El ascenso de Skywalker y el triunfo (o fracaso) apoteósico de la posnarrativa

Vivimos inmersos en la Era de la Información, esa edad dorada en la que disponemos de toda (o una significativa porción de) la información que jamás se haya generado a un golpe de clic. Podemos encender la tele y sintonizar docenas de canales (si nos molestamos siquiera en ello, porque disponiendo de agregadores de contenido como Netflix, HBO o Amazon Prime Video…). Podemos entrar en YouTube y ver alguno de los más de mil millones de vídeos compartidos. Podemos contactar a golpe de like con cualquiera de los 2.271 millones de usuarios activos de Facebook (o los 1.500 millones de WhatsApp, los 1.000 de Instagram o los míseros 326 millones de Twitter).

Podríamos afirmar que se cumplen en nosotros los más locos sueños de conocimiento jamás concebidos por mente calenturienta alguna. Sin duda, tal avalancha de información no puede sino conducir al Paraíso y a la Libertad (o eso nos quisieron hacer creer todos esos escritores Cyberpunk de los ochenta y noventa, cuyos antihéroes rompían bit a bit los muros despersonalizadores de las megacorporaciones). Es la época perfecta para que la narrativa alcance su apogeo, ¿no? ¿No?

Pues va a ser que, tal vez, no, y la novena película de la Guerra de las Galaxias (la novena del núcleo central, claro) es un ejemplo paradigmático de lo que tan solo puedo bautizar como posnarrativa.

 

Voy a intentar explicar primero qué entiendo por posnarrativa y por qué surge justo ahora.

Volvamos, por ejemplo, a lo de los vídeos en YouTube. ¿Sabéis cómo se ha llegado a esos más de mil millones de vídeos? Tales cifras se alcanzan porque al cierre de 2019 se estaba subiendo nuevo contenido a un ritmo de más de quinientas horas por minuto. Si alguien quisiera ver todo lo que se ha añadido en un día, necesitaría emplear para ello ochenta y tres años. Hace doce meses era más fácil. Como entonces “solo” se subían 300 horas por minuto, hubiera bastado medio siglo para ponerse al día… de un día.

El problema es que no solo nos dedicamos a bucear por YouTube. También hay en cualquier momento dado unas 1.500 series que poder ver en Netflix (y 5.579 películas), y Vodafone TV tiene a gala poner a disposición de sus usuarios, en su pack completo (que suma varios servicios como HBO y Amazon Prime), 2.400 series. En medio de todo eso, por supuesto, hay que encontrarle un huequecito al último juego de la Play/Xbox y ya, si eso, ver alguno de los múltiples eventos deportivos en directo, desde el tradicional fútbol a los fascinantes torneos de dardos.

Esto ha ido provocando un cambio en el modo de consumir la información. Cada vez más, lo de mantenerse fiel a un programa o un vídeo durante toda la duración del mismo es cosa del pasado. Si en 1956, con la invención del mando a distancia, se preconfiguró la moda del zapping, que no se instauró de verdad hasta finales de los años 90, cuando el número de canales disponibles (y en competición comercial) aumentó considerablemente, hoy en día ya es todo un arte. La mayor parte de quienes aún ven la televisión lo hacen ya casi a modo de collage, saltando de cadena en cadena, y viendo ahora uno cuantos números de un talent show, a continuación la explicación de por qué los alienígenas construyeron las pirámides y de inmediato esa escena tan buena de aquella película que fue un éxito hace tres años.

Ya no hay narrativa. Hay emociones. Hay experiencias. Hay posnarrativa.

Podéis leer sobre todo esto de un modo un poco más amplio en este artículo viejo (de 2015).

¿Viejo? ¿De 2015?

Pues sí, porque 2016 fue el año de la posverdad (y las fake news). Así lo declaró el diccionario Oxford, habiendo detectado un aumento en el uso del término del 2.000% respecto a 2015 (2016 fue el año de la fructífera campaña presidencial de Donald Trump en EE.UU. y del referéndum del Brexit en Gran Bretaña; también fue el año en que se lanzó, por ejemplo, Face2Face, un programa que permitía imitar con una cara cualquiera las expresiones de otra grabada… en tiempo real). La posverdad es “la distorsión deliberada de una realidad en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones”, y se diferencia de un engaño en que las dos partes, emisor y receptor, son igualmente conscientes de esta distorsión, y aun así optan por gobernarse de acuerdo a esa verdad emocional.

Si combinamos la avalancha informativa con la era de la posverdad, nos encontramos con que cualquiera puede “hacer zapping” por millones de horas de vídeo, por las opiniones de miles de usuarios de redes sociales e incluso por los anticuados medios de comunicación tradicionales (aunque destilando artículos escogidos, de acuerdo, por ejemplo, con las recomendaciones de su subred de Twitter) para conformarse una realidad a medida, emocionalmente satisfactoria y, sobre todo, comunitaria (sin importar que esa verdad, esa narrativa vital, no esté realmente anclada en los hechos crudos ni, por supuesto, que pueda entrar en conflicto con narrativas competidoras, igualmente fundamentadas en postulados apriorísticos).

Ya vamos llegando a Star Wars. Aunque antes, detengámonos en el primer gran éxito audiovisual de la posnarrativa: “Perdidos” (2004-2010).

“Perdidos” fue una serie de la ABC creada por J. J. Abrams y Damon Lindelof (otro profeta de la posnarrativa, junto con otros colaboradores de Abrams como los guionistas Roberto Orci y Alex Kurtzman). Seis temporadas y ciento veintiún episodios que ofrecieron sorpresas, intriga, personajes potentes, ciencia ficción, fantasía… una amalgama gargantuesca de emociones que a la postre NO significaba absolutamente nada. Preguntas sin respuesta. Un pollo sin cabeza corriendo desesperado de un lado para otro antes de darse cuenta de que estaba muerto. Un éxito arrollador. El valor de la narración no reside en adónde conduce, sino en que el viaje sea lo más sorprendente posible, y sin que nadie tenga que preocuparse de pagar luego los cheques lógicos expedidos sin fondo, porque el entretenimiento ya ha sido servido, disfrutado y olvidado… para poder centrar la atención en la siguiente cuenta de vidrio brillante.

La posnarrativa, en definitiva, libera al creador de la necesidad de justificar la progresión dramática de su historia, o incluso de proveerla de coherencia interna. Lo que importa es la coherencia emocional (y su resonancia entre el público al que va dirigida).

Allá por el 2015, cuando se estrenó “El despertar de la fuerza“, lo de la posverdad aún no estaba del todo asumido. Así que en esa primera película de la trilogía, Abrams se limitó a copiar descaradamente la estructura de la obra inaugural de 1977, buscando replicar exactamente las mismas emociones (actualizando a los protagonistas jóvenes para captar las nuevas generaciones de espectadores). En 2017, sin embargo, Rian Johnson se le subió a la chepa y buscó con Los últimos jedi” construir a partir de ese ejercicio de replica emocional una narrativa divergente… lo cual se saldó con resultados ambiguos en taquilla, desafección entre cierto subconjunto del fándom starwarsero y una gigantesca polémica en torno a los supuestos “haters“. Ahora, en 2019, Abrams vuelve a la carga (sustituyendo al despedido in extremis Colin Trevorrow), para ofrecer una posnarración de Star Wars. Gracias al auge de la posverdad, nada más seguro que olvidarse de intentar contar una historia (con el peligro de que la polémica domine la conversación, tal y como pasó con la película de Rian Johnson) y limitarse a entrelazar con la más tenue de las excusas argumentales escenas emocionalmente significativas.

La trampa a largo plazo reside, por supuesto, en que esa emoción no surge de la nada, sino que se ancla en el poso dejado por una narrativa antigua. Al menos, Abrams ha aprendido un poco en estos cuatro años, y en vez de copiar al pie de la letra una sola película, para “El ascenso de Skywalker” pasó toda la saga clásica por el turbomix, lo que le permite construir una película de más de dos horas y media que se asemeja a un monstruo de Frankenstein, a base de piezas muertas extraídas de decenas de hipotéticos remakes inconexos de las tres películas originales, engarzados al buen tuntún, sin preocuparse siquiera de posibles incoherencias internas (algunas de elas sangrantes). Lo único importante es que cada escena resulte emocionalmente poderosa. Y a la mierda cualquier pretensión de narrativa.

Si os paseáis por YouTube (en vuestro empeño condenado al fracaso de abarcar una ínfima parte de la información que pone a disposición de los navegantes), podréis ver decenas de vídeos poniendo a parir con más o menos gracia (la crítica de Loulogio me parece particularmente hilarante) las barbaridades narrativas de la película. Lo que no aciertan a comprender, sin embargo (como tampoco ocurre con los críticos, que en esta ocasión se han decantado por suspender la película con un 54% de aprobación en Rottentomatoes… frente al 86% del público), es que tal vez estén juzgando la película con unos parámetros equivocados. Abrams no busca ni por asomo contar una historia coherente. Se la bufan de mala manera las coincidencias imposibles, los personajes forzados, el cargarse de un plumazo todo cuanto creemos saber sobre la Fuerza o las más simples reglas de la física y de la lógica. Él lo que ha pretendido es emocionar de principio a fin, sin dar respiro ni ocasión para la reflexión. Él está entregado a la posnarrativa.

El que eso te satisfaga, ya es cosa de cada cual (a mí no, yo soy, me temo, un anticuado consumidor… y creador, de narrativas-tesis).

Para concluir (aunque posiblemente aún tenga algo adicional que decir más adelante respecto a la posnarrativa, centrado, eso sí, en la ciencia ficción literaria), me gustaría simplemente destacar una escena como epítome de todo este rollo que os he estado soltando. Se trata de la última escena de la película (que no describiré, por si hubiera alguien en el mundo incapaz de adivinar su desenlace apenas comienza), en la que la respuesta final de Rey a cierta pregunta constituye un ejemplo paradigmático de lo que es la posverdad. Si esa respuesta te resulta satisfactoria, enhorabuena, “El ascenso de Skywalker” se ha rodado para ti. Si por el contrario estás dándote de cabezazos contra el asiento de delante antes siquiera de que Rey abra los labios… lo siento, bienvenido al futuro.

Otras películas de J. J. Abrams analizadas en Rescepto:

También en Rescepto:

~ por Sergio en enero 3, 2020.

3 comentarios to “El ascenso de Skywalker y el triunfo (o fracaso) apoteósico de la posnarrativa”

  1. Muy bueno, Sergio. Comparto

  2. Una perspectiva bastante atinada sobre lo que marca la era de la posverdad y de cómo (tristemente) una de las sagas más emblemáticas de la historia del cine termina siendo víctima de la implacable nueva tendencia generacional. Pareciera que la manera de apreciar las obras creativas del momento ya ha cambiado de foco, se ha simplificado, reducida a la mínima expresión de causar el bienestar inmediato pero fugaz, sin que exista nada más por lo que se le recuerde al siguiente instante. Así sucede con esta película, donde Abrams intenta abarcar todo y nos deja sin nada. Tu ensayo invita a hacerse más preguntas ¿Qué ocurrirá con los narradores? ¿Qué será de aquellos que aman las historias?

  3. Espero que esto de la postnarrativa no se poga de moda… ¿o ya lo está?

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