Ventus

El debut del canadiense Karl Schroeder en novela se produjo el año 2000 con “Ventus”, obra que aún no ha sido traducida al castellano, pero que el propio autor puso a disposición de los lectores bajo una licencia Creative Commons en 2007.

Schroeder forma parte de una “generación” de autores canadiense (que también incluye, por ejemplo, a Cory Doctorow y a Peter Watts) que a partir más o menos del año 2000 empezaron a explorar nuevos caminos en el campo de la ciencia ficción dura, abordando cuestiones tales como el transhumanismo, la nanotecnología o la realidad artificial (o ampliada)… entrelazadas con especulaciones filosóficas, sociológicas o antropológicas.

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“Ventus”, en particular, sitúa la acción en un planeta de igual nombre, colonizado mil años antes tras la siembra de nanotecnología terraformadora, que dio origen a los Vientos (una especie de entidades autoorganizadas nanobóticas, que se ocupan de matener en equilibiro la ecología artificial impuesta según los requisitos humanos). El problema es que, por alguna razón desconocida, los primeros colonos perdieron la capacidad de comunicarse con los Vientos, y éstos acabaron considerándolos una amenaza para el equilibrio ecológico del planeta.

Los Vientos establecieron un límite al desarrollo tecnológico y procedieron imponer por la fuerza estrictas restricciones, que dejaron reducida la población colonizadora a unos pocos supervivientes que se vieron obligados a reconstruir una civilización preindustrial, olvidado su pasado al encontrarse los archivos fuera de su alcance.

Así están las cosas cuando nos encontramos con uno de los principales protagonistas, Jordan Mason, un joven artesano que es secuestrado por Calandria May y su compañero Axel, dos agentes provinientes del Archipiélago (el resultado de la modificación postsingularista del Sistema Solar, con trillones de humanos, inteligencias artificiales y un puñado de “dioses”) con la misión de destruir a Armiger, el enviado semidivino de un “dios” loco, 3340, recientemente derrotado y destruido.

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Schroeder se permite iniciar una novela de ciencia ficción dura bajo la apariencia de una fantasía medievaloide (con alguna que otra licencia, en forma de tecnología a vapor), en la que los Vientos (y otros seres conocidos como “mecas”) adquieren características casi sobrenaturales. Poco a poco (muy poco a poco, de hecho), vamos descubriendo que las cosas no son lo que parecen, que en Ventus hay poco que sea natural. La nanotecnología lo permea todo, aunque los hombres hayan perdido la capacidad de interaccionar con ella.

Poco a poco (lo recalco de nuevo), los diáfanos puntos de partida van enturbiándose, a medida, por ejemplo, que un Armiger súbitamente huérfano de propósito comienza a redescubrir su humanidad, o que empieza a hacerse patente la guerra que durante siglos han mantenido los Vientos atmosféricos con los geológicos por una discrepancia en cuanto a su propósito último. Aflora así el contenido filosófico de la novela, con un concepto, la Taliencia, central.

La Taliencia, un término que al parecer ha cosechado cierta relevancia en los círculos filosóficos cercanos a las discusiones sobre inteligencia artificial, parece indagar sobre la posibilidad de una metafísica no humana, una visión del universo que no sea un mero eco de la perspectiva humana. Schroeder dota a su nanotecnología de voz e independencia, jugando con planteamientos que se me antojan un tanto platónicos, en el sentido de que otorga “pensamiento” propio a las ideas, al concepto puro, antes de la intervención/interpretación humana.

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No puedo afirmar que acabe de entenderlo, aunque también tendría que aclarar que personalmente es una especulación que se aleja de mis intereses personales. Tampoco me atrevería a tildarla directamente de neoplatónica, pues lo cierto es que una de las peculiaridades de Schroeder es su predilección (compartida por algunos de sus personajes) por la realidad física, el mundo material, frente a la virtualidad (un planteamiento diametralmente opuesto a la metafísica que podemos encontrar en la obra de Greg Egan).

Dejando de lado estas cuestiones, como obra literaria “Ventus” presenta sus propios desafíos. Ya he dado a entender la lentitud con que evoluciona todo. Se trata de un tomo (físico) de más de seiscientas páginas, al que muy bien podrían recortársele cien, sobre todo al principio, donde el autor se deja llevar en exceso por lugares comunes, con un Jordan Manson que es un prototípico héroe campbelliano que no adquiere personalidad propia hasta muy, muy avanzada la historia.

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La vida en Ventus no es, al fin y al cabo, tan atractiva como el maremagno archipelágico del que apenas se nos muestran unas pocas pinceladas, un desequilibrio que las dotes literarias de Schroeder no logran compensar (oscila entre una funcionalidad y meticulosidad un tanto monótona y la inclusión de alguna que otra construcción gramatical desconcertante). Se trata de un estilo que precisa del brillo de las ideas para resultar atractivo, por lo que la novela gana muchísimos entero a medida que va abandonando el medievalismo y Ventus, el planeta, se va quitando la careta y empieza a revelar su auténtica naturaleza nanotecnológica, dirigiéndose hacia una conclusión apropiadamente apoteósica, en la que los distintos personajes y tramas se entrelazan, poniendo de manifiesto una gran habilidad y un propósito bien definido que no siempre había resultado patente.

En 2005, Schroeder publicó la precuela de “Ventus”, titulada “La señora de los laberintos“, que narra, entre otros asuntos, la guerra con 3340. Por alusiones, queda claro que el autor tenía ya muy claro el año 2000 cómo se había desarrollado, por lo que quizás sea preferible empezar por ella la exploración de su obra (aunque el concepto de Taliencia se encuentra más desarrollado en esta primera obra).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

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~ por Sergio en mayo 6, 2015.

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