Postciencia ficción

Vivimos en la era de la postverdad. Los hechos, la realidad, no es tan importante como la “verdad” emocional, esa que te hace sentir bien, o quizás solo parte de algo mayor. El mundo es extraño y aterrador. Todo se encuentra en continuo cambio, y así, puedes levantarte un día y descubrir que aquello que siempre habías dado por sentado ya no existe, o se ha visto tan alterado que de nada te sirve el trabajo realizado hasta la fecha y has de pelear de nuevo por privilegios, o incluso necesidades básicas, que dabas por sentado.

En su faceta más preocupante, acabamos de ser testigos de lo que la postverdad puede hacer a una nación con el reciente asalto al Capitolio por parte de una horda de trumpistas convencidos, sin pruebas de ningún tipo, de que las elecciones que habían echado a su ídolo de la Casa Blanca habían sido fraudulentas. Esa es la belleza de la postverdad: no necesitas probar nada. Basta con que aquello que sostienes resuene emocionalmente en tus interlocutores. Es verdad simple y llanamente porque ansían que sea verdad.

A otro nivel (no menos problemático, quizás, a largo plazo), tenemos ese auge espectacular de terraplanistas, antivacunas, conspiranoicos varios y negacionistas de la nieve (espero que esto, dentro de unos meses, tenga que explicarse tirando de hemeroteca, porque si no…). ¿Cómo es posible que en una época en que disponemos de más información al alcance de nuestra mano de la que jamás haya existido el conocimiento científico se encuentre paradójicamente en retroceso? ¿Cuándo se transformó la utopía de la información en distopía de la ignorancia?

Todo tiene que ver, precisamente, con esa disponibilidad sin precedentes de información. Somos tan, tan ricos en información que cuando nos disponemos a estudiar cualquier tema la oferta de datos nos supera. Horas y horas de vídeo en YouTube, páginas, foros de discusión… Tanta, tanta diversidad que no importa qué postura decidamos adoptar sobre cualquier tema dado, siempre podremos encontrar un hilo del que tirar que nos lleve directos a una sucesión interminable de contenido que refuerce nuestra postura apriorística (y no quiero entrar ahora en las cajas de resonancia endogámicas en que se han convertido las redes sociales, en parte por decisión nuestra, en parte por unos algoritmos de recomendación cuya única prioridad es mantenernos enganchados el mayor tiempo posible.

¿Cómo escoger entre la inmensa gama de realidades que se nos presentan? En un mundo ideal, analizaríamos cada alternativa con espíritu crítico, sopesaríamos lo que la avala y lo que la refuta y, por último, tomaríamos una decisión fundamentada. ¿Pero sabéis qué? Eso no solo resulta engorroso, sino que podría darse el caso de que tuviéramos que aceptar una verdad que no nos gusta. Mucho mejor recurrir a la postverdad. Lo relevante no es que algo sea cierto o no, sino que, siendo cierto, nos aporte satisfacción. Así que, decidido: cierto (o más propiamente dicho, postcierto).

Las derivaciones de este fenómeno son tan numerosas (y aterradoras) que difícilmente podría empezar a explorarlas en una entrada de blog (y eso que ya empiezo a sospechar que esta será de las largas). Voy, por tanto, a centrarme en lo que constituye el campo de estudio de Rescepto Indablog: la narrativa fantástica.

Hace un año ya analicé cómo puede afectar la cultura de la postverdad al planteamiento y ejecución de una película de éxito (concretamente, me fijé en la postnarrativa de “El ascenso de Skywalker”). El caso es que ahora me gustaría cerrar todavía más el foco, y la adscripción de Star Wars a la ciencia ficción es una cuestión… dejémoslo en que abierta a debate. Existen otras películas recientes que sí se nos venden cuando menos con una pretensión de rigor científico (y “pretensión” es, ciertamente). En ellas, la postnarrativa se sustenta en otra postverdad, que paso a bautizar como postciencia.

Por analogía, “postciencia” consiste en asignar validez a una teoría o descubrimiento no en base a lo medios tradicionales (observación, hipótésis, experimentación, falsabilidad), sino atendiendo única y exclusivamente a nuestra respuesta emocional ante ellos. Así, podemos considerar científicas (postcientíficas) teorías como las de la Tierra Plana, la astrología, los chemtrails, que las vacunas generan autismo, que la pandemia es un producto de laboratorio, que las terapias alternativas no solo funcionan, sino que son auténticamente milenarias y no inventos o reconstrucciones modernos. Todo, absolutamente todo, puede ser “demostrado” postcientíficamente. Lo cual, como os podréis imaginar, viene al pelo para escribir ciencia ficción, porque ya no hace falta romperse la cabeza para obtener si no rigor científico, cuando menos coherencia interna.

Basta con que el mensaje emotivo de la historia sea al correcto.

Retrocedamos hasta el 20 de septiembre de 2019. Ese día se estrenó “Ad Astra”, de James Gray, con Brad Pitt de protagonista absoluto (y coproductor). La intención del director era, en sus propias palabras: “crear la representación más realista del viaje espacial que se haya rodado para mostrar que el espacio no es terriblemente hostil” (lo que debería haber hecho saltar todas las alarmas, porque algo parecido ya sostuvo Danny Boyle respecto a “Sunshine“). Para lograrlo no tuvo mejor idea que contratar como guionista a Ethan Gross, todo un experto en ciencia ficción… después de haber participado como guionista y coordinador de historia de “Fringe” (segunda señal de alarma).

¿En qué quedó todo eso de la “representación realista del viaje espacial”? Pues en una de las muestras más sonrojantes de postciencia jamás filmadas, con chorradas del tamaño de una nave en tránsito por el cinturón de asteroides que decide parar para contestar una llamada de socorro (y ahí Newton, revolviéndose en su tumba), un traslado a Marte para hablar desde más cerca con Neptuno o, ya que estamos, una estación de investigación en Neptuno para estar más cerca de las estrellas y poder estudiarlas mejor, que lanza hacia la tierra hondas destructivas de antimateria porque… no estoy seguro, porque sí, supongo; porque de algún modo había que justificar el viaje.

No es que el engarce tuviera mucho más sentido. La postnarrativa es fuerte en “Ad Astra”. Su estrategía consiste en presentarnos fragmentos que nos recuerden a películas que nos han gustado, para que por resonancia empática decidamos que esta otra es igual de buena (mejor, porque conglomera las virtudes de todas ellas). Así, comenzamos con una escena que nos retrotrae a Gravity (y que, de hecho, será lo mejor de la película), con un accidente durante la construcción de un ascensor espacial; seguimos con un interludio lunar (¡con piratas espaciales!… que ni idea de qué viven cuando no pasa cerca ningún módulo de despistados que no han caído en la cuenta de que para ir al otro lado de la Luna basta con alunizar allí) y enlazamos con la parada en ruta para poder admirar unos cuantos simios digitales y evocar, con suerte alguna película estilo “Alien”); de ahí al fragmento “2001” (diseño retro, fotografía evocativa, irrelevancia y malas decisiones por doquier); y por último, el meollo de todo el asunto, cuarto y mitad de “Apocalipsis Now” (aunque el director haga referencia a “El corazón de las tinieblas”, por eso de que una referencia literaria viste más).

Lo peor de todo el asunto es que… les funcionó. En Rottentomatoes tiene una aprobación crítica del 83% (85% entre los críticos top), con muchos profesionales alabándola como una gran películas de ciencia ficción… cosa que no es. Como mucho, es una película de postciencia ficción, que reutiliza sin mucho acierto elementos tan, tan antiguos dentro del género que ya son clásicos, los ensambla sin orden ni concierto y adorna con ellos una historia cuya única coherencia se encuentra, quizás, en el plano emotivo (y, aun así, el drama psicológico es de una simpleza que tira de espaldas).

¿Cómo es posible que algo así cuele como científicamente riguroso? Supongo que la única respuesta posible cabe encontrarla en un mundo donde prima a postverdad. No hay que dejar que la realidad se interponga en el camino de un buen impacto emocional. “Ad Astra” espera de los espectadores que acepten acríticamente cualquier desarrollo que se les presente, por muy peregrino que sea, siempre y cuando evoque algo (generalmente, por el camino fácil de recordarnos a alguna otra película que sí se trabajó el arco emotivo).

Otro ejemplo, más reciente, lo tenemos en “El cielo de medianoche”, lanzada directamente en Netflix el pasado 23 de diciembre (tras una exhibición testimonial para hacerla elegible para los Oscars). Aquí el director/protagonista en George Clooney, siguiendo el guion de Mark L. Smith que adapta (libremente) la novela de 2016 de Lily Brooks-Dalton (que no he leído, así que me abstendré de realizar ningún juicio de valor al respecto; entiéndase que todo cuanto voy a comentar se refiere a la versión cinematográfica).

Augustine es un científico que se niega a ser evacuado de la estación polar donde trabaja ante el avance de una misteriosa catástrofe que está asolando la Tierra y de la que no se nos darán más indicaciones. Su única compañía será una niña, que encuentra escondida días después, y su única tarea restante avisar a la tripulación de la Aether, que está regresando de una misión exploratoria en las lunas de Júpiter, de lo sucedido en el mundo durante su ausencia.

Estos mimbres le sirvieron a Brooks-Dalton para escribir una novela, tengo entendido, sobre la soledad, la aceptación de la fatalidad, el sentido de la vida y la importancia de las conexiones personales. En manos de los cineastas, “El cielo de medianoche” se transforma en un thriller renuente, mal acoplado sobre un drama psicológico de baratillo (con giro “sorpresa”)… y lo peor, para lo que atañe a esta entrada, es que convierten una historia de ciencia ficción (más como trasfondo que en esencia) en un desastre postcientífico, que lleva a nuevas cotas la reinvención de la realidad con intencionalidad emotiva.

No sé si alguna vez sabremos la auténtica razón, pero me huelo que alguien (Clooney o los productores) decidió que no podían hacer una película sobre el fin del mundo sin ofrecer un atisbo de esperanza, así que se hacía necesario resignificar la película como una alegoría con resonancias bíblicas sobre el pecado (personal y global) y la redención. Y claro, para ello había que forzar unas cuantas coincidencias imposibles y cambiar la realidad para ofrecer un nuevo Edén que reemplace al antiguo: la hasta ahora ignota luna de Júpiter K-23, lo bastante grande como para disfrutar de una atmósfera respirable (y ahí Galileo, revolviéndose en su tumba), e incluso de fértiles campos de cereales que supondremos aptos para el consumo humano (y Darwin que se une al baile de San Vito), donde poder reasentar al nuevo Adán y la nueva Eva (con todos los genéticos desde Mendel… en fin, ya sabéis).

Una vez te has inventado una realidad del tamaño de un mundo, el resto de transgresiones son poca cosa, ya sea sumergir en agua a cero grados sin aparentes consecuencias a un enfermo terminal de edad avanzada, tropezar con una lluvia de meteoritos (reminiscente de nuevo de “Gravity”) en “una zona no cartografiada del espacio” (sic) tras haberse apartado del rumbo, o llevar adelante sin problemas un embarazo en el espacio (un espacio tan benigno y libre de radiación que la embarazada se plantea sin dudarlo dar un paseo espacial para arreglar la antena y el radar… que maldita falta que hace para detectar rocas).

La sucesión de incongruencias científicas y narrativas es larga como un día sin pan. “El cielo de medianoche”, como “Ad Astra”, coopta temas, escenarios y situaciones de la ciencia ficción, pero no tiene la menor intención de jugar según sus reglas. Del mismo modo que la ciencia en ambas películas es postciencia, cabe definir su género como postciencia ficción.

El problema de recurrir a la postverdad para sustentar tu trama es que, por definición, la postverdad es maleable. No existe otra coherencia interna que la emocional, así que en una película de postciencia ficción, como puede ocurrir literalmente cualquier cosa, nada es capaz de generar tensión, porque nada posee un valor fijo intrínseco. A lo único que se puede aspirar es a generar evocaciones, y si te sale la jugada, como en “Ad Astra”, tal vez puedas engañar a unos cuantos críticos temerosos de gritar que el emperador va desnudo (o tan metidos en su trampa autorreferencial que no se dan ni cuenta), pero al público en general todavía no, básicamente porque los únicos que se interesan por una película de ciencia ficción son… en fin, aficionados a la ciencia ficción, no a la postciencia ficción (aunque démonos tiempo, me temo).

¿Esta tendencia hacia la postnarrativa y la postciencia va a ser el futuro de la ciencia ficción audiovisual? Espero que no, pero los indicios no son nada alentadores (podríamos añadir a la lista de engendros postnarrativos recientes la serie “Another life”). Lo que me preocupa de verdad es que empiece a extenderse la moda a la vertiente literaria, que al fin y al cabo es la que me atañe (y el que haya quienes tildan de “hard” un absoluto despropósito científico como “El problema de los tres cuerpos” no es una buena señal). Vivimos en una sociedad en la que la ciencia está cada vez más desprestigiada, en la que la verdad ya no es un concepto sólido, sino maleable a gusto del consumidor, en donde los clásicos parecen servir solo como depósito de elementos que carroñear.

La postnarrativa es una amenaza particularmente grave para la ciencia ficción, porque se trata de un género que se sustenta precisamente en la coherencia interna (lo cual no siempre implica respetar la realidad tal y como la conocemos, aunque sí precisa de un marco, el que sea, con unas reglas fijas). Si arrojamos por la ventana la coherencia para abrazar el impacto emocional referencial, ya no nos encontramos en el terreno de la ciencia ficción, sino con suerte en el reino de la fábula o la alegoría (transitado alegremente por Christopher Nolan en “Interestellar”) y sin ella… bueno, sin ella hemos llegado por ahora a las simas (post)narrativas que son “Ad Astra” y “El cielo de medianoche”.

Todavía me enfado cuando constato que llaman a esos engendros “ciencia ficción”. Espero no llegar a verme obligado a renunciar a un género que aprecio y me importa, aquejado, como tantas otras facetas de nuestras vidas, por el virus de la postverdad.

~ por Sergio en enero 15, 2021.

17 comentarios to “Postciencia ficción”

  1. Magnífica entrada. Por cierto, para empeorar las cosas, el accidente del principio de Ad Astra no transcurre en las obras de un ascensor espacial -ojalá-, sino en una “antena espacial” que nace en la superficie para superar la estratosfera. Sí, ¡ay!

    • Mira, eso se me había pasado (o no lo recordaba después de más de un año, que esa la sufrí en el cine), pero cuadra con la “lógica” de enviar una nave a Neptuno porque está más cerca de las estrellas y así las explorará mejor.

  2. Hablando de las post-verdad, habría que hablar de la ideología de género que reniegan de la ciencia para imponer una post verdad que hasta se eleva a rango de ley en muchos países y de la construcción de ese enemigo invisible, el “heteropatriarcado” que desde las sombras ha dirigido todos los lustros de la historia y que ha llevado a la sistemática opresión de un sexo sobre otro, todo ello incluso impuesto en universidades, pese a que difiera mucho de la ciencia, dando lugar igualemente a bastante cifi donde el mundo de la mujer es el bueno, y ya sin hombres son felices y libres y autosuficientes. Por cierto, lo del capitolio eran más que trumpistas, antibiden, sólo hay que leer un poco a Jhon Schaffer que allí estuvo y conocer cómo piensa.

  3. Muy buena entrada. Una consulta, ¿piensas que the expanse entra también en esta categoría?

    • Solo he visto una temporada (y leído un libro), pero no me dio esa impresión. Conceptualmente, The Expanse viene de antes. Narrativamente, es heredera directa (como no podía ser de otra manera) del enfoque serial que trasladó George R. R. Martin a la literatura fantástica (utilizando su experiencia televisiva en los noventa).

      La serie en sí (su primera temporada, repito), creo que mejora los libros dando más relevancia a la trama política en la Tierra… y los empeora al borrar el idealismo de uno de los personajes principales y hacer a los dos básicamente indistinguibles; un par de antihéroes en el molde de Han Solo.

      Por otro lado, su planteamiento general (ese conflicto independentista entre la Tierra y sus colonias que sirve de trasfondo a toda la primera temporada) se enraíza en la ciencia ficción más clásica (desde al menos Heinlein y Leigh Brackett).

  4. Interesantes los conceptos que planteas para juzgar o darle nombre a lo que se está haciendo en cine. En Colombia la postverdad tiene que ver con otra cosa (pero en el fondo va a lo mismo), con la verdad contada por las víctimas y victimarios del conflicto armado (y digo que va a lo mismo puesto que esa verdad se transfigura y deforma para que una de las partes o ambas o todas tengan su propia verdad desconociendo los hechos acaecidos, intentando darle una forma “emotiva” a esa verdad para que crucemos al umbral de la supuesta paz sin reparar a las víctimas o al menos, dejarlos contar su verdad…). Saludos

    • El fenómeno de la post-verdad es global y abarca muchas facetas, pero en la política, me temo, es donde más se está utilizando. No importa cuáles sean las circunstancias locales, toda la estrategia está dirigida a construir “verdades” partidistas, sustentadas en nada más que ideología, sin necesidad alguna de una base verificable, y tan antagónicas que la mera idea del diálogo con la otra parte se considera una traición. Han reeditado en política las viejas guerras dogmáticas religiosas… y lo triste es que haya tantos dispuestos a ponerse las anteojeras de la post-verdad para sentirse siempre moralmente justificados.

      Todo ese, me temo, se escapa al ámbito de un blog sobre narrativa fantástica (aunque reconozco que es un fenómeno que cada vez me atrae más para basar en él y en sus posibles consecuencias mi ciencia ficción).

  5. Magnífica entrada. Me permito compartirla.

  6. Muy interesante reflexión. Yo sigo teniendo cierta vergüenza al confesar que leo principalmente Ciencia-Ficción y este tipo de películas no ayudan.
    Por cierto, la novela de El cielo a media noche, a mí me ha gustado bastante y no tiene ninguno de esos momentos absurdos: no hay luna de Júpiter, no hay embarazo, no hay mucha esperanza en el futuro y varias cosas que no encajan de la película no están en el libro.

  7. Me sumo a las felicitaciones por esta estupenda entrada.
    Aunque el auge de la postverdad sea reciente, pienso que es un problema que surge de bastante atrás y hunde sus raíces en el posmodernismo y el relativismo. No es sorprendente que se desdibuje la frontera de la ciencia ficción cuando si a la propia ciencia la llegan a definir como un puro constructo social.
    Despojan a la ciencia de cualquier objetivo de aproximación a la verdad o cuando menos de construcción de mejores modelos de la realidad y este mensaje cala en toda la sociedad, tanto en capas sociales bajas como en aquellas supuestamente más instruídas. De esta forma llegamos a los despropósitos actuales de antivacunas, homeópatas, negacionistas de la pandemia, etc. que serían buen material para un mundo distópico.
    El espectador medio busca en el cine puro entretenimiento. Está dispuesto a suspender el juicio pues para él lo que prima es el espectáculo visual por encima de la calidad del guión. No me parece grave que la base científica no sea el punto fuerte de una película o una novela, pero lo que no debería dejar de exigirse es, como bien señalas, la coherencia interna. La parte científica puede no ser más que el decorado adecuado para acompañar una historia, pero al menos debería ser capaz de tenerse en pie.
    Sin ello ni hay buena ciencia ficción ni, en un sentido más amplio, buena creación literaria.

    • Gracias. Sí, todo esto viene de la evolución del postmodernismo, tanto por el relativismo del conocimiento como por la fusión entre la alta y la baja cultura, que ha hecho aceptable el uso (y abuso) de elementos propios del género fantástico desde posiciones externas (aunque sigue siendo un camino de dirección única; el autor mainstream puede “dignificar” el género fantástico, pero a un autor de género no se le va a reconocer su valía en los círculos generalistas).

      De todas formas, el auge de la postverdad es una evolución, que yo al menos asocio al volumen cada vez mayor de información disponible y al desarrollo de las redes sociales. Siempre ha habido terraplanistas, pero cada vez son más y están mejor organizados (y quien dice terraplanistas, dice antivacunas y otras posturas anticientíficas). Eso, unido al desprestigio de una ciencia, que no ha sabido dar solución a los problemas más acuciantes de las sociedades occidentales modernas (una crisis existencial que lleva años fraguándose, apoyada en una crisis de obsolescencia de modelos políticos, económicos y sociales), ha supuesto un duro golpe para la ciencia ficción… al menos en su vertiente especulativa.

      No es de extrañar que triunfe una ciencia ficción que supone sobre todo la plasmación de anhelos, a menudo bajo la forma de una space opera ligera, de fácil digestión (y en los casos que nos ocupan, totalmente carente de rigor científico o incluso coherencia interna).

      Todo acaba dando la vuelta (con suerte), así que toca armarnos de paciencia y esperar que acabemos recuperando el rumbo (a todos los niveles) antes de que sea demasiado tarde.

      • De acuerdo, aunque creo que el problema no es solo el relativismo. También pasa por unas esperanzas y promesas excesivas de la parte de muchos científicos y filósofos. La idea que el progreso es una fuerza imparable y que todos los problemas de la humanidad se solucionarían gracias a la ciencia. Idea que incluso hasta el día de hoy sigue muy presente el múltiples círculos. Basta pensar en las promesas del principio de internet o de la revolución informática. Esa hybris se está pagando ahora con el exceso contrario y la monstruosidad de la postverdad y un cine que difunde y crea estas ideas.

        • Sí, hay un sentimiento de que la ciencia no ha sabido ofrecer lo que nos prometía, aunque ahí también influye mucho el sesgo informativo, porque pese a estar en la época del mundo con menos desigualdades sociales, menos guerra (afectando a un porcentaje menor de la población mundial), mayor calidad de vida, menos hambre y menos pobreza, la impresión que tenemos es toda la contraria (una impresión potenciada por retrocesos locales en los estándares de vida, como los que venimos experimentando las democracias occidentales desde hace unos años).

          De todas formas, es muy peligroso hipotecar el presente en base a hipotéticos avances futuros (como la tecnología de fusión o la computación cuántica), porque incluso en la mejor de las situaciones nada nos garantiza que podamos mantener este nivel de desarrollo tecnológico, que se ha ido disparando desde mediados del siglo XIX. Una pequeña cura de humildad nos vendrá bien… aunque hay muchos que no están dispuestos a aceptarla y renunciar a determinados privilegios, y por negar la mayor prefieren cerrar los ojos y abrazar la postverdad.

        • Sí, de acuerdo. Pienso que también hay que tener en cuenta el rol de las grandes corporaciones como las tabaqueras o las industrias de energías fósiles, que a la vez utilizan la ciencia para aumentar sus beneficios, pero de otro lado han lanzado campañas de desinformación masiva contra el daño del tabaco y la realidad del cambio climático para evitar restricciones. Pienso que todos estos factores (y hay sin duda otros que se me escapan) terminaron creando la mezcla explosiva de la actualidad.

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