Shiela Crerar, psychic investigator

Ella Scrymsour no fue la primera mujer que creó un investigador de lo oculto (esa distinción corresponde a Arabella Kenealy, con permiso de Charlotte Riddell, con Lord Syfret en 1896), ni siquiera fue la creadora de la primera investigadora femenina (fueron L. T. Meade y Robert Eustace, con los tres relatos de Diana Marburg en 1902), pero si a estos nombres añadimos el de Kate O’Brien Ryall Prichard, cocreadora de Flaxman Low, el de Alice Askew, cocreadora de Aylmer Vance, y el de Rose Champion de Crespigny, creadora (por fin en solitario) de Norton Vyse, ya hemos detallado toda la presencia femenina en el género hasta 1920, año en que se publicaron en The Blue Magazine los seis relatos de Shiela Crerar.

No es una cuestión meramente anecdótica. Shiela Crerar no es sólo una infrecuente representante femenina en un campo limitado casi en exclusiva a los hombres. Las historias, además, giran en torno a la experiencia femenina, con un número significativo de clientas (madres preocupadas por sus hijos o hijas, viudas oligadas por testamentos excéntricos, jóvenes casaderas amenzadas por antiguos feudos…) y siempre, siempre, alguna mujer como testigo, víctima o fuente del fenómeno sobrenatural.

La protagonista es una joven escocesa (highlander), huérfana desde su más tierna infancia, que se ve sola en el mundo cuando a los veintitrés años fallece su tío (y tutor). Asediada por las deudas, pone en alquiler la mansión familiar (de la que bajo ninguna circunstancia desea desprenderse) y provista de cien libras marcha a Londres a labrarse un futuro. En la ciudad las cosas se le ponen difíciles, pero finalmente decide aprovechar la circunstancia de poseer la “segunda visión” (una supuesta capacidad que poseen ciertos individuos en las Highlands para ver cosas lejanas en el espacio o en el tiempo, que Ella Scrymsour reinventa como la capacidad de percibir manifestaciones sobrenaturales ocultas a la inmesa mayoría) para ofrecerse como investigadora de encantamientos y otras manifestaciones fantasmales. No tarda en recibir su primera encargo (desde Escocia, porque aparte de femeninas, las aventuras de Shiela Crerar son definitivamente escocesas) y así, equipada con poco más que resolución, coraje y una visión psíquica que todavía no ha sido puesta a prueba, inicia su carrera como detective de lo oculto, enfrentándose al misterio de Kildrummie Weird.

En general, las historias de Shiela Crerar carecen de cualquier tipo de complejidad. Shiela es requerida al lugar en cuestión, investiga el misterio por el simple procedimiento de experimentar con sus propios ojos (y a través de su segunda visión) la manifestación sobrenatural y a base sobre todo de persistencia (y valentía) penetra en el secreto que se esconde tras ella y con no menos decisión actúa para contrarrestar las fuerzas en acción (que casi siempre tienen su origen en alguna injusticia del pasado… algo que no es difícil de invocar en la convulsa historia escocesa). Esta simplicidad, a veces excesiva (no es difícil anticipar los no demasiado elaborados giros de la trama), se ve hasta cierto punto contrarrestada por la singularidad de la protagonista y del enfoque, que convierten a Shiela en el anticipo (quién sabe si arquetipo) de aventureras que llegarían mucho, mucho después, como Lara Croft (con la que comparte, posiblemente por convergencia evolutiva, más que por influencia directa, no pocas características) o Anita Blake.

Este enfoque femenino (The Blue Magazine acabaría especializándose como una revista romántica y de sociedad, aunque en 1920 todavía se orientaba más hacia la aventura y el misterio) se pone de manifiesto también mediante la introducción de una supertrama romántica, que empareja a Shiela con Stavordale Hartland, sobrino de Lady Kildrummie, su primera clienta. Eso sí, en ningún momento la relación cambia la independencia de Shiela, que se resiste a caer en los clichés de la damisela en apuros que necesita del auxilio de un varón para llevar a cabo su misión (aunque hay una aventura en la que el miedo inducido la hace solicitar involuntariamente su ayuda). De hecho, queda implícito en el último cuento que el matrimonio entre Shiela y Stavordale (una vez cumplidos los cinco años y restituida la solvencia económica de los Crerar) no cambiará a la primera, que poseerá siempre su segunda visión, algo a lo que su esposo tendrá que acostumbrarse.

Los seis relatos de Shiela Crerar (“The eyes of doom”, “The dath vapour”, “The room of fear”, “The phantom isle”, “The werewolf of Rannoch” y “The wraith of Fergus McGinty”) se leen con agrado. Ninguno de ellos explora caminos ignotos dentro de la ficción relacionada con los detectives de los sobrenatural, pero sí delinean a la que posiblemente sea una de las primeras grandes heroínas del pulp, sin nada que envidiar a personajes posteriores como Jirel de Joiry (aunque las habilidades narrativas de C. L. Moore son muy superiores a las de Ella Scrymsour).

Respecto a la autora, hasta hace relativamente poco era prácticamente una absoluta desconocida, conociéndosele una novela fantástica, “The perfect world” (1922) y otras nueve románticas, publicadas entre 1924 y 1935. El redescubrimiento en 2006 de las historias de Shiela Crerar (The Blue Magazine no fue ni mucho menos una de las grandes revistas de la era del pulp) reavivó el interés por su persona, lo que finalmente condujo a elaborar una biografía más o menos completa (que permite adivinar algún que otro parelelismo sugerente entre la vida de Shiela Crerar y la de su autora).

“Shiela Crerar, psychic investigator” es claramente una obra adelantada a su tiempo por lo que respecta al empleo de la perspectiva femenina en ámbitos exclusivos (o casi exclusivos) de lectores y escritores varones, con una protagonista de una modernidad sorprendente. Por desgracia, esa innovación no se hizo extensiva a las tramas o al estilo, lo cual unido a la relativa oscuridad de la revista donde se publicó originalmente la condenó injustamente al olvido. Su redescubrimiento y reevaluación de sus virtudes, sin embargo, hace que me pregunte qué otras historias, incomprendidas o meramente infravaloradas en su tiempo, siguen a la espera de una segunda oportunidad.

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~ por Sergio en enero 28, 2018.

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