Extraños eones

Las obras de inspiración lovecraftiana suelen despertar cierta cautela en el lector potencial (a no ser que sea un fanático del tema). Demasiado a menudo nos encontramos con simples iteraciones, reflejos deslucidos (y anacrónicos) del original, sin la menor intención (o idea) de hacer evolucionar el prototipo. Con “Extraños eones”, la última novela de Emilio Bueso, no hay nada de eso. Más bien al contrario, se nos presenta una obra que con sus raíces bien asentadas en la mitología y filosofía del genio atormentado de Providence construye un relato contemporáneo, no sólo en ambientación, sino sobre todo en esencia.

La materia prima es clásica y reconocible, e incluso el enfoque despierta de inmediato ecos en nuestra memoria; pero los terrores, vergüenzas e injusticias que evoca son actuales, son los nuestros. Son, por ello, vigentes, terribles en su proximidad. No nos amenazan desde la noche arquetípica de los tiempos, sino desde la oscuridad agazapada unos pasos más allá de donde alcanzan las luces de nuestras ciudades.

Es ésta una forma extraña de comenzar una reseña. Casi como si lo hiciera por las conclusiones. No es fácil organizar las ideas para abordar la reseña de una novela de Emilio.

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“Extraños eones” se ambienta principalmente en El’Arafa, el mayor cementerio del planeta, y también uno de los más antiguos que sigue en uso. Y por uso no quiero decir sólo como lugar de enterramiento. En la Ciudad de los Muertos viven decenas de miles de cairotas, alberga más habitantes que muchas ciudades occidentales. Los hay que moran en mausoleos bien acondicionados, con electricidad incluso; otros se tienen que contentar con alguna tumba en ruinas, que ofrezca cuando menos un poco de refugio. Entre estos últimos se cuentan muchos de los homies de El Cairo, los niños de la calle, invisibles para las autoridades (salvo cuando toca perseguir un latrocinio), para los turistas (salvo como mendicante nota de color local durante las vacaciones), para el mundo en su conjunto. Son ellos los principales protagonistas de la historia.

Benipé es el jefe de la banda. Con dieciséis años y a punto de ser padre ya es casi adulto, además posee un empleo de verdad. Es limpiabotas. A su alrededor ha ido reuniendo a un grupo de heterogéneo de homies. Está Tata, la joven repudiada, su chica, en avanzado estado de embarazo; Islam, el más enganchado a esnifar pegamento, y fumar resina y consumir el estupefaciente al que pueda echar mano, del grupo; su trabajo consiste en separar basura en un vertedero; Khaldun, todo un virtuoso en el arte de encontrarse en el extremo receptor de desahogos muy contrarios a las palabras del profeta; el ladronzuelo Ibrahim, escurridizo como una anguila; y el niño copto Ideodaniach, que dos años después sigue buscando a la madre de la que se extravió, aunque a estas alturas ella ya no sería capaz de reconocer a su hijo tras la bruma que enturbia sus pupilas.

Pese a todo, siguen adelante, e incluso llegan por momentos a disfrutar de la vida. La mayor parte de ellos no han conocido otra. Les basta con un poco de comida con la que llenar el estómago y alguna sustancia química con la que vaciar la mente. Su existencia, siempre al borde del precipicio, se ve alterada cuando el extraño mausoleo nubio que se alza frente al suyo empieza a registrar la actividad de un extraño sacerdote negro, vestido con una chilaba también negra y escoltado por acólitos de características no completamente humanas. Pronto empiezan a escucharse en su interior salmodias, entonadas en un idioma muerto, y una inquietante música de flautas… y los niños de la calle del Cairo, los ignorados, los inexistentes, empiezan a desaparecer.

Emilio Bueso entreteje en “Extraños eones” la realidad (escondida, aunque sin mucho esfuerzo; tampoco hace falta ocultar en exceso aquello que queremos ignorar) de El Cairo, El’Arafa y los homies que los habitan con una de las versiones más tempranas de los mitos de Cthulhu, la desarrollada principalmente durante la fase onírica de Lovecraft, que dio forma (informe) a criaturas como Azazoth, el Sultán babeante, o Nyarlahotep, el Caos Reptante. La Tierra es un accidente, una mancha de orden en el tapiz anárquico, idiota, del cosmos. Una mancha que los agentes del caos están dispuestos a lavar, a través de rituales que ya eran antiguos cuando se erigieron las pirámides, tan pronto como las estrellas se encuentren en posición.

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Lo curioso es que sigue una senda que el propio Lovecraft abandonó. La que se prolonga desde la Ciudad del Sol Poniente, en “La búsqueda onírica de la desconocida Kadath”, tocando tangencialmente la R’lyeh de “La llamada de Cthulhu” e inspiraba “Azazoth”, la novela que nunca llegó a escribir (inspirada a su vez en el “Vathek” de William Beckford), y muchos de sus cuentos de los años veinte. A partir de 1928, Lovecraft empezó a transformar su mitología en ciencia ficción, sus dioses en alienígenas, y aunque muchos de sus imitadores se empeñaron en seguir tratándolos como entes sobrenaturales, con diversa fortuna, él mismo ya no volvió a explorar esas posibilidades.

Llega el 2014. Azazoth sigue royendo sus propios dientes en el abismo sin orden, su mente, si acaso tiene mente, no alberga propósito alguno. A los hombres ya no nos aterra el cosmos. Seguimos sin entender las paradojas relativistas, pero una segunda guerra mundial, todavía más terrible que la primera, y el bombardeo informativo constante de los informativos, de la CNN, de National Geographic, nos han inmunizado (o narcotizado) contra los horrores cercanos. ¿Cómo vamos, en tales condiciones, a estremecernos con abstractas comidas de tarro existencialistas?

Lovecraft fundamentó su terror en la noción de que los hombres somos insignificantes, menos que una mierda de mosquito en el conjunto de un universo ajeno e indiferente a nuestras miserias. Bueso aprieta más las tuercas, mostrándonos que además somos unos mierdas, por nuestra propia indiferencia ante nuestras propias miserias, y para ello recurre a una simbología anterior a la etapa que conocemos propiamente como los mitos de Cthulhu (apelativo que no agradaba demasiado a Lovecraft), una simbología, unos entes, que aún conservan la flexibilidad necesaria para adaptarse a las nuevas funciones que se les exigen, para avanzar por caminos aún no desbrozados, para recorrer sendas que no han sido pisoteadas una y mil veces.

No quisiera concluir la reseña sin hacer mención a otro aspecto importante de “Extraños eones”. Resulta habitual, cuando se sigue el modelo de Lovecraft, caer en la tentación de adoptar su recargado estilo. Es una declaración de intenciones clara y directa. Sí, la literatura (y dentro de ella la fantástica, y en su seno el terror) ha avanzado un poco desde entonces, y queda un tanto carca, pero ¡hey!, se supone que eso le da sabor.

No encontraréis servidumbre a ese recurso en “Extraños eones”. El estilo, es puro Bueso (los que hayáis leído sus últimas novelas sabréis perfectamente a lo que me refiero). Esa tercera persona (recurriendo en ocasiones la apelación en segunda persona), subjetiva, directa, un tanto beligerante (y sí, también de vez en cuando sentenciosa, aunque mucho menos que en “Cenital”, por ejemplo); esos juegos gramaticales, esas repeticiones de conceptos y estructuras… todo ello nos revela un escritor que no necesita imitar a un modelo para homenajearlo, que tiene su propia voz… y al que no le falla el aliento a la hora de emplearla.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en abril 9, 2015.

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