El teatro secreto

He aquí un libro que me ha costado terminar. Son apenas 226 páginas, pero sólo lo he podido leer a cortas ráfagas y, al final, aún no sé cómo valorarlo.

En determinado momento, Luna, una de las protagonistas de la historia, describe su profesión como actriz de teatro espontáneo, diciendo:

—Pues… actúo en la calle para cualquiera que busque catarsis. Yo lo llamo “performance del espíritu”, y generalmente hace daño.

[...]

—Pues… digamos que construyo lo frívolo, lo divertido, lo hermoso… sin propósito ni sentido. La combinación apropiada de irreverencia y espontaneidad a veces se torna en un producto con valor artístico. Una creación automática que, a decir verdad, no suele provocar más que perplejidad en la gente.

En cierto sentido, pienso que “El teatro secreto” busca un poco esto mismo, enfrentar al lector con lo fantástico e irracional, sin proporcionar apenas asideros para provocar una inmersión completa en la irracionalidad (o suprarracionalidad) del mundo mágico de Aradise, el reflejo de Londres en una dimensión mágica (o quizás sea al revés).

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La trama arranca con la apertura accidental de un pasaje entre los mundos por el que se cuela una Aberración. En pos suyo, se organizan varios grupos con misiones dispares: eliminarla, utilizarla, evitarla… En lo más parecido a la saturación sensorial que la literatura puede ofrecer (dejando de lado experimentos ininteligibles), Víctor Conde nos somete a un bombardeo de tramas, personajes, lugares (Londres mismo se convierte en protagonista) y magia, sin perder demasiado tiempo en explicaciones. El mismo lenguaje trabaja para indicarnos que “ya no estamos en Kansas”; impecable pero alambicado, sin caer en la trampa fácil del barroquismo, aunque cuajado de expresiones y términos inusuales que convierten la lectura en un ejercicio que no puede tomarse con ligereza. El resultado global es una especie de shock, como tirarnos de cabeza a una piscina helada.

No es un recurso tan infrecuente, sólo que Conde no levanta en ningún momento el pie del acelerador, y la historia sigue desarrollándose sin perder el tiempo en justificaciones, introduciendo elementos como el Libro de Nod que surgen de la nada. Los personajes, algunos, saben lo que son y lo que significan, nosotros no. Cumplen su papel y son dejados a atrás, de un modo que me recuerda a las películas de Miyazaki. La sensación es de que hay una lógica interna actuando, pero que, al observarla nosotros desde fuera, tan sólo atisbamos fragmentos de su estructura. Estamos mirando Aradise desde nuestro mundo, y no tiene por qué ofrecer un sentido evidente.

Por supuesto, otro referente que acude de inmediato al pensamiento es el “Neverwhere” de Gaiman. El mundo onírico de Víctor Conde presenta ciertas similitudes con la obra del autor inglés, empezando por su retrato de un Londres mágico y atemporal por debajo de (y entrelazado con) el real. Resulta curiosa esta evidente fascinación por cuanto que el autor es canario, y se trata del tipo de obsesión normalmente reservada a los oriundos. De la cuidadosa documentación pueden dar cuenta dos entradas en el blog del autor, acerca de los lugares y las profesiones perdidas de “El teatro secreto”.

Después de todo esto, la pregunta del millón sería decidir si me ha gustado o no. Y, la verdad, no estoy seguro del todo. La novela es muy arriesgada, complaciéndose en caminar al borde del precipicio, forzando a veces más de la cuenta las florituras del lenguaje, o construyendo torres demasiado altas sobre cimientos inestables. Sin embargo, ahí radica también su atractivo. “El teatro secreto” es, sin duda, una propuesta diferente, que se resiste a encajar en ningún molde preestablecido y reta al lector de un modo muy similar a cómo Luna desafía a los espectadores de su performance del espíritu. En este sentido, la lectura es fascinante y muy recomendable. Sin embargo, yo soy un racionalista. Me gusta que todo acabe bien encajado y que haya una sucesión lógica e inevitable (algo que sólo puede apreciarse a posteriori, que si no la ficción es predecible y, por tanto, aburrida). El estilo de “El teatro secreto”, aun siendo muy imaginativo, no satisface esa necesidad que tengo por la estructura. Me temo que no soy un buen espectador del grand-gignol, que mi inclinación natural es a borrar la perplejidad y profundizar hasta descubrir la raíz del misterio. Es una actitud que choca frontalmente con los que a mi entender son los objetivos de esta novela.

Incluso de no mediar esta preferencia, creo que al final el equilibrista que mencionaba antes se inclina en demasía hacia el abismo y el autor se ve obligado a mandar una ráfaga de viento para que recupere el equilibrio. O, dicho con palabras menos metafóricas, que los dos o tres últimos capítulos resultan un tanto forzados.

Sea como sea, se trata de un título muy interesante por parte de Víctor Conde y Vórtice, con una edición cuidada, recomendable para todos aquellos que piensen que la fantasía no termina con las grandes aventuras épicas y los mundos seudo-hiborios.

Concluyo con los habituales enlaces a las opiniones de otros:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en diciembre 26, 2008.

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