El hotel encantado

Wilkie Collins es considerado el padre de la novela de misterio inglesa, sobre todo por su trabajo durante la década de 1860, cuando publicó historias seminales en el género como “La dama de blanco”, “Armadale” o, sobre todo, “La piedra lunar” (considerada a menudo la primera novela de detectives en su idioma, aunque esa distinción podría otorgarse también a “Clara Vaughan”, de R. D. Blackmore, publicada cuatro años antes, en 1864). En general, Collins cultivaba el género de la sensation novel, una evolución de la novela gótica, por el camino de las historias de crímenes reales (Newgate novel), que acabaría desembocando en el thriller actual.

En los setenta, por influencia de autores como Charlotte Riddell (“La casa deshabitada“) o, sobre todo, Sheridan Le Fanu, empezaron a recuperarse algunos de los viejos elementos sobrenaturales, que habían estado mayoritariamente ausentes durante más de veinte años (tras un giro hacia el realismo en los penny dreadfuls, inspirado por la moda de los misterios de ciudad, que tan sólo había dejado a los fantasmas, confinados eso sí, salvo contadas excepciones, en el pequeño nicho de los cuentos navideños). Wilkie Collins, siempre atento a las modas, probó a sumarse a este renacimiento del cuento de terror (que pronto desembocaría en una edad dorada del género), con la novela corta “The haunted hotel: a mistery of modern Venice” (traducida tanto como “El hotel encantado”, “La casa encantada” o “El hotel de los horrores”).

En muchos sentidos, “El hotel encantado” representa un intento de recuperar los antiguos temas góticos y románticos, aunque sin olvidarse de la evolución experimentada por la literatura de suspense en las décadas intermedias. Así, en el corazón de la novela hay un misterio, el de la muerte de lord Montbarry, a manos quizás de su viuda, la condesa Narona, y el disoluto hermano de ésta, el barón de Rivar.

Wilkie Collins juega con los lectores, presentando de buenas a primeras a la principal sospechosa, carcomida aparentemente por un sentimiento premonitorio de culpa (la conocemos antes incluso de su polémica boda), para a continuación esforzarse denodadamente por exculparla con cada pesquisa efectuada (como la realizada por los investigadores del seguro de vida suscrito por el lord pocas semanas antes de su muerte debida a una bronquitis). Es imposible determinar si es una hábil estafadora, una cínica de primera o un alma sensible genuinamente atrapada en una situación que la ha superado y la ha destruido por completo.

La historia viene aderezada con todos los elementos clásicos del género gótico, desde los escenarios singulares (un viejo palacete veneciano, reconvertido más adelante en hotel de lujo) a las cuitas sentimentales de la clase alta británica, pasando por manifestaciones fantasmales que podrían o no ser experiencias meramente subjetivas, presagios funestos e insinuaciones de infidelidades e incesto (entre condesa y barón, que se hacen pasar por hermanos pero más bien podrían ser sólo amantes). El pack completo en poco más de un centenar de páginas, publicadas por entregas en la revista ilustrada Belgravia en 1878 y recopiladas posteriormente en formato de libro en 1879.

Al contrario que en novelas más modernas, la historia no se fundamenta tanto en la resolución del misterio por parte de algún personaje (el detective), como en el planteamiento de una situación imposible, sustentada en pistas confusas e información escamoteada al lector (con mayor o menor habilidad), cuyo secreto queda desvelado al final a través de una (especie de) confesión. Ciertamente, resulta un tanto forzado, tanto por lo que respecta a las coincidencias improbables como a decisiones aún más cuestionables (como montar una reunión familiar justo en el mismo edificio donde meses antes ha muerto el poco añorado, pero aun así pariente cercano (bien sea hermano o antiguo prometido), lord Montbarry, pero en su conjunto funciona, gracias posiblemente al aura sobrenatural que lo envuelve todo.

Eso sí, terror, lo que se dice, terror, poquito. Apenas una escena en toda la obra podría tildarse de terrorífica, y aunque ciertamente resulta efectiva, a la postre su relevancia es escasa y palidece en comparación con obras incluso anteriores, como “La casa y el cerebro” de Edward Bulwer-Lytton (1859).

Para cuando escribió “El hotel encantado”, la escritura de Wilkie Collins se encontraba en franco declive. Años de sufrir ataques crónicos de gota lo habían empujado a la dependencia del láudano y ello se percibe quizás en lo apresurado de la conclusión. Ello no quita que la idea de base sea intrigante, y que los distintos puntos de vista, así como estilos (incluyendo cartas e incluso una sinopsis teatral) se engarcen con habilidad en un todo con personalidad propia, que tal vez encierre más potencial del que finalmente se hace efectivo.

Particularmente efectivo es el personaje de la condensa, una figura ambigua, que por momentos se revela como un peón trágico en manos del destino, cuando no una mente criminal desprovista de cualquier vestigio de humanidad. Posiblemente no era la intención del autor, que suele optar más bien por pares de opuestos (la condesa y Agnes, el barón y Henry Westwick, el menor de los hermanos de lord Montbarry) pero esa bipolaridad, oscilando salvajemente entre la depravación y el arrepentimiento, hasta desembocar en la locura, es lo que finalmente redime toda la novela y nos permite aceptar personajes mucho más unidimensionales como Agnes, la imposiblemente afable prometida despreciada (y objetivo amoroso del inasequible al desaliento Henry). Quizás con otro enfoque hubiera podido constituir un análisis psicológico de la mente criminal, pero el autor parece demasiado centrado en ejecutar su juego de manos argumental como para preocuparse en exceso de nada más.

Si lo deseáis, podéis descargaros la versión original de “A haunted hotel” a través del Proyecto Gutenberg.

Otras opiniones:

~ por Sergio en abril 19, 2018.

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