Esta noche arderá el cielo

Voy a intentar algo muy difícil, que además supone pagar una deuda contraída hace alrededor de seis años, porque de 2013 es una novela que recibí por cortesía de Salto de Página y que, pillándome de lleno en el inicio de una tremenda crisis de confianza que estuvo a punto de acabar con el blog, nunca llegué a reseñar. Pero sí que pensé en la reseña. La tenía, de hecho, ya estructurada en mi cabeza, y creo que aún la tengo.

He decidido no releerla, sino echar mano a aquellos recuerdos y construir algo así como una reseña macerada. Los detalles, a buen seguro se habrán borrado de mi memoria, pero espero que lo que quede sea la esencia, lo fundamental de lo que quería comunicar. Sin más preámbulo, paso a contaros de “Esta noche arderá el cielo”, de Emilio Bueso.

Emilio llegaba de cosechar dos años consecutivos el premio Celsius, con sendas novelas publicadas igualmente en Salto de Página (“Diástole” y “Cenital“). Lejos de acomodarse, probó sin duda algo totalmente diferente, aunque bien es cierto que el estilo es una evolución directa del mostrado en las dos obras anteriores. Porque si algo ha terminado destacándose de esta novela es su problemática adscripción genérica. ¿Es fantasía? ¿Terror? ¿Ciencia ficción? ¿Thriller? ¿Incluso western… o northern crepuscular? Pues sí, todo ello y más. Un cóctel difícil de conjugar, de no ser por la Trans-Taiga.

Pero hablemos antes de los protagonistas. Tenemos a Mac y Perla, un par de moteros amigos (aunque Mac aspira a algo más), y también un par de perdedores redomados. Mac por naturaleza, Perla más o menos por elección. Ambos han decidido realizar juntos una ruta singular, la de la Trans-Taiga, una carretera de 666 kilómetros a través de los bosques canadienses que conduce literalmente a ninguna parte. Sin desvíos, sin paradas, casi sin curvas; el aislamiento y soledad hechos pista de grava. Mas no están solos esa jornada fatídica. Comparten vía, por ejemplo con un padre y su hijo, que buscan en la astronomía amateur una conexión íntima que los distraiga de las desconexiones de sus vidas, y también con un peculiar cuarteto de indios cree, cuyos negocios, en aquel extremo solitario del mundo, no parecen demasiado limpios.

666 kilómetros son muchos kilómetros, pero por su carencia de ramificaciones la Trans-Taiga prácticamente asegura que quienes la recorran van a terminar, antes o después, encontrándose; y eso ocurre, en la peor noche posible, una noche destinada a ver arder el cielo y durante la cual una avioneta tan legal como los indios se ha estrellado, liberando en la taiga canadiense su misterioso cargamento vivo. Y esto es solo el planteamiento, porque estos elementos, estos personajes, acaban enredados en una trama simple a tenor del número de elementos, pero tremendamente compleja por los cambios de tono, los encuentros casuales, las coincidencias poco menos que increíbles, mientras, como comentaba al principio, el libro salta alegremente de género en género, apuntando tan pronto a un techno-thriller como dejando sitio a la irrupción de un fantasma o a conflictos que no desentonarían en una novela negra (o, con otros ropajes, una película del oeste).

¿Es posible que todo esto, en especial cuando las coincidencias empiezan a alcanzar la categoría de auténticos milagros, se sostenga?

Pues sí. Tal y como había avanzado, gracias a la naturaleza de la Trans-Taiga.

En la Trans-Taiga no hay lugar para escabullirse. Bosques sin fin a ambos lados y solo dos direcciones en las que moverse, dos míseros grados de libertad que limitan las opciones y fuerzan una progresión única. Comenzar el viaje es una decisión consciente, pero una vez empezado, no hay más cojones que llegar hasta el final (y, una vez allí, no existe otra posibilidad que volver sobre los propios pasos). Mac, Perla, el padre y su hijo, los cree… todos están atrapados en una dinámica inexorable, en una broma pesada del azar, a la que el propio lector asiste como un rehén más de los acontecimientos, porque ya sabemos cómo va a terminar, sabemos que esa noche arderá el cielo, y solo nos resta ser testigos de cómo se van resolviendo las tramas humanas menores.

No es habitual encontrar un título expresado en futuro. Lo que suelen intentar vendernos los títulos es incertidumbre. Todo lo más, hacen uso de futuros condicionados, de la expresión de deseos o temores cuya concreción (o no) sustenta esa incertidumbre necesaria para mantener nuestro interés. “Esta noche arderá el cielo” no es de ese tipo. Lo que expresa es inexorabilidad, algo que ocurrirá sí o sí, y es esa inexorabilidad, unida al marco escénico de la carretera sin desvíos, de lo que se vale Emilio Bueso para forzar los límites de lo verosímil y saltar con despreocupación entre géneros. Son desarrollos que normalmente no funcionarían, que se percibirían como forzados en demasía, pero que en la Trans-Taiga, y en una noche en la que va a arder el cielo, devienen también por asociación en inevitables (siempre y cuando entres, claro está, en ese juego conceptual, lo cual supongo que constituye el principal escollo de la novela).

Esa es una de las grandes ironías de la novela: que conquista la libertad para desmelenarse por medio de restringir al máximo las opciones (aunque para ironía, lo que le depara la vida, que es una cabrona, a Mac).

“Esta noche arderá el cielo” no llegó a ser nominada al Celsius, pero sí fue finalista del premio Ignotus (que acabó ganado Eduardo Vaquerizo por “Memoria de tinieblas”).

Otra opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 23, 2019.

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