Los relojes de Alestes

Víctor Conde es uno de los autores españoles de género fantástico más versátiles. Tan pronto ofrece una space opera desatada como una historia de terror de época, pasando por la fantasía juvenil o cediendo a la moda del momento con una novela de zombis. Si algún ingrediente común caracteriza todos estos esfuerzos posiblemente sea la predisposición a procurar entretenimiento por encima de todo, con cierta tendencia hacia los finales explosivos, para los que suele reservar alguna que otra sorpresa explosiva (o vuelta y media de tuerca sobre lo desarrollado).

En el caso de “Los relojes de Alestes” (2010), el modelo de base escogido es el romance científico decimonónico, tirando más hacia Verne que hacia Wells (tendencia que se invierte en el tercio final), a través de una historia subtitulada como “una epopeya steampunk” que podría considerarse una continuación apócrifa de la novela de Jules Verne “De la Tierra a la Luna” (1865). Así, tras el lanzamiento del proyectil del Gun Club (observado por el geólogo y espía prusiano Nordhal Dass), se suscita una auténtica carrera espacial en la que una iniciativa ruso-prusiana, liderada por Frau Irna Hohenstaufen (una adinerada viuda), parece llevar la delantera para mandar otro proyectil tripulado a nuestro satélite. Claro que con los otomanos en pie de guerra a las puertas de Europa no resulta factible emplear la misma estrategia que los americanos, pues tal proceder dejaría desabastecidos los polvorines, así que se impone buscar una solución alternativa.

Los primeros compases de la novela tienen mucho de intriga internacional, pues el viaje a la Luna poco tiene de desinteresado, al buscar unos y otros explotar sus supuestas riquezas minerales (cómo enviarlas de vuelta a la Tierra es un tema que no llega a tratarse). Así pues, tenemos servicios secretos involucrados, representantes del Gun Club (presididos por Charlyon Hensthon, en una poca sutil referencia a la NRA) e incluso algún que otro saboteador o asesino a sueldo dispuesto a hacer fracasar la empresa de Irna. El escenario político nos muestra un mosaico de estados aspirantes a la hegemonía mundial: los Estados Unidos como la joven y pujante economía recién inscrita en la carrera, el orgulloso y aristocrático Imperio Prusiano, una Rusia reformista que ostenta el predominio tecnológico y el beligerante Imperio Otomano.

Como se infiere de lo expuesto con anterioridad, no nos encontramos ante una fiel recreación histórica, sino ante un escenario ucrónico que favorece la inclusión de elementos steampunk. Así, los protagonistas viajan a un Moscú de rascacielos atendidos por ascensores aerostáticos para comprar tecnología avanzada y en los campos de batalla europeos escuadras de zepelines prusianos se enfrentan a una especie de carros blindados antiaéreos turcos. En medio de todo ello, la conquista de la Luna podría suponer el elemento que inclinara la balanza en favor de uno u otro aspirante al poder, de ahí que la expedición se convierta en juez del equilibrio de poder; máxime cuando se pierde contacto con el proyectil del Gun Club tras su alunizaje (la obra también se toma alguna que otra libertad con respecto al original de Verne).

Los descubrimientos realizados en la Luna ocupan más o menos el último tercio de la novela, que abandona el pastiche para lanzarse a una especulación más libre y aventurada. No entraré en demasiados detalles al respecto. Baste con apuntar que lleva la reflexión en torno al espíritu humano (la codicia y el orgullo son los principales motores del afán explorador) y su plasmación de la situación política internacional hasta sus últimas consecuencias, al tiempo que ofrece una especulación a la altura de lo esperable en una novela moderna (sin abandonar el tono retro).

Como artificio de presentación, la obra se nos ofrece a través de la narración en primera persona por hasta cinco personajes, que utilizan diversos procedimientos (cartas, diarios escritos en distintos estilos, registros fonográficos) para transmitir lo ya acontecido. A la dificultad que esto entraña a la hora de relatar determinados hechos (se pierde invariablemente algo de tensión cuando sabemos que el narrador al menos sobrevive a lo que se está describiendo)  y la artificiosidad que implica contar con un narrador para cualquier hecho relevante (incluso en una comandilla de entusiastas del diario) se añade el no muy bien integrado uso de diálogos (que rara vez se reproducen literalmente cuando se exponen a posteriori). Algo quizás necesario en una época en que el género epistolar no anda muy boyante, pero que resta credibilidad al recurso.

De igual modo, el ritmo no siempre parece el adecuado por lo que respecta a la densidad de información proporcionada (hay momentos en que la trama se arrastra mientras que en otros vuela). El equilibrio entre desarrollo de personajes, ambientación y progresión de la historia es inestable, al optarse por la solución de compromiso de ir dedicando a cada faceta un espacio de tanto en tanto (predominando los personajes en el primer tercio, la ambientación en el segundo y la historia en el tercero).

Sea como sea, el conjunto constituye un sentido homenaje a la protociencia ficción y a la novela de aventuras victoriana, con suficientes sorpresas y hallazgos para gozar de entidad propia y satisfacer los gustos de un público actual (que sepa apreciar el en ocasiones florido lenguaje decimonónico que emplean los personajes). La combinación de tecnología anticuada con especulaciones avanzadas constituye un aliciente para quien disfrute con estos cócteles (y no sienta demasiado apego por la rigurosidad científica).

“Los relojes de Alestes” es una ucronía con todas las letras. Nos muestra un mundo que no existió y que no pudo haber existido. Un mundo que no es siquiera el nuestro, como las misiones Apollo pusieron de manifiesto. En los hombres que lo habitan, sin embargo, sí que podemos vernos reflejados… aunque a la postre no acabe de gustarnos el reflejo.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en julio 19, 2012.

Una respuesta to “Los relojes de Alestes”

  1. Me lo compré después de habérmelo pasado muy bien con “Crónicas del Multiverso”. Su currículum prometía. Pero es que “Los Relojes” es infumable. No tiene ni pies ni cabeza y, como bien dices, el intento de narrar la historia a través de cartas es desastroso.
    No pasa nada.
    Víctor tiene capacidad y margen de maniobra para permitirse una cagada.

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