The undying monster

No escucharéis el nombre de Jessie Douglas Kerruish mencionado entre los grandes autores de terror de principios del siglo XX (los Machen, Hodgson, Blackwood, James…), y sin embargo su novela de 1922 “The undying monster: a tale of the fifth dimension” es una de las obras más interesantes de ese período dentro del género que he tenido ocasión de leer (y sigue inédita en castellano; yo lo dejo caer).

Los motivos podrían ser variados. Para empezar, Kerruish era conocida principalmente por escribir romances históricos orientales, tales como “Miss Haroun al-Rashid” (1917) o “The girl from Kurdistan” (1918), así como cuentos fantásticos inspirados en las Mil y Una Noches, que recopilaría en 1934 bajo el título genérico de “Babylonian Nights’ Entertainment”. Por añadidura, en 1942 la 20th Century Fox decidió competir con Universal, que en aquel momento arrasaba con la película “El hombre lobo” (protagonizada por Lon Chaney Jr.), mediante una adaptación de “The undying monster” que simplificaba la historia y prescindía de buena parte de los elementos que la hacen única. Así, paradójicamente, la misma circunstancia que la mantuvo relevante enturbió su legado, y a falta de recomendación por parte de Lovecraft (quien no menciona a Kerruish en su influyente ensayo “El horror sobrenatural en la literatura”, al ser la edición americana de la novela de 1936, y por consiguiente posterior a la última revisión del texto por parte del autor de Providence), ha quedado reducida a una nota a pie de página cuando se habla de literatura sobre hombres lobo. Lo cual es una pena, porque “The undying monster” es más, mucho más.

La historia arranca en los páramos de Sussex, en 1920, al regresar los dos últimos Hammand supervivientes, los hermanos Oliver y Sawnhild, a la mansión ancestral (como descendientes de un linaje que se remonta más de mil años en el pasado). El caso es que sobre los Hammand pesa una maldición, una bestia que periódicamente ataca al cabeza de familia y o bien lo mata o bien el encuentro dispara poco después su suicidio; y Oliver, como último heredero varón, se ve involucrado en un ataque que conlleva también la muerte de una joven lugareña. Ante esta circunstancia, y tras rescatar a su hermano del páramo y procurarle atención médica, Swanhild decide buscar ayuda, y nadie más apto que la supersensitiva Luna Bartendale, también conocida como la Bruja Blanca, que gracias a los adelantos de la ciencia podría triunfar allí donde Madame Blavatsky y William Crookes fracasaron en tiempos de su abuelo.

Luna Bartendale encaja a la perfección en el molde del detective de lo sobrenatural, con una metodología que se apoya a partes iguales en una capacidad innata para percibir lo incorrecto y en teorías de la época que avalaban una explicación natural para ese tipo de fenómenos, bajo el paraguas del espiritismo científico. Esta aproximación al arquetipo es relativamente inusual (los ejemplos más abundantes se inclinan bastante más hacia el esoterismo que hacia la ciencia… incluso metiendo aquí un buen montón de disciplinas que han sido caracterizadas posteriormente como pseudociencias), pero por supuesto lo más inusual en ella es precisamente su sexo. No es la primera (esa distinción corresponde a Diana Marburg, creada por L.T. Meade y Robert Eustace y protagonista de tres relatos en 1902, pero sí una de las tres únicas detectives de lo oculto de que tengo constancia antes de la explosión del romance paranormal en los años noventa (y tengo contabilizados alrededor de sesenta personajes). Casi sobra resaltar lo muy masculino que es el arquetipo, aunque por si faltaran pruebas comentaré que en la película la supersensitiva Luna Bartendale es sustituida por un científico forense de Scotland Yard.

La tercera en cuestión es Shiela Crerar, de Ella M. Scrymsour, protagonista de seis relatos en 1920, y en ambos casos, al parecer, se trata de escritoras escribiendo historias dirigidas principalmente a un público femenino, lo cual no quiere decir en absoluto que huyan de los aspectos más escabrosos (de hecho, los capítulos iniciales de “The undying monster” hacen gala de una intensidad muy notable), sino que además prestan atención a cuestiones sentimentales (ambas podrían considerarse en cierto modo precursoras del romance paranormal). No hay, sin embargo, una intencionalidad exactamente reivindicativa. El derecho al sufragio femenino, tras una larga lucha, había sido conquistado en 1918, así que en Luna Bartendale (y en menor medida Shiela Crerar) lo que tenemos es la manifestación de una política de hechos consumados. Es decir, no reivindican su derecho a ser investigadoras de lo paranormal, sino que simplemente lo son, y en ello tiene mucho que ver un acontecimiento cuya sombra planea sobre toda la novela: la Primera Guerra Mundial.

Oliver acaba de regresar de un conflicto que se ha cobrado la vida de otro de los hermanos Hammand, y de igual modo es un veterano (que incluso ha perdido un brazo en combate) Goddard, amigo de la infancia de los Hammand y prometido de Swanhild. Es en esa sociedad postbélica, en la que las mujeres han desempeñado por necesidad trabajos que hasta la fecha les habían estado vetados (y que, por supuesto, se niegan a abandonar), donde vuelve a golpear la maldición ancestral, así que no resulta descabellado que el conocimiento pericial provenga de una mujer.

Todo esto, sin embargo, aunque de una indiscutible importancia histórica sería irrelevante si la historia no fuera buena. Por fortuna, Kerruish cumple con creces, y sabe dosificar la información detectivesca (aunque hace trampas, forzando el que Luna Bartendale se guarde a menudo información crucial para no mediatizar la investigación), al tiempo que va construyendo una teoría explicativa que se apoya sobre todo en el concepto de la memoria ancestral y especula sin nombrarla en torno a la todavía novedosa ciencia psicológica (la quinta dimensión a la que alude el subtítulo de la novela es precisamente la mente humana).

No voy a desvelar mucho al respecto. Me limitaré a destacar cómo las piezas van encajando hasta conducir a un final apoteósico, que homenajea de paso a uno de los grandes, William Morris (y su poema épico de 1876 “The story of Sigurd the Volsung and the fall of the nibelungs”), así como al hecho de que “The undying monster” parece tomar la premisa de Arthur Conan Doyle en “El sabueso de los Baskerville” (1902)… para toma el camino opuesto, optando por refrendar lo sobrenatural (o cuando menos la ciencia alternativa) frente a la explicación puramente racional de Sherlock Holmes.

En definitiva, una novela muy entretenida, que te tiene constantemente cambiando de idea respecto hacia dónde se dirige y qué pretende transmitir. Evidentemente, siendo de 1922 su ritmo es tal vez excesivamente pausado para los estándares actuales, y de hecho en su segmento intermedio se arrastra un poco (por culpa también del hermetismo metodológico de Luna Bartendale, que carece de un personaje como Watson que asuma el papel de intermediario con el lector), pero incluso en sus escenas más pausadas, elementos como el de la macabra mano de gloria o la historia de Magnus, el nigromante isabelino que se cuenta entre la pintoresca ascendencia de los Hammand (junto con invasores sajones, cruzados y anacoretas), bastan para mantener vivo el interés en espera del clímax (que lleva por sugerente título “La noche de los tres mil años”).

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~ por Sergio en mayo 27, 2018.

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