Ciencia ficción feminista de segunda ola

Hace dos años y medio dediqué una entrada al feminismo utópico de primera ola en la ciencia ficción, cuyas contribuciones al género fueron abundantes en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Al final del mismo os emplazaba para una nueva entrada sobre la ciencia ficción asociada al feminismo de segunda ola (años sesenta y setenta principalmente), un movimiento mucho más conocido, que contribuyó decisivamente a abrir el género a una participación femenina que durante todas aquellas décadas de crecimiento y maduración había sido marginal.

¿Cuán marginal? Bueno, hay estudios al respecto. Eric Leif Davin apunta en “Partners in wonder: Women and the birth of science fiction” que entre 1920 y 1960 unas 2o0 autoras (que se sepa) participaron con alrededor de 1.000 historias en las revistas de ciencia ficción, lo que supone entre un 10 y un 15% del total de contribuciones a las mismas. Ante este panorama tan desolador, un vistazo superficial podría llevarnos a minusvalorar aún más su aportación; sesgo al que contribuye el que muchas de ellas firmaran sus obras con un seudónimo masculino, sólo con las siglas del nombre o bien con su auténtico nombre, siempre y cuando su adscripción a un género u otro resultara equívoca o ambigua.

Entre ellas tenemos a la primera mujer en firmar una novela pulp fantástica en los EE.UU., Gertrude Barrows Bennett, a.k.a. Francis Stevens (“La ciudadela del miedo“, “The heads of Cerberus”, “Claimed”…), que sólo estuvo activa entre 1918 y 1920 y sobre la que se llegó a especular que su seudónimo escondía en realidad a Abraham Merritt, el más famoso autor de la época. Entre las que emplearon las iniciales para esconder su sexo nos encontramos a C. (Catherine) L. (Lucille) Moore (“Jirel de Joiry“, las aventuras de Northwest Smith), quien tras desposar con Henry Kuttner y descubrir que sus colaboraciones las pagaban mejor si las firmaba exclusivamente él quedó a menudo oculta tras su nombre (por ejemplo, en la seminal obra sobre capacidad extrasensoriales “Mutante”, de 1953). Por  último, entre los apelativos ambiguos tenemos a Leigh Brackett (una auténtica maestra del planet opera, subgénero al que pertenece su novela más famosa, “La espada de Rhiannon”, muy activa en la década de los cuarenta y la primera mitad de los cincuenta, antes de decantarse por una más lucrativa carrera como guionista cinematográfica) o a Andre (Alice) Norton, conocida principalmente por su fantasía, aunque ésta venía revestida a menudo de ropajes fantacientíficos.

También hubo desde el principio, por supuesto, mujeres que firmaban como tales. La primera estadounidense fue Claire Winger Harris, activa entre 1926 y 1930, período durante el que publicó once relatos (y famosa por obtener un tercer puesto en 1927 en un concurso promovido por Amazing Stories), y aquel mismo 1926 la alemana Thea Von Harbou publicó la novelización de “Metrópolis” (cuyo guión ella misma había escrito para su marido Fritz Lang), seguida en 1928 por “La mujer en la Luna”. Otros nombres importantes, sobre todo a partir de 1950, podrían ser los de Miriam Allen deFord, Zenna Henderson, Katherine McLean o, sobre todo, Marion Zimmer Bradley (quien en 1958 dio inicio a su famosa serie de planet opera de Darkover).

A todo esto, llegamos a principios de los años sesenta, en plena efervescencia de los movimientos por los derechos civiles, cuyos dos frentes principales en los EE.UU. fueron los derechos políticos de las minorías raciales y el impulso de la igualdad entre sexos que caracterizó a la que vino a bautizarse como segunda ola del feminismo (subdividida a su vez en dos corrientes, la liberal y la radical, que en esencia siguen estando presentes). La ciencia ficción, como cualquier otra manifestación cultural, no podía quedarse al margen de todo ello (ya exploré someramente hace unos años el reflejo de los conflictos raciales en la ciencia ficción), y justo en esa época empieza a experimentarse un aumento progresivo de la presencia femenina en el género, con parte de estas nuevas autoras enfocando su obra total o parcialmente en el análisis de las relaciones entre sexos, la igualdad o incluso la preponderancia femenina.

Voy a destacar sobre todo tres casos. El primero es el de James Tiptree Jr., seudónimo masculino tras el que se escondió durante unos años Alice Bradley Sheldon, quien comenzó en 1968 a publicar relatos muy aclamados (como los recopilados en su antología (“A diez mil años luz“). Su razón para escoger un apelativo masculino es que estaba harta de hallarse toda la vida bajo el escrutinio de los focos por ser la primera mujer en campos como el análisis de inteligencia (con el ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y más tarde, durante un breve período, en la CIA). En cualquier caso, en parte por la importancia de las ideas feministas en buena parte de su obra, hubo durante años un serio debate en torno al posible sexo de la persona que se escondía detrás del seudónimo (con el consenso mayoritario de que era un hombre, postura fervientemente defendida, para su posterior bochorno, por figuras tan importantes como Robert Silverberg). En 1976 acabó descubriéndose su auténtica identidad, aunque siguió firmando su ciencia ficción, incluyendo sus dos únicas novelas (“En la cima del mundo” y “Brightness falls from the air”), como James Tiptree Jr.

Más que cualquier otra autora antes que ella, Alice Bradley Sheldon, firmando como James Tiptree Jr., contribuyó a demostrar que las diferencias percibidas entre la ciencia ficción masculina y la femenina eran sobre todo cuestión de preconcepciones; no algo inherente a la propia obra, sino impreso sobre ella por la mirada prejuiciada del lector. En 1991, un par de autoras, Pat Murphy (ganadora del Nebula por “La mujer que caía“) y Karen Joy Fowler, instauraron el premio James Tiptree Jr. Memorial para obras de fantasía o ciencia ficción que expandan o exploren el conocimiento del propio sexo.

Si hay, sin embargo, una mujer que rompió barreras, ésa es sin duda Ursula K. Le Guin, quien empezó a publicar profesionalmente, siempre con su verdadero nombre, en 1962, siendo su primera novela (primera también de su famoso Ciclo Hainish) “El mundo de Rocannon” (1966). Fundamentadas en la antropología, el taoísmo, el ecologismo y el feminismo, sus novelas no sólo se probaron extraordinariamente populares, sino que abrieron toda una perspectiva nueva dentro de la ciencia ficción, lo que le valió ser la primera mujer premiada en los tres grandes premios del género fantástico, tanto el Hugo como el Nebula por la extraordinaria “La mano izquierda de la oscuridad” (1969, especulando sobre una civilización de individuos que alternan entre los dos sexos) y el Locus (que empezó a concederse en 1971) por “La rueda del cielo” (1972).

Algo que ejemplifica, mejor que cualquier análisis que pueda realizar, hasta qué punto las convenciones del género, fosilizadas por medio siglo de predominio masculino, resultaban difíciles de superar es el hecho de que la propia Le Guin se vio atrapada por algo que en crítica feminista cinematográfica se bautizó como “la mirada masculina”, es decir (entre otras consideraciones), la asumción de la perspectiva de un hombre, incluso para explorar cuestiones feministas. Así, quitando de “Las tumbas de Atuan” (que no deja de presentar caracterizaciones problemáticas), el protagonismo de sus obras corrió al cargo de hombres hasta 1978, año en que, habiendo cobrado consciencia de tal circunstancia, publicó “El ojo de la garza” (siendo a partir de entonces mayoritario el protagonismo femenino).

El tercer gran nombre que me gustaría destacar es el de Joanna Russ, la más activivista de entre todas las autoras feministas de ciencia ficción (reconocida, de hecho, como la gran impulsora del estudio del feminismo en el género). Sus posicionamientos extremos la convirtieron en un personaje tan prestigioso como controvertido, con una obra no excesivamente extensa aunque sí muy influyente (y polémica), de entre la que podría destacar el relato “Cuando las cosas cambiaron” (1972, ganador del premio Nebula) o la novela “El hombre hembra” (publicada en 1975, aunque escrita en 1970). Al reconocerse abierta y públicamente lesbiana, su obra supone además un importante hito en la plasmación de la diversidad sexual en la literatura fantástica. A partir de 1983, con la publicación de “How to suppress woman’s writing”, su labor se decantó más por la crítica literaria, con varias recopilaciones de artículos entre los que destaca “To write like a woman” (1995).

Estas tres mujeres no estuvieron ni mucho menos solas, y los principales premios fantásticos de la década de 1970 se hicieron eco de este movimiento, con el ansiado triplete de Hugo, Nebula y Locus para Ursula K. Le Guin por “Los desposeídos” (1974, más centrada quizás en examinar cuestiones políticas), un premio Hugo y un Locus para Kate Wilhelm por “Donde solían cantar los dulces pájaros” (1976; con nominaciones al Nebula también para “Margaret and I” de 1971 y “Juniper time” de 1979), de nuevo triplete para Vonda McIntyre por “Serpiente del sueño” (1978; y ya había sido candidata al Nebula con “The exile waiting”) y por último Hugo y Locus para Joan D. Vinge por “Reina de la nieve” (1980). Os recuerdo que hasta 1970 ninguna mujer había ganado el premio Hugo (el único existente, desde 1953) y, de hecho, en novela sólo tres mujeres habían cosechado una nominación (Leigh Brackett en 1956 por “The long tomorrow”, Marion Zimmer Bradley en 1963 por “La espada de Aldones” y Andre Norton en 1964 por “Mundo de brujas”). Definitivamente, 1970 fue el año en que todo cambió (desde entonces, el reparto de los premios Hugo y Nebula ha sido aproximadamente equitativo entre hombres y mujeres, aunque aún hubieron de pasar varios años para que el número total de finalistas se igualara).

Otros títulos importantes podrían ser la utopía “Woman on the edge of time” (1976), de Marge Piercy, o “Parentesco”, de Octavia Butler (1979; obra fundacional también del afrofuturismo), mientras que numerosas autoras, quizás no tan específicamente centradas en los elementos feministas (aunque sin duda más que bien dispuestas a otorgar a sus personajes femeninos papeles que hasta la fecha les habían estado vedados), empezaron a ganar popularidad y a conquistar apoyo crítico. Entre ellas se contarían Anne McCaffrey (autora de la serie de los dragones de Pern), C. J. Cherryh (con la saga de space opera de la Unión-Alianza, que le depararía dos premios Hugo en los ochenta para “La estación Downbelow” y “Cyteen“), Tanith Lee (más inclinada hacia la science-fantasy o, directamente, la fantasía) o Lisa Tuttle.

En los ochenta, y sobre todo los noventa, tanto el feminismo como la ciencia ficción con elementos feministas seguirían con su evolución entrelazada, adentrándose ya en el terreno del feminismo de tercera ola (cuyo reflejo no resulta ya tan evidente, o quizás tan reivindicativo, aunque sigue siendo profundo; quedando de manifiesto sobre todo en la aproximación a los personajes femeninos de autoras tales como Connie Willis, Lois McMaster Bujold, Catherine Asharo, Julian May o Nalo Hopkinson… por no hablar de las posturas más “revolucionarias” de autoras más contemporáneas como Ada Palmer, Nnedi Okorafor, Ann Leckie, Kameron Hurley o N.K. Jemisin). En una posición intermedia, tendríamos, por ejemplo, a Margaret Atwood con la distopía “El cuento de la criada” (1985), que podría entenderse (y así se ha hecho en numerosos estudios) como una reflexión crítica en torno al feminismo de segunda ola. Aún hubo, sin embargo, aportaciones que podríamos tildar de tardías al movimiento, entre las que destacaría prácticamente toda la obra de Sheri S. Tepper, con novelas como “Puerta al país de las mujeres” (1988), “La bella durmiente” (1990), “El árbol familiar” (1997) o incluso “Las siete Margarets” (2007).

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~ por Sergio en marzo 8, 2018.

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