The thing from the lake

Eleanor M. (Marie) Ingram es una de esas autoras que, tras gozar de cierto éxito en su momento, han caído mayoritariamente en el olvido. Tanto es así, que es difícil encontrar información sobre ella en internet. Nacida en 1886 en Nueva York, falleció en 1921, a los treinta y cuatro años, tras haber publicado ocho novelas, principalmente de género costumbrista y de aventuras contemporáenas, con elementos románticos, una de las cuales, “The unafraid” (1913), fue adaptada como mediometraje mudo por Cecil B. DeMille (uno de sus primeros trabajos).

Como suele ocurrir, es el título extraño en su bibliografía, su única incursión en el género fantástico, el que a la postre la rescata para la posteridad. En 1921, publicada póstumamente, apareció su última novela, “The thing from the lake”, que en su superficie aparenta ser una típica narración gótica de mansión encantada, aunque a la postre se revela como una obra mucho más innovadora y moderna.

En 1927, Lovecraft comentó que era “una historia realmente buena, con una trama de auténtico terror, pese a seguir la fórmula del bestseller”. A la postre, no la incluyó en su famoso ensayo sobre “El horror sobrenatural en la literatura” (quizás por acceder a ella demasiado tarde), pero se ha especulado con que podría haber influido de alguna forma en la consolidación de la etapa cósmica de los mitos de Cthulhu, y en especial durante la redacción de “El horror de Dunwich”.

“The thing from the lake” tiene por protagonista a Roger Locke, un exitoso compositor de música popular de Nueva York que acaba de adquirir una casa de campo para huir del calor estival en la ciudad. Durante su primera noche en su nueva propiedad, recibe la visita de una dama misteriosa, cuya identidad queda protegida por la oscuridad, que deja en prenda un abundante mechón de cabello rubio y fragante. Tras su huida, sin embargo, tiene lugar también la primera visita de una entidad misteriosa y aterradora, anunciada por un extraño sonido de succión procedente del cieno del lago próximo.

De vuelta a la ciudad, Roger se encuentra con que su joven prima Phillida contraído matrimonio en secreto, y no se le ocurre otra solución que enviar a los recién casados a cuidar de su nueva propiedad, ofreciéndoles así tanto un lugar donde vivir como un trabajo que les procure un sustento digno. Todo evoluciona sin contratiempos hasta que decide visitarlos unas semanas después, y en su primera noche en la casona renovada experimenta de nuevo ambas visitas, la de la joven misteriosa y la de la presencia malévola, que lo atan en una obsesión por descubrir más de la primera y frustrar las intenciones que la segunda parece albergar para con ella.

Hasta aquí, no deja de ser una historia de fantasmas bastante tradicional, aderezada con referencias a la Nueva Inglaterra mágica colonial. Pronto, sin embargo, empieza a hacerse evidente que hay mucho más ahí, pues aunque la aparición femenina (que se confiesa como Desire Michell) podría tener algo que ver con una bruja de igual nombre que vivió a finales del siglo XVIII en aquella misma finca, la presencia maligna es algo distinto, una fuerza procedente de una realidad más allá de la nuestra. Así pues, los enfrentamientos de voluntades que tienen lugar entre Roger y la cosa en la frontera entre mundos tienen todo el sabor del más puro horror cósmico (evocando incluso clásicos como “El gran dios Pan“, de Arthur Machen).

Si a ello le unimos el tema de los pecados de los padres, cuya culpa pesa como una losa sobre los descendientes (un tema muy característico de Nueva Inglaterra), así como referencias a la brujería, los conocimientos prohibidos y fuerzas más allá de la experiencia y las capacidades humanas, tenemos todos los ingredientes para un extraordinario ejemplo de terror cósmico que, verdaderamente, se hace difícil no ver como una más que probable influencia sobre Lovecraft (ya no sólo en “El horror de Dunwich”, sino también, por ejemplo, en “Los sueños en la casa de la bruja”).

Pero en “The thing from the lake” hay más que un simple precursor (hipotético) de Lovecraft. Como indicaba H.P., posiblemente con intencionalidad minuslavorativa, la fórmula es próxima al bestseller (en su iteración de los años veinte), con lo cual supongo que se refería tanto a la subtrama romántica como a la idea de que se podía luchar de algún modo contra el horror cósmico, y ello la emparenta curiosamente con evoluciones muy posteriores del género de terror, evocando de forma particular las historias que más de medio siglo después abordaría Stephen King (y con el mismo escenario, pues la granja de Roger Locke se ubica aparentemente en Maine). El estilo, por supuesto, es absolutamente diferente (ahí sí que se nota la deuda profunda con la literatura tardo-victoriana), y los personajes carecen de la profundidad que sería de desear para darles un poco más de entidad, pero el enfoque, la delineación de la amenaza y el desarrollo y resolución del conflicto sí que apuntan claramente a una concepción plenamente moderna del terror.

Es una lástima que su prematura muerte nos privara de la evolución que hubiera podido experimentar la ficción de Eleanor Ingram, porque con un debut en el género de tanta calidad y tan innovador (lastrado quizás, por un final que no sabe explotar al máximo el potencial de las ideas de base y que resulta en cierta forma anticlimático), y gozando de popularidad fuera de los círculos limitados de la ficción pulp, hubiera podido aportar muchísimo a la evolución de la literatura de terror.

Al poco de su fallecimiento, las novelas de Eleanor Ingram quedaron descatalogadas, y durante casi un siglo permanecieron prácticamente olvidadas, hasta que la digitalización de antiguas ediciones las sacaron de nuevo a la luz, poniéndolas otra vez a disposición de los lectores y permitiendo su análisis por parte de estudiosos como S.T. Joshi (la principal autoridad mundial en Lovecraft).

Creo que hay ediciones gratuitas en Amazon. En cualquier caso, podéis haceros con una copia digital de la novela a través del Proyecto Gutenberg.

~ por Sergio en diciembre 19, 2017.

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