El barón rampante

¿Dónde empieza la fantasía? ¿Existe un límite claro en el que lo improbable deviene en imposible y, por tanto, la literatura realista se transforma irremediablemente en fantástica? «El barón rampante», de Italo Calvino («Il barone rampante», 1957), parece empeñada en transitar por esa frontera imprecisa.

Tras unos inicios literarios en el seno del neorrealismo, el italiano Calvino acometió en 1952 un giro hacia terrenos propios del fantástico, desde una aproximación cercana a la fábula y no demasiado apartada del realismo mágico sudamericano. Fruto de este empeño tenemos la trilogía de Nuestros Antepasados, que se inició con «El vizconde demediado», continuó con «El barón rampante» y concluyó en 1959 con «El caballero inexistente».

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La obra central, la más extensa y famosa, narra (en boca de su hermano menor) la vida de Cosimo Rondò, quien un día de junio de 1767, a los doce años, se subió a un árbol como acto de protesta y ya no volvió a descender a tierra en toda su vida. Así, desde las copas de sus amados árboles, Cosimo es testigo (y partícipe) de aquellos extraños años entre los siglos XVIII y XIX, en que ideas revolucionarias se extendieron por Europa, se derrumbaron y reconstruyeron regímenes enteros y se alumbraron tantas ideas nuevas y excitantes como esperanzas acabaron malogradas.

Dejando de lado la cuestión que planteaba al principio (asumiremos que sí, que «El barón rampante» es fantasía), cabe preguntarse cuál es exactamente su naturaleza.

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Al contrario de lo que podría aventurarse de un modo apresurado, nada hay en la novela realmente escapista. Es decir, no se trata de una metáfora sobre un hombre que, desencantando con la realidad, la abandona para vivir en una fantasía (siendo este un planteamiento tristemente habitual en varios ejemplos recientes de mal uso de la fantasía). Sí, Cosimo se siente defraudado con el mundo, pero su objetivo al subirse a los árboles no es escapar, sino por un lado vivir de un modo sincero, sin traicionar sus propios principios, y por otro adquirir una perspectiva nueva desde la que contemplar y analizar la realidad.

Hace tiempo que vengo defendiendo que la fantasía puede subdividirse en tres grandes «escuelas» escapistas (la fantasía épica, la espada y brujería y la fantasía urbana/feérica) y una que representa todo lo contrario y que utiliza el elemento fantástico no para propiciar la evasión (la fuga del prisionero, que sostenía Tolkien), sino para magnificar o hacer patente la realidad; y es en esta «escuela» donde encontramos a Kafka («La metamorfosis«), Borges, Murakami («Kafka en la orilla«)… y también a Calvino.

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«El barón rampante», a este respecto, adquiere una cualidad casi metaliteraria (una tendencia que el autor abrazaría por completo años más tarde), pues por un lado trata de ilustrar una desilusión ideológica paralela a la que pudieron sentir muchos italianos durante la posguerra a la vista de la evolución política y social de su estado… pero al mismo tiempo sirve de metáfora del proceso mismo de dar un paso lateral para poder contemplar con mayor claridad lo que tenemos ante los ojos; y ese imprescindible distanciamiento se logra tanto por medio del uso de lo fantástico (o altamente inverosímil en este caso), como interponiendo siglo y medio entre los hechos narrados y la época referenciada (todos las novelas de la trilogía conceptual se ambientan en el pasado, aunque de hecho la que nos ocupa es la más moderna).

Los elementos autobiográficos son también importantes. Calvino, en ese momento en concreto de su vida, estaba pasando por un proceso de desilusión ideológica. Tras un período de intensa implicación política, acababa de abandonar el Partido Comunista Italiano. Al igual que Cosimo, se sentía un intelectual al margen de la sociedad, respetado, pero incapaz de transmitir de forma efectiva sus ideas (ya sea al pueblo llano como a los gobernantes). Condenado por siempre a una insatisfacción existencial, que le deja como único consuelo la fidelidad quijotesca a sus propios principios y quizás, al fin y al cabo, un poco de escapismo.

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Porque hacia el final de su vida, Cosimo, abandonada ya toda ilusión (tanto en el terreno de la política como en el más personal del amor), se entrega a la exageración, a la fábula, a inventar historias capaces de adornar la triste realidad y vestirla con ropajes más agradables. Emula así a su coetáneo, el barón de Münchausen (cuyas «hazañas» recogió Rudolf Erich Raspe en «Relato que hace el Barón de Münchausen de sus campañas y viajes maravillosos por Rusia» en 1785), difuminando todavía más esa frontera que mencionaba al principio de esta reseña entre la realidad y la ficción, el realismo y la fantasía.

Cosimo di Rondò, el barón rampante, se erige en una figura tragicómica, en un auténtico rebelde incapaz de sumar a nadie a su causa, pero que aun así no renuncia a su diferencia. Su vida en los árboles es todo lo plena que puede aspirar a serlo cualquier vida humana. Hay cabida en ella para la aventura, el estudio, la utilidad social, el solaz personal e incluso el amor (si bien no exento todo ello de dificultades, reveses e incluso amargos sinsabores). A la postre, sin embargo, lo que quizás más la caracteriza es su final (que, por supuesto, no concretaré), que viene a dejar patente la huella que alguien como él es capaz de dejar en el mundo.

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Disquisiciones analíticas aparte, «El barón rampante» es una gran novela, que merece mucho la pena, tanto si eres amante de la fantasía como si no es plato de tu gusto. Después de todo, como he intentado argumentar, habita en ese brumoso linde que demuestra que, en realidad, no hay auténtica frontera. ¿Y quién no querría tener la valentía de vivir su vida con la coherencia y libertad con que lo hace el barón Cosimo Piovasco di Rondò? Por desgracia, todos nosotros somos más como Biaggio, su hermano, capaces de admirarlo, pero no de unirnos a su rebelión contra la realidad (y quizás esa sea la razón por la que existe la tendencia a clasificar la novela como juvenil, no vaya a permitirse que esas ideas revolucionaras sobrevivan al paso a la edad adulta).

Otras opiniones:

~ por Sergio en julio 5, 2022.

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