El cementerio de Praga

Porque no sólo de fantástico se alimenta (debe alimentarse) el lector, y para superar el pequeño bloqueo en que he caído, voy a permitirme romper puntualmente la orientación del blog y recomendar la última novela de uno de mis escritores favoritos: Umberto Eco.

“El cementerio de Praga” (Il cimitero de Praga) fue publicado en 2010, seis años después de su anterior novela (“La misteriosa llama de la reina Loana”), y fue anunciada como su obra más accesible desde “El nombre de la rosa” (con la clara intención de replicar, al menos en parte, su éxito comercial). Lo cierto es que superficialmente no le faltan atractivos. Se trata de una novela histórica de intriga, que funciona casi como un relato de espías, con la diferencia de que en vez de seguir las peripecias de un agente de campo como James Bond, se centra en el trabajo de quien le prepara los documentos falsos en la sección Q del MI6 (y que por azares del destino se ve involucrado en casi todos los grandes acontecimientos políticos europeos de la segunda mitad del siglo XIX).

Claro que es un libro de Umberto Eco, así que en realidad nos ofrece capa sobre capa de sublecturas, a cual más fascinante y significativa, deviniendo la intriga en un apropiado vehículo para la exploración de la génesis de uno de los fenómenos con mayor impacto en la Europa de la primera mitad del siglo XX: el auge del antisemitismo.

El protagonista, único personaje inventado, según declaración del autor, es Simone Simonini, un notario piamontés especializado en la falsicación de documentos, cuya habilidad le hace caer repetidamente en las redes de los servicios secretos de toda Europa, para quienes crea documentos, inventa conspiraciones, las apoya con “pruebas” irrefutables y luego las va retocando a instancias de los intereses de unos y otros. Tras un breve (y no del todo satisfactorio) período como agente de campo infiltrado en el ejército de Garibaldi durante el risorgimento (momento en que inventa la personalidad del Abate della Piccola), acaba deportado en París, donde pronto se hace un nombre (secreto) entre las fuerzas revolucionarias y contrarrevolucionarias del convulso estado.

El resultado de todo este proceso es la publicación en 1902 de los Protocolos de los Sabios de Sion, un libelo antisemita empleado por los servicios secretos del zar Nicolás II para desacreditar a masones, comunistas y otros reformadores, al tiempo que destacaban a la comunidad judía como cabeza de turco ideal para descargar sobre ella (en vez de sobre los gobernantes) la ira del pueblo. Más allá de este uso, los Protocolos  constituyen el fundamento filosófico sobre el que se asienta el Holocausto, así como infinidad de conspiraciones antisemitas, como la obsesión franquista por las confabulaciones judeo-masónicas.

Eco rastrea las fuentes de este documento, una de las falsificaciones más famosas (e influyentes) de la historia, por la conflictiva historia de la Europa decimonónica, utilizando a Simonini (una falsificación en sí mismo) como artificio narrativo, identificando en él la labor de quizás decenas de “artesanos” del infundio, y a una escala mayor haciendo de él la encarnación de la zona oscura del espíritu humano que alimenta la xenofobia, se recrea en el odio y la mentira y descarga en los demás las razones de nuestros fracasos.

Así pues, el libro se remonta a 1806 para marcar la inclusión de los judíos en las teorías conspirativas, a través de un carta firmada por un tal capitán Simonini (el abuelo de Simone en la novela) que apunta al abad jesuíta Agustin Barruel, autor de “Memorias ilustrando la historia del jacobismo” (que achacaba la Revolución Francesa a las maquinaciones de masones, illuminati y templarios), la indudable participación en el complot de los maquiavélicos hebreos (todo ello, posiblemente, un complot para predisponer a Napoleón en contra de los judíos). A partir de ahí, realiza toda una labor de ingeniería (literaria) inversa, para identificar e integrar el resto de fuentes, como la sátira política “Diálogo entre Maquiaveo y Montesquieu en los infiernos”, de Maurice Joly, 1864, o incluso el folletín de Alexandre Dumas padre “José Bálsamo”, de 1846).

Esta labor, aun fascinante en sí misma, se ve superada por el más sutil examen de los motivos subyacentes que impulsan cada paso, y que abarcan desde intereses políticos (como herramienta en las luchas de poder durante las prostrimerías del imperio de Napoleón III, la Comuna de París y las primeras décadas de la Tercera República) y religiosos (siendo sucesivamente marcados como co-conspiradores los jesuítas, los francmasones y los satanistas… relacionados por supuesto con los masones) a pura y simple xenofobia y antisemitismo (personalizada en Simonini, aunque relativamente abundante en la época). Curiosamente, Simonini, siendo un importante activo para cada régimen, sortea los vaivenes de la fortuna sin casi inmutarse, pues todo el que alcanza el poder precisa de sus habilidades, y nada hay más sencillo que cambiar A por B, jesuita por masón, illuminati por comunista y seguir explotando el odio y la mentira.

En el proceso, el autor encuentra espacio para reflexionar sobre la tendencia humana a conceder mayor credibilidad a una conjura cuanto más exagerada e inverosímil parezca y a aceptar con facilidad cualquier cabeza de turco en la que descargar frustraciones, al tiempo que desvela los entresijos de algunas de las estafas y falsificaciones más importantes de la época, como el Caso Dreyfus (antisemita) o el bulo de Taxil (antimasónico), todo ello entrelazado, con habilidad de relojero, en una supertrama cuyo núcelo es Simonini (lo cual es terrible, pues todos escondemos en nuestro interior un Simonini).

Dentro de la obra de Umberto Eco, es posible apreciar en “El cementerio de Praga” huellas de sus novelas precedentes, desde el examen de la memoria (y el olvido) de “La misteriosa llama de la reina Loana” hasta las conspiraciones secretas de “El péndulo de Foucalt” (que nadie se me asuste, por favor, que no entra en el mismo grado de detalle… aunque a mí no me hubiera molestado nada, que el péndulo es uno de los libros que más he disfrutado), pasando por el narrador mentiroso de “Baudolino” (aunque no puede haber más diferencias entre las farsas bienintencionadas de Baudolino y la maldad egoísta de Simonini).

“El cementerio de Praga” es una novela tan fascinante como imprescindible, y tan imprescindible como malinterpretada (ha llegado a ser acusada de fomentar el antisemitismo publicitando las mentiras en que se basa… como si los detractores tuvieran problemas en comprender que precisamente lo que hace es desnudar esas mentiras). No es un panorama alentador. Si hay quienes tienen problemas para seguir el razonamiento cuando te están diciendo por activa y por pasiva que todo es una inmensa falsificación, cuando el protagonista es un compedio de defectos entre los cuales el antisemitismo exacerbado es uno de los más desproporcionados, cuando te diseccionan un texto como “Los protocolos de los sabios de Sion”, que aun hoy es posible encontrar referenciado como un documento verídido, hasta sacar a la luz su verdadera naturaleza propagandística y sus orígenes bastardos, cuando en definitiva te muestran la tramoya y hay quienes prefieren ceñirse a la función de marionetas y se niegan a profundizar más… todo ello no arroja demasiadas esperanzas sobre que esa misma población vaya a dejar de ser tan influenciable y tan acrítica como sus antepasados de hace ciento y pico de años.

El mundo sigue lleno de Simoninis… y sobre todo de poderosos dispuestos a contratar su servicios.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en noviembre 24, 2012.

6 comentarios to “El cementerio de Praga”

  1. Yo hacía años que no leía algo tan bueno. Los ejercicios especulares sobre al identidad, el desdoblamiento mental de Simoni, le dan una gracia muy especial, diría que posmoderna, por la fragmentación temporal del relato. Luego está una cuidadosisima puesta en escena, donde no pasa aquello tan típico de que la información de contexto termina por ahogar el ritmo lector. Es todo un ejercico de maestría, este libro. Una reconstrucción genial del XIX.

    Abundar en lo lamentable de algunas críticas vertidas al libro. Desde Benedicto XVI a colectivos sionistas y antisionists (curioso). Colgué en Vida Sexual de una IA (y así me promociono, espero que no te importe :) una crítica bajo el título, Eco un Masón al Descubierto…. Donde jugaba con la mixtificación de la mixtificación. A la web llegaron todo tipo de búsquedas del tipo, judios que hunden la economía, masones que controlan el mundo, conspiración judia contra los cristianos.. Etc… Quiero decir que la superchería sigue bien viva en nuestros días, que hay como una tendencia permanente a recurrir al chivo expiatorio… En fín… Gracias por la crítica. Muy buena.

    • La crítica negativa de L’Osservatore Romano, en mi opinión, obedece más a que el libro implica a los jesuitas en el fraude que a cualquier genuino temor a que el libro pudiera instigar el antisemitismo que en realidad desautoriza. Son otras las críticas que me dejan perplejo (como una que no para de compararlo, sin ir de coña, con Dan Brown, u otra en The Guardian que lo califica de “cheap literaturate” y lo acusa de banalizar el tema que examina).

      Parece casi como si estuviera prohibido que un libro tratara sobre mucho más que sobre el nivel más superficial de su trama.

      En el fondo, “El cementerio de Praga” ni siquiera versa sobre el antisemitismo, sino directamente sobre los mecanismos que propician el que pueda eludirse la responsabilidad personal dirigiendo el odio hacia cualquier inconcreta confabulación externa.

      (Claro que no me molesta la autopromoción cuando es tan pertinente)

  2. Gracias por la recomendación, Sergio. Como recordarás, Eco ya se había ocupado de hacer una cronología sobre la construcción de la superchería antisemita en torno de “Los protocolos de los sabios de Sión” en sus “Seis paseos por los bosques narrativos” [ed. Lumen, Barcelona, 1996, págs. 145-154], donde, curiosamente, da por real al tal Simonini: “El libro de Barruel [«Mémoires pour servir à l’histoire du jacobisme”] no contenía referencia alguna a los judíos. Pero en 1806 Barruel recibe una carta de un tal capitán Simonini que le recordaba que manes y el Viejo de la Montaña (notoriamente aliados a los Templarios originales) eran también ellos judíos, que la masonería había sido fundada por judíos, y que los judíos se habían infiltrado en todas las sociedades secretas” (pág. 147). Supongo que hay más de un borgesianismo detrás de toda esta operación que Eco hace.

    • Es que ese capitán Simonini es real (o al menos la firma de la carta a Barruel lo es). Lo que hace Eco es inventarse su vida y a su nieto, que es el protagonista de la novela (supongo que no pudo resistirse a la ironía del nombre).

  3. Hace dos dias que un conocido mio me hablaba sin pestañear sobre una conspiración sionista culpable de la crisis y dominadora del mundo… y lo decía una persona presuntamente formada, un periodista en principio de izquierdas que no debe saber que el origen de este tipo de teorías está en los estamentos sociales más conservadores y contrarios al progreso… y lo triste es que este mensaje está calando entre la gente que confunde el pensamiento crítico con la desconfianza hacia las “teorías oficiales” sean éstas científicas, políticas o históricas. En fin, que se creen cualquier cosa que vaya contra lo oficial.

    • Cualquier cosa no. La tesis de Eco es precisamente que cuanto más exagerado, folletinístico y descabellado sea, más creíble resulta. En el fondo, no es más que la enésima iteración del poder (sea del signo que sea) buscando cabezas de turco para escapar a las consecuencias de sus actos.

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