La colina de Watership

La pasada Nochebuena falleció a los 96 años Richard Adams, autor inglés cuya carrera dio inicio con la publicación en 1972, a los 52 años, de “La colina de Watership” (“Watership Down”), una narración épica… protagonizada por conejos.

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Pese a lo improbable de tal desarrollo, “La colina de Watership” (después de ser rechazada por un buen número de editoriales) pronto se convirtió en uno de los mayores éxitos comerciales de la literatura británica del siglo XX, cosechando reconocimientos como la Carnegie Medal y el Guardian Prize (los dos máximos galardones ingleses de la literatura infantil y juvenil, algo que en cuarenta y nueve años sólo ha ocurrido seis veces, por ejemplo con “Luces del norte“, de Philip Pullman) y alcanzando el estatus de clásico indiscutible (en el mundo anglosajón).

Tras ese éxito, Richard Adams dejó su puesto de funcionario y se dedicó por completo a la literatura, decantándose por la literatura fantástica (a menudo con animales como protagonistas o personajes relevantes), con obras como “Shardik” (1974), “Los perros de la plaga” (1977) o “Maia” (1980), aunque sin volver a alcanzar la misma resonación (lo cual no implica que no se trate de obras muy apreciadas, en especial entre buena parte de los escritores de fantasía anglosajones contemporáneos). En 1996, publicó “Cuentos de la colina de Watership”, una recopilación de relatos y leyendas de los conejos de Watership.

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La clasificación de “La colina de Watership” como literatura juvenil, sin embargo, es engañosa, porque si bien se nutre de una tradición orientada principalmente a los niños (y que ya detallaré más adelante), tanto su enfoque de partida como su materialización sobrepasan con mucho unos límites tan estrechos, entrando en el terreno de la épica con mayúsculas. La novela constituye la plasmación de un mito fundacional, que aborda cuestiones tan relevantes como la construcción de una identidad, el establecimiento de un equilibrio entre las necesidades del individuo y de la sociedad, el problema del liderazgo y la lucha (grupal) por la supervivencia frente a un mundo que no regala nada.

La narración arranca con la visión de un pequeño conejo, Quinto, de un terrible desastre que va a abatirse sobre la conejera donde vive. Tras hablar con uno de sus hermanos, Avellano, ambos acuden al conejo jefe con sus inquietudes, sólo para ser despedidos condescendientemente, por lo que deciden organizar por su cuenta una pequeña expedición para fundar un nuevo asentamiento.

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El grueso de la novela trata sobre las vicisitudes que entraña este simple proyecto. Desde el aterrador viaje hacia lo desconocido, hasta las dificultades del asentamiento y la necesidad de proveer de hembras la comunidad. En total, la obra abarca apenas unos meses, y es posible que los conejos no viajen más que una decena de kilómetros, pero a su escala supone una apopeya que Adams vincula nada menos que con la propia fundación de Roma (desde elementos de la Eneida o la Odisea hasta paralelismos con el rapto de las sabinas, narrado por Tito Livio).

Porque “La colina de Watership” no es un mero cuento de animales parlantes, ni siquiera una fábula. Es épica, es mitología, es la maña sobre la fuerza, es un estudio sobre el liderazgo, sobre la libertad y sobre la dureza de la vida. Es la eterna lucha del ser humano por construir un futuro, una sociedad que establezca un oasis de orden en el caos. Protagonizada por conejos, eso sí. Algo que a la par la engrandece y le quita relevancia. Es un empeño grandioso, sí, pero dentro del gran esquema de las cosas, nada especial. Nos proporciona perspectiva. Nos muestra cómo algo puede ser crucial para nuestra suerte y al mismo tiempo irrelevante (salvo para los directamente implicados). Es, en definitiva, una obra maestra de la fantasía, que se mueve tan en la periferia del género que no es raro que pase desapercibida.

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Lo curioso es que la obra surgió como una serie de cuentos que el autor inventaba para distraer a sus hijas durante largos viajes en coche, inspirado posiblemente por los cuentos de Peter Rabbit, que Beatrix Potter comenzó a publicar en 1902 (y que formaron parte de la infancia de Richard Adams). A la hora de plasmar todo ello en una narración escrita, sin embargo, Adams no se contentó con volcar una serie de historias improvisadas sobre conejos ligeramente antropomorfizados. En vez de ello estudió concienzudamente cada aspecto de su futura obra.

Así, el comportamiento de los conejos y su estilo de vida están fundamentados en el libro “The private life of the rabbit”, del naturalista Ronald Lockley, mientras que el aspecto mítico proviene de la lectura de “El héroe de las mil caras”, el monomito delineado por Joseph Campbell. Esto afecta tanto a los propios protagonistas (que adquieren estatura casi mítica, desde el líder Avellano a el profeta Quinto, pasando por el guerrero Pelucón o el ingenioso Zarzamora), como a la propia mitología interna de los cojenos, que junto con su idioma (del que el autor nos presenta fragmentos), constituye la esencia de su cultura.

El gran héroe mítico de los conejos es El-ahrairah, el “Príncipe con los Mil Enemigos”, una figura arquetípica que representa al trickster, el Pícaro Divino, y que define el carácter conejil, dando prioridad a la inteligencia sobre la fuerza. Sus leyendas, transmitidas oralmente por bardos como Diente de León, hablan del triunfo frente a la adversidad gracias al ingenio, y tienen sus raíces en las historias del Br’er (hermano) Rabbit, que circulaban entre los esclavos negros en América (adaptando mitos africanos) y fueron compilados por Joel Chandler Harris en su libro de 1881 sobre el Tío Remus.

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Por concluir con las deudas más evidentes, también habría que mencionar ineludiblemente a “El libro de la selva” de Rudyard Kipling (1894-95), “El viento en los sauces”, de Kenneth Grahame (1908), aunque sus animales están mucho más antropomorfizados de lo que Adams pretendió con sus conejos, y quizás de un modo especial “The three mulla-mulgars“, de Walter de la Mare (1910), declarada por Richard Adams como su novela favorita (y que narra igualmente una historia épica protagonizada por animales).

Lo que conforma Adams con toda esa tradición, sin embargo, es algo distinto, novedoso. Todo un triunfo que funciona a múltiples niveles, conectando a un nivel muy profundo con el lector (y alcanzando hacia su parte final una tremenda intensidad y procurando una experiencia catártica perfectamente medida). Con su hábil mezcla de realismo y fábula, “La colina de Watership” trasciende el simple concepto de una aventura protagonizada por conejos, para dotar de una vestimenta nueva a los anhelos, miedos y esperanzas más profundos del ser humano. 

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Richard Adams (9 de mayo 1920 – 24 de diciembre de 2016)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

~ por Sergio en enero 13, 2017.

Una respuesta to “La colina de Watership”

  1. Adoro este libro. Lo recomiendo fervorosamente.

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