La tierra multicolor

El pasado día 17 de octubre falleció a los ochenta y seis años Julian Clare May, una de las principales autoras de ciencia ficción que en los años ochenta empezaron a publicar asiduamente novelas no explícitamente feministas, contribuyendo así al progresivo avance hacia la integración de las mujeres en un campo que había sido tradicionalmente dominado por los hombres.

Aunque sus primeros cuentos datan de principios de los años cincuenta, y de hecho por aquel entonces era una figura activa en el fándom estadounidense, pronto se distanció del género, y pasó más de dos décadas dedicada sobre todo a la escritura de divulgación científica, orientada sobre todo a jóvenes. A finales de los setenta, sin embargo, reconectó con las convenciones de ciencia ficción y así empezó a trabajar en la que sería su gran obra, la saga del Medio Galáctico, que acabaría componiéndose de ocho novelas, agrupadas en dos subseries, publicadas entre 1981 y 1996.

El cuerpo principal de su obra fantástica lo completa su participación (junto con Marion Zimmer Bradley y Andre Norton) en la serie de Trillium (dos novelas propias y una más en colaboración), la trilogía de los Mundos Fortificados (1999-2001) y la trilogía la Luna Boreal (2004-2006). De todo ello, tan sólo seis novelas han sido editadas en español (una de ellas dividida en tres tomos). Su mayor éxito lo alcanzó con su debut novelístico con el título que presentaba la saga del Medio Galáctico e iniciaba además la tetralogía del Exilio en el Plioceno: “La tierra multicolor” (“The many-colored land”, 1981).

La acción arranca en la Tierra, a principios del siglo XXII. Tras la aparición de individuos con habilidades metapsíquicas, se ha producido el contacto (inicialmente traumático) entre la vasta sociedad del Medio Galáctico y los terrestres, un hecho conocido como la Intervención (todo ello se describe en su propia novela, de 1987, que en su edición en español fue dividada en tres tomos: “La vigilancia”, “La revelación” y “El metaconcierto”). Sin duda, el contacto ha sido a la larga beneficioso para los humanos, cuya cultura, purgada de elementos nocivos, se ha expandido por la galaxia (y a modo de recreaciones entretiene a los visitantes alienígenas). Hay, sin embargo, individuos inadaptados o dañados de alguna forma, cuya naturaleza les hace entrar en permanente conflicto con la nueva sociedad galáctica. Para ellos existe el Exilio.

Pocos años después de la Intervención un científico creó una suerte de puente temporal unidireccional que conecta la campiña francesa con las llanuras del plioceno, unos cinco millones de años atrás (aunque la novela lo data erróneamente hace seis millones), y ese puente empieza pronto a ser utilizado por quienes desean abandonar por alguna razón su época. Al empezar la novela, tras varias décadas de actividad, unas doscientas mil personas han realizado ya el tránsito, y seguimos de cerca a ocho nuevos candidatos mientras su vida se dirige primero hacia esa conyuntura y luego en su cuidadosa preparación para el “viaje”.

Constituye sin duda lo mejor de la novela, con una incitante descripción parcial de la sociedad del Medio Galáctico… desde el punto de vista de quienes no consiguen integrarse en ella, así como una presentación un tanto idealizada de lo que les espera en el pasado de la Tierra. La idea es potente (si bien no exactamente nueva, ya que Robert Silverberg ya desarrolló algo parecido en 1967 con “Estación Hawksbill”), y los personajes se encuentran adecuadamente definidos, algo que será de crucial importancia para sustentar el resto de la saga.

Por supuesto, lo que encuentran al llegar al pasado no tiene nada que ver con lo que esperaban (lo cual es hasta cierto punto una pena; no hubiera lamentado en absoluto una exploración de la evolución de sus anhelos y esperanzas, enfrentados a la realidad del plioceno). Resulta que los exiliados se han encontrado con una avanzada raza de refugiados alienígenas, los tanu, que tras naufragar en la Tierra milenios atrás han creado una sociedad semiesclavista, organizada en torno al uso de unos torques en tres modalidades: grises para controlar conductualmente mediante la alternancia de dolor y placer, plateados para despertar habilidades metapsíquicas latentes aunque manteniendo un ferreo control externo y dorados para los propios tanu y los más poderosos colaboracionistas.

Nuestros protagonistas, junto con muchos otros exilidados, son divididos en dos grupos. El primero formado por aquellos con habilidades metepsíquicas y el segundo, en principio, carente de ellas, que son transportados cada uno en una dirección, para servir a los propósitos de los tanu, que por alguna razón están directamente inspirados en los Tuatha Dé Danann de la mitología irlandesa. De igual modo, existe un enemigo misterioso, los firvulag (la corte unseelie), y cierta resistencia residual de humanos libres.

Este segundo acto resulta un poco menos interesante, pero lo bastante exótico de todas formas para mantener sin problemas nuestra atención. La tercera parte, sin embargo, se centra exclusivamente en uno de los dos grupos y en plantear el conflicto que alimentará el resto de la saga, dejando de lado de forma un tanto brusca a la mitad de personajes y apresurando las acciones de los demás, optando decididamente por la acción frente a la ambientación. Posiblemente se deba a un error de cálculo de la autora, que a mitad escritura debió de darse cuenta de que lo que pretendía contar requería bastantes más páginas de las que había previsto (con una mejor planificación, tal vez hubiera convenido dejar la novela en las dos primeras partes).

En su conjunto, “La tierra multicolor” constituye una obra que destaca por lo cuidadoso de su ambientación y por plantear un escenario singular y fascinante (pese a pequeños errores, como situar en el plioceno a los ramapitecus, un ancestro del linaje humano que vivió en realidad doce millones de años atrás). Se nota el pasado como divulgadora científica de May, sobre todo en disciplinas que no suelen tener mucha presencia en la ciencia ficción, como la geología (siempre que hay una novela que involucra una escala temporal tal que permite apreciar los cambios geológicos, el resultado, por su relativa rareza, es fascinante).

Hay detalles, eso sí, que no terminan de cuadrar (aunque claro, para eso están los otros tres libros). El principal, por supuesto, es la identificación entre los tanu y la mitología feérica, lo cual no parece obedecer más que al capricho de la autora (y el que los propios personajes se den cuenta de ello no hace sino plantear más dudas interpretativas). De igual modo, se aprecian esbozos de una gran metáfora de raíces cristianas (lo cual cuadra con el conflicto entre hombres y elfos, o sea, entre el cristianismo y las antiguas religiones paganas celtas), aunque sin haber leído más libros de la serie no puedo precisar hacia dónde se dirige exactamente (al parecer, la trilogía del Medio Galáctico se inspira en las teorías de Teilhard de Chardin, pero la subserie del Exilio en el Plioceno tendría más relación con el Antiguo Testamento).

En general, incongruencias aparte (por ejemplo, sitúa equivocadamente a los ramapitecos en el plioceno, cuando en realidad vivieron en el mioceno, siete millones de años antes), “La tierra multicolor” constituye una lectura absorvente, aunque quizás más por lo que sugiere que por lo que finalmente muestra (tiene un estilo de presentar la acción muy propio de su época). A priori, la mezcla entre ciencia ficción, mitología, poderes psíquicos y arquetipos fantásticos no debería funcionar, pero sin embargo lo hace. Como añadido, aunque antes he comentado que la autora no es explícitamente feminista, sí que cabe destacar cómo los personajes femeninos cobran especial importancia y sus anhelos y preocupaciones resultan centrales en la trama (sobre todo por la esclavitud reproductiva a la que los someten los tanu).

La saga del Exilio en el Plioceno se completó con “El torque de oro” (1982), “El rey nonato” (1983) y “El adversario” (1984), y tras “La intervención” (1987), Julian May cerró la serie, ya en el futuro, con “Jack the bodiless” (1991), “Diamond mask” (1994) y “Magnificat” (1996). “La tierra multicolor” cosechó el premio Locus de ciencia ficción y fue finalista de los premios Hugo y Nebula (que perdió frente a “La estación Downbelow” de C. J. Cherryh y “La garra del conciliador” de Gene Wolfe, respectivamente).

Julian May

(10 de julio de 1931 – 17 de octubre de 2917)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

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~ por Sergio en noviembre 7, 2017.

2 comentarios to “La tierra multicolor”

  1. Vaya, qué disgusto me has dado con la noticia de la muerte de May; precisamente acababa de terminarme la relectura de la Saga del exilio.
    Coincido con tus impresiones del primer tomo, y te recomiendo que sigas adelante, el segundo es todavía mejor, con un final épico. El tercero y cuarto son más de relleno (especialmente el tercero), aunque no están mal.
    Saludos

    • En cola de lectura está. A ver cuándo puedo ponerme con ella (me da, además, que funciona casi más como una novela única partida en dos, porque ese modo de abandonar a la mitad de personajes…).

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