La isla del día de antes

Hace unos días, el pasado 19 de febrero, fallecía Umberto Eco, tras años de lucha contra un cáncer. Escritor, filósofo, semiólogo… una de las mentes más lúcidas de nuestros tiempos. Aunque era autor de una extensísima actividad ensayística, en los campos de la semiótica, la lingüística, la estética y la moral, era principalmente conocido por su actividad literaria (que a buen seguro ocupaba una posición secundaria en sus intereses), que inició a un edad relativamente tardía con la publicación en 1980 de “El nombre de la rosa”.

Esta novela de intriga medieval, escrita con un estilo denso y culto y repleta de digresiones en latín y reflexiones sobre los temas más variopintos (como las herejías que menudeaban durante el siglo XIV por Europa), se convirtió contra todo pronóstico en un bestseller internacional, que consagró instantáneamente a Eco como el autor de masas más atípico que posiblemente haya existido jamás. Sin volver a alcanzar nunca el éxito de su opera prima, cada una de sus seis novelas posteriores (a razón de una cada poco menos de seis años) alcanzó el estatus de acontecimiento literario (aunque posiblemente fueron compradas por mucha más gente de la que las leyó), logrando a la postre conformar un corpus literario diverso aunque extraordinariamente coherente, tan exigente a veces como satisfactorio a la postre para quienes estuvieran dispuestos a entrar en su juego.

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Tras “El nombre de la rosa”, pareció empeñado en sacudirse de encima la etiqueta de escritor de bestsellers, publicando sendas obras a cual más densa y exigente: “El péndulo de Foucalt” (que comenté allá por los inicios del blog, cuando aún no escribía reseñas) en 1988 y “La isla del día de antes” en 1994. No conseguido ese propósito (si en verdad propósito era), el año 2000 publicó la que quizás sea su novela más accesible, la divertidísima “Baudolino” (no es que “El péndulo de Foucalt” no sea divertida… pero sí que es verdad que no todo el mundo le pilla la gracia), a la que siguieron “La misteriosa llama de la reina Loana” (2004), “El cementerio de Praga” (2010) y “Número cero” el año pasado.

Por desgracia, ya no disfrutaremos de nuevas novelas de Umberto Eco (me quedo con las ganas de esa historia en torno a la teosofía y el resto de religiones reveladas que proliferaron a finales del siglo XIX y principios del XX, que por afinidad temática y filosófica anhealaba que algún día nos regalara). También se nos ha ido uno de esos puentes imprescindibles entre la alta cultura y la cultura popular, capaz de tratar a la segunda con la misma atención y seriedad que a la primera (sin esa condescendencia un poco snob que a veces destila el posmodernismo). A título personal, seguí con profundo interés las pesquisas de fray Guillermo de Baskerville, disfruté como un enano de “El péndulo de Foucalt”, me divertí con las mentiras de Baudolino y me maravillé con la meticulosa construcción de la tesis de “El cementerio de Praga”. Sirva pues esta reseña a modo de homenaje al que era mi escritor favorito.

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“La isla del día de antes” (“L’isola del giorno prima”) es una novela exigente ya desde su propio estilo, a imitación (que no exactamente recreación) de la escritura del siglo XVII en que se ambienta (todo un desafío de traducción, acometido con éxito por Helena Lozano Miralles). A esta densidad léxicográfica se le añaden varias capas interpuestas entre el lector y los hechos, reconstruidos por un historiador anónimo (aunque a menudo  injerente) a partir de las notas inconexas dejadas por el protagonista, Roberto de la Grive, durante su estancia como náufrago a bordo de un navío fondeado a escasa distancia de un isla austral, identificada en su imaginación como una de las por entonces míticas islas Salomón, justo en el límite del meridiano 180 (con respecto a la isla de Hierro).

A través de estas notas (o, mejor dicho, de su reinterpretación) sabemos de lo que le ha acontecido hasta aquel momento (verano de 1643), empezando por su participación, casi a modo de rito de paso, en el asedio de Casal (Casale) durante de la Guerra de Sucesión de Mantua (un episodio de la Guerra de los Treinta Años), así como sus vivencias a bordo del derrelicto, el Daphne, todo ello imbricado en un discurso en el que se entremezclan disquisiciones metafísicas, costumbrismo barroco, protociencia, religión y retrato psicológico. Este marco conceptual (o excusa argumental), le sirve a Eco para abordar una infinidad de temas, de un modo aparentemente inconexo, tan pronto hablando de la carrera por el secreto de la medición de la longitud, como del valor de la metáfora, de la forma de comportarse del caballero o del espía, de cosmología y teología, de poesía y novela…

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Glosar todos sus temas, y las múltiples ramificaciones de éstos, ocuparía páginas y más páginas de un voluminoso libro de ensayo, y dado que la interpretación no resulta evidente, es muy posible que, al igual que ocurre con cualquier gran obra de arte, importe tanto lo que añade el crítico como lo que se haya implícito en el texto. Me limitaré pues a comentar una posible interpretación, la que por conocimientos e inclinaciones más atractiva me resulta. Soy consciente de que este proceder me obligará a dejar de lado gran parte de la riqueza del texto, pero tampoco aspiro más que a incitar a que cada cual aborde su propia lectura y elabore a partir de ella sus propias interpretaciones.

Así pues, mi punto de anclaje, el enfoque que me permite iniciar la tarea de análisis, parte de una interpretación específica del título de la novela. Internamente, hace referencia a una percepción particular de Roberto, que hace pasar el meridiano 180 precisamente entre su barco y la isla, que se encuentra pues no sólo en un huso horario diferente, sino de hecho en un día distinto, el ayer de su presente. De igual modo, no pude dejar de notar cómo las ideas que se abordan en la novela, no se corresponden exactamente con la fecha en que se ambienta, sino que en su mayor parte constituyen el anticipo de lo que está por llegar.

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Pongamos por caso la ciencia. Aunque las reflexiones científicas en “La isla del día de antes” poseen esa mixtura entre magia y pensamiento racional tan propia del siglo XVII (y sí, el sistema de los polvos de simpatía y el perro herido para llevar control de la longitud fue verdaderamente propuesto por aquellas fechas), la verdad es que las reflexiones de Roberto, con una perspectiva que es al mismo tiempo completamente crédula y fundamentalmente escéptica, anticipan más bien el un poco posterior pensamiento ilustrado (e incluso conceptos muy posteriores, difícilmente imaginables en su contexto).

Pongamos por caso “La pluralidad de los mundos habitados”. Lo cierto es que era un concepto, el de la existencia de otros planetas como la Tierra, con la potencialidad de albergar vida como la terrestre, que empezaba a debatirse en los círculos intelectuales franceses. Eso sí, su máxima popularidad no se alcanzó hasta 1686, con la publicación de “Entretiens sur la pluralité des mondes” de Bernard Le Bovier de Fontenelle. Este concepto ataca además la visión de un universo geocéntrico, con múltiples derivaciones teológicas, tal y como se muestra en el intercambio entre Roberto y su compañero en naufragio, el padre (jesuita) Caspar, no sólo defensor a ultranza del heliocentrismo, sino empeñado también en descubrir la prueba geológica del diluvio universal. Pero no acaba ahí la cosa. Las reflexiones desprejuiciadas de Roberto le llevan incluso a imaginar, a partir de todo esto, conceptos que no están alejados de ideas modernas como los universos paralelos (e incluso algo muy parecido al modo en que un hombre del siglo XVII podría concebir teorías tan avanzadas como la de cuerdas).

Lo importante de todo ello es que Eco se cuida mucho de que todas las reflexiones sean, si bien inverosímiles, sí posibles dentro del marco conceptual protoilustrado (con referencia implícita incluida al “Somnium” de Kepler).

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De igual modo, la historia de Roberto pone su punto de mira en el cambio del feudalismo guerrero de raíces medievales a la intriga cortesana de los estados modernos que se empezaban a configurar por aquel entonces, en la basculación del predominio desde los habsburgo a los borbones (y el inicio de la hegemonía francesa en Europa), en la metáfora como instrumento para abrir nuevos caminos conceptuales en el lenguaje, en el nacimiento del espionaje de estado (de la mano del cardenal Richelieu) e incluso, en un discurso metaliterario, en los mecanismos y posibilidades de la novela como género literario (teniendo en cuenta que la novela moderna nació precisamente en el siglo XVII).

De nuevo, la imaginación de Roberto se adelanta a su tiempo, inventado intrigas con ¿preminiscencias? de Alejandro Dumas (“Los tres mosqueteros” o la historia del hombre de la máscara de hierro, ambas ambientadas más o menos en los mismos años que la novela), de Victor Hugo (“Nuestra Señora de París”) o de Jonathan Swift (“Los viajes de Gulliver”), anticipándose a Robert Louis Stevenson (el auténtico Tusitala) y reflexionando sobre ese misterioso País de las Novelas, que permite darle un sentido a la vida y ocurrencias de los personajes, que normalmente la vida misma no proporciona.

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Y he llegado hasta aquí sin haber mencionado siquiera a Ferrante, el hermano imaginario de Roberto, su alter ego, su sosias, el fruto de su mente, actor vicario de sus deseos más recónditos y oscuros, receptor de sus culpas, y muy posiblemente antecesor intelectual directo del capitán Simonini y su propio alter ego, el abate Dalla Piccola, de “El cementerio de Praga”; a la Señora, objetivo un tanto etéreo de sus anhelos amorosos; o haber descrito en detalle las peculiaridades del Daphne o de la propia isla y su arrecife coralino…

“La isla del día de antes”, como apuntaba, es una obra demasiado densa, demasiado cuajada de ideas, referencias y reflexiones, para poder ser abarcada en una humilde reseña. Baste lo escrito, sin embargo, para recomendar sin ambages su lectura, que si bien resulta exigente, esa pequeña dificultad no es sino el pequeño precio a pagar por un viaje fascinante hacia las raíces conceptuales de la Ilustración, que no son sino nuestras propias raíces.

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Umberto Eco (5 de enero de 1932 – 19 de febrero de 2016)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en marzo 1, 2016.

4 comentarios to “La isla del día de antes”

  1. La verdad es que es siempre un placer leerte. Yo recuerdo comprarme el libro e intentarlo un par de veces, pero ese lenguaje me terminaba haciendo abandonar la lectura. De lo que citas de la novela, la idea de los diversos mundos fue popularizada por Leibniz con la hipótesis de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, propuesta para intentar salvar el libre albedrío en un universo mecanicista. Y que con gran acierto ridiculizó Voltaire en su magnífico Cándido.

    • He de confesar que a mí también me pasó. Lo compré originalmente hace más de seis años, y en aquel momento resultó ser una lectura demasiado densa (no recuerdo los detalles específicos, pero lo que el cuerpo me pedía era algo ligerito). Así que lo dejé, esperando mejor ocasión; y unas cosas llevaron a otras, y a otras… hasta ahora, que lo he retomado impelido por el peor motivo posible (y me ha parecido mucho menos duro de lo que recordaba).

      Lo de los diversos mundos es un poco anterior a Leibniz, y es una idea muy francesa, muy propia de la Ilustración (aunque luego pueda tomarse para justificar cualquier cosa). Teológicamente, el principal dilema que plantea es el problema de la existencia de humanidades no adamitas, que no han incurrido por tanto en el pecado original y que podrían no haber requerido un Redentor. Marcó buena parte de su ciencia ficción temprana (con Camille Flammarion a la cabeza).

  2. Interesante idea. ¿Algún libro concreto que se trate ese tema de la ausencia del adanismo?

    • ¡Uf! A saber. Es un argumento de Roberto para con el padre Caspar, y me suena haber leído algo parecido investigando el espiritismo francés (que situaba el Cielo, el Infierno y el Purgatorio en otros mundos).

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