Mecanoscrit del Segon Origen

La novela de ciencia ficción española más vendida de todos los tiempos fue escrita y publicada originalmente en catalán en 1974. Obra de Manuel de Pedrolo, el “Mecanoscrit del Segon Origen” (“Mecanoscrito del Segundo Origen”) formó parte de una colección de literatura juvenil de Edicions 62 y pronto ingresó en el circuito escolar, como uno de los libros preferidos como lectura obligatoria en Cataluña. Su popularidad y aceptación lo han mantenido en dicha posición privilegiada desde entonces, con múltiples ediciones que contabilizan por encima del millón de ejemplares vendidos. Disponible también en castellano desde 1984, es un clásico indiscutible del género fantástico nacional, que dio origen a una miniserie producida por TV3 en 1985 y tiene prevista una adaptación cinematográfica para este mismo año.

Antes de pasar a la crítica en sí, me gustaría señalar que, aunque escriba la reseña en castellano (que es el idioma del blog), he leido la historia en versión original, de ahí que sea el título catalán el que identifica la entrada.

La historia se enmarca en el género postapocalíptico, protagonizada por dos jóvenes, Alba, de catorce años al inicio de la historia, y Dídac, de nueve, únicos supervivientes de un ataque extraterrestre que mata a todos los seres humanos, junto con el resto de mamíferos, y derruye los edificios de más de un piso. Protegidos por una barrera de agua al estar sumergidos en una poza durante el cataclismo, los jóvenes emergen a un mundo cambiado, un enorme cementerio en ruinas, entre cuyos restos se ven obligados a protagonizar un nuevo comienzo, a fundar una nueva cultura libre de prejuicios.

La novela sigue su evolución a lo largo de cinco años (ocupando cada uno de ellos un “cuaderno”), documentando sus esfuerzos por sobrevivir y explorar, tanto su nuevo entorno como la relación que se establece entre ambos, mientras se desplazan de los alrededores de Beanura, su pueblo natal, a las ruinas de Barcelona y de ahí en una pequeña expedición de cabotaje por el Mediterrano occidental, recalando de nuevo en los alrededores de la malograda Barcelona para establecer un hogar permanente.

En este aspecto, el “Mecanoscrito del Segundo Origen” tiene poco de novedoso que ofrecer a una temática presente en la ciencia ficción desde 1826 (con la novela “El último hombre”, de Mary Shelley). De hecho, es posible que la inspiración para su escritura proviniera directamente de “El día de los trífidos”, de John Wyndham (1951), traducida al catalán en 1966 por Edicions 62 en la misma colección donde aparecería años después el Mecanoscrit. Alba y Dídac no construyen nada. Se limitan a saquear los restos de la civilización devastada (empeñándose, eso sí, en salvar el máximo posible de conocimientos, con un gran apego a los libros). La meticulosidad descriptiva tampoco es el fuerte del libro, que se contenta con pasar por encima de los acontecimientos con cierto distanciamiento, tanto procedimental (escaso detalle en las acciones) como emocional (sin que ni la soledad ni la tragedia personal de familiares y amigos merezca más que unos breves párrafos).

Su historia cobra relevancia a otro nivel, uno metafórico que invita a reinterpretar la historia como una narración mítica, donde Alba y Dídac dejan de ser personajes para transformarse en casi arquetipos (en particular Alba, cuya personalidad ahoga la de su más joven compañero en su papel múltiple de madre sustituta, instructora, compañera y finalmente amante). El propio estilo refuerza esta lectura, con la obra estructurada en unos trescientos segmentos de unos tres párrafos por término medio (sin incluir los compuestos por breves diálogos), comenzados todos ellos por la conjunción “Y”.

Con ello la obra adquiere una cualidad casi bíblica (una suerte de nuevo Génesis), que eleva las vivencias de la joven pareja al nivel de Mito de Creación (o reCreación). Resulta, además, un rasgo subversivo, que ejemplifica la ruptura con la vieja cultura a través de la trasgresión reiterada de una de las recomendaciones más enfáticas de los manuales de estilo (“Y nunca comenzar con conjunción”).

Porque si por algo destaca la historia es por su empeño en tomar la catástrofe como una oportunidad para hacer tabula rasa y construir una sociedad sin vicios como el racismo (Alba es blanca, mientras que Dídac es negro), los tabús sexuales (algo llevado al extremo en su final) o la religión (un tema abordado con cierto tacto y no pocos circunloquios, posiblemente con el propósito de esquivar la censura franquista, aún activa en 1974).

El “Mecanoscrit del Segon Origen” ejemplifica la destrucción del mundo preexistente y la edificación sobre sus ruinas de uno nuevo, con nuevas reglas, por parte de una juventud libre de todo tipo de control (aunque no así de responsabilidades), lo cual tal vez explique la fascinación que ha ejercido sobre varias generaciones de adolescentes. Desde una perspectiva más cínica (vamos, la mía, que lo he leído con al menos veinte años de retraso), no deja de presentar importantes carencias, tanto de desarrollo lógico (el esfuerzo dedicado a la supervivencia es mínimo y las habilidades técnicas de Alba y Dídac no se corresponden con su edad y supuestos conocimientos previos) como filosófico (la frialdad de los protagonistas, Alba en particular, ante la tragedia y su rechazo sistemático a la idea de buscar otros supervivientes, decisión refrendada artificialmente por el autor a base de la inclusión de un par de pésimos encuentros, bordean la sociopatía).

Quizás sea un error interpretar la historia de forma demasiado literal. La novela se presenta como un mito moderno (desenterrado en un lejano futuro, siete milenios después de la catástrofe). Un rito de madurez por el que una “noia de catorze anys, verge y bruna” (una “chica de catorce años, virgen y morena”) pasa a ser una “dona de divuit anys, bruna y prenyada” (una “mujer de dieciocho años, morena y embarazada”) y, de igual modo, quizás una sociedad adolescente dé paso a otra adulta (de la cual se ofrecen atisbos en el postfacio y que, sin ser perfecta, se muestra más responsable en temas como la proliferación de armas de destrucción masiva).

Desde una perspectiva especulativa, la encuentro muy lejos de obras cumbres del subgénero como “La tierra permanece” o “Soy leyenda”, e incluso diría que como novela de ciencia ficción es bastante normalita. Pero no son esos los parámetros bajo los que cabe enjuiciarla. El “Mecanoscrito del Segundo Origen” trasciende sus etiquetas (no sólo “ciencia ficción”, sino también “juvenil”), apelando a un impulso más primario: el anhelo de renovación (que, sin duda, es muy propio de la juventud y encuentra terreno fértil en la ciencia ficción). Quizás por ello, casi cuarenta años después de su escritura, en un contexto sociopolítico e incluso cultural muy diferente, mantiene su estatus como libro iniciático y fuente de inspiración.

Otras opiniones:

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~ por Sergio en enero 10, 2012.

7 comentarios to “Mecanoscrit del Segon Origen”

  1. Que Crom me perdone por lo que voy a decir, pero yo lo leí el año pasado y me resultó un peñazo.

    • Técnicamente, Crom ni perdona ni condena. Está sentado en su trono de las montañas y se ríe de los mortales.

      Respecto al Mecanoscrit… Personalmente no lo he disfrutado, pero como no tengo la edad de su público primario, aunque sí muchas más lecturas de ciencia ficción a mis espaldas, dada su innegable popularidad (basta con repasar los comentarios de cualquier foro) lo que he procurado ha sido ofrecer un análisis más o menos objetivo de las razones de su éxito continuado (que no se explica sólo por la obligatoriedad de su lectura, pues ello sólo justificaría las ventas, no el buen regusto más o menos generalizado que deja).

  2. Yo le leí en la edad (obligado) y me gustó, pero ya entonces me pareció sociopata y desaprovechaa la historia. Por cierto, “bruna” es morena, no rubia…. creo…

  3. Ojo, que tienes que corregirlo dos veces.

  4. Cuando la historia comienza, Dídac tenía 8 años ;)

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