La atalaya

El sexo empezó a tratarse con cierta normalidad en la literatura fantástica hacia mediados de los años sesenta, y con él, poco a poco, comenzaron a darse ejemplos de relaciones no heteronormativas, de la mano de autores como Ursula K. Le Guin (“La mano izquierda de la oscuridad“), Joanna Russ (“El hombre hembra“), Samuel R. Delany (“Babel-17“), así como autores abiertamente declarados homosexuales (como los dos últimos y, por ejemplo, Thomas M. Disch).

La aceptación no siempre resultaba inmediata, pero iban haciéndose avances (patentes sobre todo en la ciencia ficción feminista de segunda ola). Eso sí, esa normalización no avanzaba al mismo ritmo en todos lo géneros. Más conservadoras por naturaleza, tanto la fantasía como el terror se sumaron con cierto retraso a esta revolución, y una importante figura de este proceso, por lo que respecta a la primera, es la escritora Elizabeth A. Lynn, ganadora del Premio Mundial de Fantasía de 1980 por “La atalaya” (“Watchtower”, 1979).

Se trata del primero de los tres libros que conforman las Crónicas de Tornor, un terceto que comparte escenario aunque no personajes, siendo cada uno de los títulos independientes (al primero le siguen “The dancers of Arun”, también finalista aquel mismo año del Premio Mundial de Fantasía, y “The northern girl”, de 1980). Al contrario que en muchas de las novelas de ciencia ficción a las que aludía, la sexualidad de los personajes no es un elemento central en la historia (ni mucho menos aquel en torno al cual gira), sino simplemente una parte integral del escenario, que dibuja una sociedad en la que ese tipo de relaciones no solo están permitidas, sino que se aceptan sin mayores cuestionamientos (lo que lleva también a la representaciones de personajes homosexuales positivos, algo igualmente pionero en el ámbito de la fantasía).

Claro que eso, por si solo, no basta, y la novela presenta otras peculiaridades que resultan, de hecho, más significativas (aunque quizás menos influyentes, por la evolución inmediatamente posterior del género), pues en el conflicto que escenifica entre un pequeño ejercito sureño y las fortalezas del norte el bien y el mal no están claramente definidos, y dependen más del bando que te haya tocado en suerte que de ninguna cualidad intrínseca de los personajes, pues todos ellos obran con propósitos que si bien pueden ser egoístas, no pueden calificarse objetivamente como buenos o malos. La tierra es dura, y más tan al norte, y exige a veces crueldad, a veces compasión, otras… el camino no está tan claro.

El protagonista principal es Ryke, uno de los tres oficiales de la fortaleza de Tornor que acaba de caer en manos del caudillo Col Istor. Su vida le es perdonada a condición de que jure lealtad a los nuevos amos, con el bienestar del príncipe heredero de Tornor, al que transforman en bufón, como garantía de buen comportamiento. Al cabo de cierto tiempo, sin embargo, la llegada de unos mensajeros (supuestamente hermafroditas), ofrece a Ryke y el príncipe Errel la oportunidad de huir, que no dudan en aprovechar, siendo guiados a un valle secreto del sur donde otro líder llamado Van a organizado una suerte de comunidad independiente de granjeros-guerreros (con un arte marcial por él inventado, que guarda similitudes con el aikido).

El elemento fantástico en sentido estricto brilla casi por su ausencia (totalmente, si decidimos no conceder crédito a un sistema de adivinación similar al tarot), quedando su adscripción al género supeditada al esbozo de un mundo secundario apropiado para expresar ideas como la de la aceptación de las relaciones homosexuales o también la subversión (un poco más costosa) de los roles de género (que se manifiesta, por ejemplo, en una hermana de Errel, que huyó de la fortaleza de Tornor por no estar de acuerdo con el papel que tenía preasignado como mujer), así como otros desarrollos, como el de la aldea de Van, que no tienen parangón en nuestra historia medieval.

A lo largo de toda la novela se percibe una reprimida atracción homosexual de Ryke por Errel, que sublima a través de un enamoriscamiento por uno de los mensajeros (que resulta no ser hermafrodita, sino mujer, aunque entregada a su propia relación lésbica), al tiempo que la autora se esfuerza por borrar las diferencias entre sureños y norteños, revelando un origen común que elimina cualquier otra justificación para los ataques que no sean las ansias de conquista.

“La atalaya” es poco más que la descripción de una escaramuza en un mundo pseduomedieval. No hay grandes destinos en juego, ni profecías, ni héroes. Simplemente gente normal luchando por sobrevivir en un mundo duro y a menudo implacable. Su fuerte, radica en sus personajes, en general ricos y complejos, desde Errel, el príncipe que no desea serlo, pero que siente la necesidad de honrar a su pueblo, a Col Istor, el caudillo que desea conocer la historia de norte para poder no solo controlar, sino llegar a amar la tierra que ha conquistado. Casi cualquier personaje hacia el que nos volvamos presenta este tipo de matices, inusuales en un género, el de la fantasía épica, que solía ser mucho más simple y directo. Lamentablemente, ese “casi” es un “casi” muy grande, porque precisamente el personaje que resulta un muermazo que ronda no sé si el malcrío o la idiotez congenita es el principal, Ryke.

Si existe una novela echada a perder por su protagonista (y foco narrativo), esa es sin duda “La atalaya”. No es solo que no sea creíble como oficial de ejército alguno, es que parece vivir en un mundo distinto al de todos los demás, hasta el punto de que suelto por Tornor parece harto improbable que pudiera durar más de unos días. Ante esta circunstancia, el que los elementos no terminen de engranar y ni el pseudoaikido ni el pseudotarot, por ejemplo, lleguen a alcanzar más relevancia que un par de adornos curiosos resulta poco menos que anecdótico. Leer esta novela es pelear de continuo con las ganas de abofetear a su protagonista y dejarlo abandonado para prestar atención a cualquier otro… y eso es una mochila muy pesada con la que cargar.

Cuarenta años después de su escritura, con sus elementos novedosos superados ampliamente por la evolución del género, la verdad es que queda poco en “La atalaya” que pueda recomendarse sin reservas, lo cual explica quizás el que la trilogía no haya terminado de traducirse al español (tampoco ayuda la crisis creativa en la que entró la autora al poco de concluir estos libros, que provocó el que su producción posterior sea poco abundante o significativa).

Otras opiniones:

~ por Sergio en noviembre 17, 2019.

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