El hobbit

Antes de que la avalancha la sepulte tocaría hablar un poco de una de las obras clave en la evolución del género fantástico, minusvalorada tanto por su carácter infantil (para niños de hace tres cuartos de siglo, que no eran como los de ahora como por encontrarse bajo la titánica sombra de su “secuela”.

Tras siete años de gestación (sin verdadero ánimo de verlo publicado), el año 1937 George Allen & Unwin sacó al mercado “El hobbit” (“The hobbit, or there and back again”), la primera obra de ficción de un filólogo y profesor de anglosajón de Oxford destinado a convertirse en la figura más influyente del género de fantasía. Sin ser estríctamente la primera obra de lo que hoy en día se conoce como High Fantasy (caracterizada principalmente por su ambientación en un mundo secundario distinto del nuestro), sí que podría calificarse como la primera moderna y, sin dudarlo, como la semilla de la que brotó el molde maestro que es “El Señor de los Anillos”.

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Los orígenes son, sin embargo, bastante humildes. El libro surge de una frase escrita por impulso en el reverso de un examen entregado en blanco en torno a 1930: “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”. Esto llevó al profesor Tolkien a preguntarse qué era un hobbit y por qué vivía en un agujero, y en torno a análisis filogenético inverso de la palabra “hobbit” empezó a formarse una historia que bebía de múltilples fuentes (algunas las comentaré sucintamente más adelante) y que, sobre todo, encajaba en un ingente corpus mitológico que había estado creando desde al menos su período de convalecencia tras su retiro médico del Somme en 1916 (poco después de su evacuación la mayor parte de su batallón fue masacrado).

Cierto día la apacible vida de Bilbo Bolsón, un respetable hobbit de mediana edad (para un hobbit) y posición acomodada, se ve alterada por la irrupción en su agujero de trece enanos, liderados por Thorin Escudo de Roble, a instancias de los manejos de un mago: Gandalf el Gris. Su objetivo es embarcar al pobre hobbit en una aventura como saqueador experto (los hobbits son ciertamente sigilosos), en su empeño por recuperar su hogar (y su tesoro) ancestral en la Montaña Solitaria. El problemilla, rojo, alado y enorme, es el dragón Smaug, dueño actual de los susodichos hogar y tesoro, que siglo y medio antes acabó con el reino del abuelo de Thorin (devorando en el proceso a buena parte de sus habitantes).

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Empujado a los caminos, Bilbo tiene que evolucionar rápido, adquiriendo poco a poco, a regañadientes, las habilidades necesarias para cumplir tan inesperada función, viendo compensado su abandono del hogar por toda una serie de experiencias inimaginables para cualquier hobbit de bien.

No es de extrañar que “El hobbit” siga casi al pie de la letra el arquetipo del camino del héroe que más de una década después expondría Joseph Campbell en su libro “El héroe de las mil caras”. El libro constituye una suerte de mito moderno, construido sobre los desarrollos de mitologías tan dispares como la anglosajona, la nórdica, la finlandesa o incluso la céltica (aunque esta última no era muy del agrado de Tolkien). El proceso, bautizado por el propio autor como “mitopoiesis”, consiste no tanto en una simple imitación como en una reconfiguración a partir de los elementos primarios.

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Otra fuente importante de inspiración se encuentra en la tradición feérica británica, de la que destacan dos nombres: William Morris (autor, por ejemplo, de “El bosque del fin del mundo“) y George MacDonald (reputado teólogo y autor de literatura infantil de la segunda mitad del siglo XIX, entre cuya obra podría destacarse “La princesa y el trasgo”). Así pues, Tolkien toma y transforma elementos antiguos y folclóricos como los goblins (que pasarían a llamarse “orcos” en “El Señor de los Anillos”), los trolls, los enanos o los elfos (por esta época aún lejos del desarrollo que alcanzarían más tarde, aunque se aprecia una clara diferencia entre unos altos elfos, sabios y  majestuosos como Elrond, y otros juguetones, más cercanos al imaginario popular), y los confronta con una visión moderna, identificada con el personaje anacrónico de Bilbo Bolsón (un casi perfecto caballero inglés… de apenas tres pies de estatura).

Por último, debe mencionarse la enorme influencia en la obra del poema épico anglosajón “Beowulf”, cuyo último tercio (el enfrentamiento del héroe con un dragón), constituye el modelo de Smaug. Precisamente por esas fechas el profesor Tolkien impartía una clase magistral sobre la importancia de los elementos fantásticos en el poema (“Beowulf, los monstruos y los críticos”), que junto con la no menos famosa “Sobre los cuentos de hadas” exponen la filosofía subyacente a su proceso creativo.

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“El hobbit”, pese a todo, no deja de ser una obra literaria dirigida a niños, lo cual influye tanto en su estilo (bastante simple), como en su estructura (lineal y episódica), como en su tono (con una nota de humor omnipresente, que incluso en ocasiones incurre en el absurdo). 1937, sin embargo, eran otros tiempos, y el dirigirse a jóvenes no es óbice para tratar temas de bastante calado, como los males que trae la codicia (contrarrestados con sentido común) o incluso los horrores de la guerra (con un conflicto final reminiscente de las trincheras de la Primera Guerra Mundial). La novela constituye por derecho propio una de las cumbres de la literatura fantástica y un paso fundamental en la configuración del género tal y como lo conocemos hoy en día.

La obra cosechó desde el principio una gran fama (hasta el punto que ya en 1938 los editores empezaron a pedir una continuación… que acabaría fructificando dieciséis años después en un proyecto de una escala mucho mayor), pero las restricciones de papel impuestas por la Segunda Guerra Mundial  hicieron que la difusión fuera limitada hasta bien entrados los años cincuenta. Para entonces, la escritura de “El Señor de los Anillos” forzaba a una serie de modificaciones (sobre todo en lo referente al encuentro entre Bilbo y Gollum, y el modo en que el Anillo único cambia de dueño, en una modificación ya presente en la segunda edición de 1951), que pese a todo fueron bastante limitadas (hubo un intento en los sesenta de adecuar el tono del libro al de su continuación, pero no prosperó). La edición definitiva data de 1966 cuando con motivo de renovar el copyright en EE.UU. Tolkien aprovechó para añadir algunos retoques que homogeneizaran un poco el texto tanto con “El Señor de los Anillos” como con el “Quenta Silmarillion” (en el grado de desarrollo que tenía por entonces).

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En español la primera edición data de 1964, en Argentina, y llevó por título “El hobito” (la colección anunciaba la publicación de su continuación en tres tomos, pero ésta no llego materializarse). La siguiente, ya en Minotauro y con la versión final como original, data de 1983 (con una simultánea en Círculo de Lectores que sigue siendo muy popular). Desde entonces el libro se ha mantenido permanentemente en catálogo, con hasta veinte ediciones en veintinueve años (y lo que le queda).

A nivel mundial, las ventas de “El hobbit” se han llegado a estimar en 90 millones de ejemplares, aunque con la inminente trilogía de Peter Jackson esta cifra está destinada a aumentar de forma considerable, asentándola confortablemente en el cuarto puesto de las novelas más vendidas de la historia (justo por detrás de “El señor de los anillos”, aunque todavía a una distancia sustancial de su “retoño”).

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~ por Sergio en diciembre 5, 2012.

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