que se enreda en crípticos diálogos y desarrollos que desafían la lógica. El mayor problema reside quizás en que la interpretación nunca es sencilla. Lindsay se recrea en los juegos de palabras (el propio nombre del protagonista surge de unir “mask” y “skull”), juega con el simbolismo del número tres y va cambiando la perspectiva con respecto a Crystalman, Surtur y Krag. Entre los episodios, encontramos desde alegorías cristianas más o menos directas hasta planteamientos neoplatónicos o deudores del pensamiento de Schopenhauer. Aunque a la postre Maskull lo rechaza todo (a veces violentamente), mientras avanza hacia una concepción de la realidad emparentada con el gnosticismo trinitario (originado a partir del dualismo) valentiniano.

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El mundo material es una ilusión que a la larga sólo puede deparar dolor, aunque trata de engañarnos a través de falsos placeres puntuales para mantenernos atrapados. El viaje de Maskull es un periplo de revelación, negación del yo y liberación de lo material (incluso, a la postre, del amor conyugal). Una filosofía pesimista, en cuyo desarrollo quizás tuvieron mucho que ver las atrocidades de la Gran Guerra.

Como comentaba al principio, tras una decepcionante primera edición, la novela se mantuvo descatalogada por muchos años, siendo del conocimiento de apenas un puñado de estudiosos del género fantástico. El más entusiasta de ellos fue sin duda C. S. Lewis, que supo de su existencia en 1935 aunque no pudo hacerse con una copia hasta 1937. Con posterioridad, aunque deploraba el estilo y llegó a tildar la filosofía subyacente de diabólica y maníquea (en ambos casos según la acepción teológica), no se cansó de recomendarlo como una lectura fascinante. “Un viaje a Arturo” constituyó además la inspiración directa de su Trilogía Cósmica (1938-1945), pues de ella tomó la idea de ubicar un viaje espiritual en un mundo extraterrestre.

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En 1945, el descubrimiento de los manuscritos de Nag Hammadi pusieron de moda el gnosticismo, y de la mano de esta moda posiblemente se avivó el interés por recuperar aquella obra semi olvidada, aclamada cada vez con mayor insistencia como una joya perdida. Entre esto y su relación con Lewis (y tangencialmente con Tolkien), en 1968 fue reeditada como uno de los precursores de la Adult Fantasy Series de Ballantine, consolidando así su posición como uno de los títulos fundamentales de la fantasía de principios del siglo XX y llegando a subyugar a críticos de la talla de Harold Bloom (quien incluso escribió una secuela/remake, “The flight to Lucifer” en 1979, su única obra de ficción).

“A voyage to Arcturus”, sin embargo, palidece en comparación con obras posteriores , que o bien exploraron la ciencia ficción como vehículo de indagación filosófica (“Hacedor de Estrellas” de Olaf Stapledon) o incluso abordaron las ideas gnósticas con mayor claridad (la trilogía de la Materia Oscura de Philip Pullman) o incluso mayor confusión (“Valis” de Philip K. Dick). A la postre, su estructura, todavía muy decimonónica (muy similar, de hecho, a la de “Phantastes“, de George MacDonald) y su deficiente estilo la lastran bastante.

Lindsay no fue ni un gran escritor ni un gran filósofo, pero logró componer una novela evocativa, volcando en ella sus obsesiones con absoluta convicción. Tal vez sea esa sinceridad lo que la ha hecho perdurar.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 21, 2014.

2 comentarios to “A voyage to Arcturus (Un viaje a Arturo)”

  1. Madre mía! Recuerdo cuando lo lei por primera vez. No sabía si había leído una genialidad inabordable (por mí) o un truño con ínfulas. Lo leí otra vez y seguí (sigo) sin aclararme. Eso sí, en las dos ocasiones me dejó patas arriba

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