Luces del norte (La brújula dorada)

Desde el final de la época dorada de la literatura infantil (marcada por el estallido de la Primera Guerra Mundial), la fantasía para niños dejó, salvo casos muy especiales, de estar en vanguardia del desarrollo del género. Así, aunque las ventas acabaron convirtiendo ese segmento en uno de los más importantes del panorama editorial desde una perspectiva económica (sobre todo a partir de los años 50 en EE.UU.), por lo que respecta a innovación conceptual cabría buscar referentes en otros lugares.

Quisiera dirigir, sin embargo, la atención hacia esa “salvedad” apuntada en el párrafo anterior, pues el libro del que trata esta entrada, el primero de una trilogía conocida como “La materia oscura” (“His dark materials”), constituye una de las excepciones.

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“Luces del norte” (“Northern lights”) fue publicado en 1995 por Philip Pullman, escritor británico especializado en literatura infantil y juvenil. A primera vista, en un mercado dominado por las franquicias pseudotolkienistas apoyadas en licencias de rol (con infinitas iteraciones más o menos elaboradas del camino del héroe entrelazado con ritos de madurez y otras inquietudes adolescentes), parecía una nueva vuelta de tuerca sobre el modelo, bajando la edad de la protagonista hasta los doce años. El planteamiento y los objetivos propuestos, sin embargo, eran mucho más ambiciosos.

La historia comienza en Oxford, pero no nuestro Oxford, sino un mundo paralelo con resonancias claramente victorianas y tecnología  que, de ser el foco de la novela, podría definirse como steampunk. La diferencia primordial, sin embargo, es que el “alma” de todos los hombres asume una forma física tangible, independiente de estos. Estos daimonions (dæmons en el original) asumen la apariencia de un animal, siendo los de los niños capaces de metamorfosearse a voluntad, pero quedando en los adultos ligados a una forma concreta. La relación entre una persona y su daimonion es extraordinariamente estrecha, siendo (salvo en el caso de las brujas) incapaces de separarse más de unos pocos metros, existiendo toda una compleja etiqueta que regula su existencia (existe, por ejemplo, un fuerte tabú en contra de tocar un daimonion ajeno).

La protagonista es Lyra Belacqua, una niña bastante inquieta, que vive en el Jordan College, como pupila del siempre ausente Lord Asriel, un investigador tan brillante como polémico cuyo campo de estudio es una misteriosa partícula elemental, el polvo, que presenta la particularidad de verse atraída por las personas y los objetos usados por estos. Lo delicado de la situación se debe a las importantes connotaciones teológicas de los estudios sobre el polvo, en una sociedad que a efectos prácticos es una teocracia, controlada por el ominopotente Magisterio (un trasunto de la Iglesia Católica).

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La trama arranca con un frustrado (por Lyra) intento de envenamiento de Lord Asriel; el rapto de Roger Parslow, el mejor amigo de la niña, por los “zampones” (hipotéticos responsables a ojos del pueblo de una serie de secuestros de niños pobres que están teniendo lugar por toda Inglaterra); y su “adopción” por parte de la sofisticada Marisa Coulter. El descubrimiento de las conexiones de la señora Coulter con la Junta General de Oblación (una especie de inquisición), y de ésta con los zampones, empuja a la niña a una huida hacia el norte, en busca de Roger.

Las aventuras de Lyra (y su daimonion Pantalaimon) en su viaje constituyen el núcleo de la novela. Ayudada primero por los giptanos (comunidad que ha sufrido de forma particularmente aguda los secuestros de niños) y más tarde por las brujas (con su líder, Serafina Pekala, a la cabeza) e incluso por Iorek Byrnison, el rey depuesto de los osos acorazados (el mejor personaje del libro), avanza al encuentro de su destino, guiada por el aletiómetro, un aparato que funciona a través del polvo y es capaz de dar respuesta a cualquier pregunta formulada correctamente (aunque la interpretación requiere de años de estudio o de una sensibilidad infantil especial que, por supuesto, Lyra posee).

A la postre, cerca del polo, encuentra a Lord Asriel, espía los terribles experimentos a los que se dedica la Junta General de Oblación y descubre la auténtica magnitud de lo que se encuentra en juego, desembocando todo en un final apoteósico (y sorpresivo, en particular tratándose de un libro supuestamente infantil) que emplaza para nuevas revelaciones en las continuaciones (“La daga”, de 1997, y “El catalejo lacado”, de 2000; ambas en mi opinión de inferior calidad).

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Si ya sólo por la ambientación (y los daimonions) la trilogía de “La materia oscura” sería digna de atención, su principal atractivo reside en la exposición de complejas sublecturas, de carácter nada menos que teológico. Eso sí, al contrario que otros hitos anteriores de la fantasía británica (como “Phantastes” o “La princesa y los trasgos” de George MacDonald y, sobre todo, las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis, de las que se ha postulado que es una refutación directa), la postura de Pullman es anti teísta (que no exactamente ateísta) y, en particular, enfrentada a la religión institucionalizada.

La inspiración proviene de varias fuentes. Por un lado reproduce invertidos los temas de “El Paraíso Perdido” de John Milton (1667), contemplados a través del prisma de la obra poética de William Blake (“El matrimonio entre cielo e infierno”, 1793) y el ensayo “Sobre el teatro de marionetas”, del autor romántico alemán Heinrich von Kleist. Apartándose del maniqueísmo estricto, Pullman propone una lucha no entre el bien y el mal, sino entre una naturaleza interna liberadora y una religión organizada externa y controladora, reflejo de nuestras jerarquías eclesiásticas y apoyada (como queda de manifiesto sobre todo en “El catalejo lacado”) en conceptos gnósticos.

La rebelión de Lyra asume pues un significado más profundo que la simple oposición adolescente a lo establecido de la mayor parte de la fantasía juvenil. De igual modo, más que por su maldad o bondad, los personajes del libro se caracterizan por obrar en pos de la liberación o por perpetuar la sumisión de los hombres. Resulta significativo, por ejemplo, el reclutamiento para el bando del infierno (según la terminología de Blake, que nunca se explicita en la novela) de arquetipos de libertad como los gitanos y las brujas.

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A este respecto, es de agradecer una postura filosófica que huye de la alegoría directa (en la que cae, por ejemplo, “El león, la bruja y el armario“, de C. S. Lewis), aunque la libertad interpretativa se va perdiendo a lo largo de la serie (hasta culminar en la literalidad del clímax de “El catalejo lacado”). Esta apuesta (coherente, por otra parte, con el tema central de la obra), le ha valido defensores incluso desde las filas religiosas, pues en última instancia la espiritualidad de la obra resulta innegable, aunque la postura más habitual es de rechazo y denuncia, llegando a ser tildada de propaganda ateísta (apreciación, como indicaba, no del todo correcta, propiciada quizás por la aparente radicalización de la postura el autor desde la publicación de la trilogía).

A nivel puramente estético, sin embargo, la novela no termina de resultarme atractiva, al carecer mayormente de escenarios y personajes memorables (destaco como excepción de nuevo a Iorek Byrnison y la corte de osos acorazados). Las aventuras de Lyra presentan además cierto aire de aleatoriedad (que se acentúa en “La daga” y “El catalejo lacado”), lo cual lastra un tanto la lectura y polariza la apreciación de la obra entre quienes admiran su trasfondo y quienes encuentran decepcionante su materialización.

La novela obtuvo la Carnegie Medal (que desde 1936 premia al mejor libro británico de literatura infantil o juvenil) en su año, así como el reconocimiento de título más destacado en una encuesta realizada para el 70 aniversario del premio en 2007 (aunque las respuestas se encontraban limitadas a diez obras, seleccionadas previamente por un comité, y el resultado presentó un claro sesgo hacia las más recientes).

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En los EE.UU., una confusión en la interpretación del título “de trabajo” (“The golden compasses” o “El compás dorado”), llevó a su publicación como “The golden compass” (justificado por la similitud entre el aletiómetro y una brújula), siendo éste el título de la adaptación cinematográfica de 2007, que obtuvo muy merecidamente el Oscar a mejores efectos especiales, pero es considerada un fracaso comercial por sus pobres resultados en EE.UU. (no así en el resto del mundo). A raíz del estreno de la película, se ha editado también en España con el subtítulo de “La brújula dorada”.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en marzo 8, 2014.

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