La Tierra permanece

Uno de los temas clásicos de la ciencia ficción es el de las sociedades postapocalípticas. Curiosamente, algunos de los mejores ejemplos los encontramos en incursiones aisladas dentro del género por parte de autores cuya obra se suele mover por otros derroteros. La reciente “La carretera”, de Cormac McArthy, no es sino uno de los últimos eslabones añadidos a esta cadena, que puede rastrearse al menos hasta “La plaga escarlata” (novela corta de Jack London, publicada en 1912) <EDITADO 31-12-10>Más atrás incluso. Sabía que se me estaba pasando algo. La precursora sería más bien “El último hombre”, novela publicada por Mary Shelley en 1826 (inspirada en el poema en prosa “Le dernier Homme”, de Jean-Baptiste Cousin de Grainville, 1805), aunque por su excesiva dureza cayó en el olvido y sólo fue recuperada en 1965… justo cuando el mundo se enfrentaba a la posibilidad real de la aniquilación total.

En 1949, George R. Stewart, novelista, toponimista y profesor universitario de inglés, publicó su aportación al subgénero, “La Tierra permanece” (“Earth abides”), una obra que alcanzó en su momento un gran prestigio y que ha servido de fuente de inspiración a muchos autores posteriores. Es, por ejemplo, según reconoce el propio King, una de las fuentes de las que bebe su novela “Apocalipsis” (publicada originalmente como “La danza de la muerte” en 1978). De igual modo, no resulta complicado detectar ecos de “La Tierra permanece” en “Soy leyenda” (1954) o también en “Cántico por Leibowitz” (1960).

Precediendo a la psicosis nuclear de los años 50, el desencadenante de la extinción masiva del hombre es una nueva enfermedad, que en cuestión de días se extiende por todo el planeta aniquilando a la mayor parte de la raza humana y dejando a los escasos supervivientes impactados por el desastre, sobreviviendo entre los restos decadentes de una civilización súbitamente extinta.

El personaje principal es Isherwood Williams (conocido por todos como Ish), un joven geógrafo recién salido de la universidad al que cierto día muerde una serpiente en un paraje aislado. Tras una dura convalecencia, cuando por fin puede dirigirse al pueblo más próximo, descubre que mientras se encontraba aislado la muerte se ha abatido sobre la especie humana, dejándolo aparentemente como único superviviente (aunque pronto se le une una perra callejera, a la que bautiza como Princesa).

El primer tramo de la novela (y a la postre el menos inspirado) narra el periplo de Ish, mientras viaja de San Francisco a Nueva York y otra vez de vuelta, registrando los cambios experimentados, ya en tan breve lapso, en una Tierra sin hombres empecinados en dominarla. A lo largo de este periplo, Ish se encuentra en contadas ocasiones con supervivientes, aunque en su mayor parte los categoriza (un poco pedantemente) como demasiado afectados y aferrados al pasado como para pervivir durante mucho más tiempo. Así pues, no es hasta volver a la casa de sus padres (su antiguo hogar) en San Francisco, que encuentra por fin a alguien con quien afrontar una nueva vida: Emma (Em), una mulata unos años mayor que él, con la que forma el núcleo de una futura comunidad.

La novela prosigue narrando la adición de nuevos miembros a este grupo de supervivientes, hasta contabilizar ocho, que pronto empiezan a tener niños y a construir, entre las ruinas de la ciudad, un futuro. Frente a cierta dejadez general (después de todo, los recursos a explotar son casi ilimitados), Ish está empeñado en restaurar los logros de la antigua civilización, aunque sus esfuerzos parecen desde el principio condenados al fracaso, pues la Tribu (como llegan a conocerla) va adaptándose a la nueva situación siguiendo sus propios intereses y necesidades.

Se trata de una novela dividida en tres actos, aunque, al publicarse al margen de los conductos habituales para la ciencia ficción de la época, estos tres actos no son de igual longitud (diseñados para una publicación por entregas), sino que responden a tres “edades” de Ish: juventud (llegada de la epidemia, exploración de sus consecuencias y fundación de la nueva comunidad), madurez (el año 22 del nuevo ciclo, donde se verifica un traumático punto de inflexión en las aspiraciones de Ish) y vejez (muchos años después, con una nueva humanidad ya consolidada en la que Ish no es sino una reliquia de un mundo anterior incomprensible y, al mismo tiempo, una figura mítica).

Desde una perspectiva actual, el principio resulta bastante anodino. Stewart huye de las escenas apocalípticas que hemos llegado a esperar, e incluso se muestra bastante comedido con las huellas del sufrimiento (la hecatombe ha sido tan fulgurante que no ha habido ni saqueos, y la mayor parte de los cadáveres se localizan en los alrededores de los centros sanitarios). La soledad del superviviente es un cliché que, de tan repetido, ya se nos antoja falto de interés. Si a esto le añadimos una alergia absoluta a provocar enfrentamientos artificiales (con bandas de saqueadores, por ejemplo, o con algún otro peligro; escenario que sí exploró un par de años más tarde John Wyndham en “El día de los trífidos”), cuesta comprender la fama de la novela (que hasta este punto no aporta nada que no hubiera esbozada ya en su momento Jack London).

En determinado momento, sin embargo, Ish se encuentra con Em, la tribu comienza a tomar forma, y la reflexión central de la novela va haciéndose patente (con un ritmo muy reposado, sin forzar la máquina).

“La Tierra permanece” es una novela sobre el fin de la civilización, y ésta no acontece con la pandemia. Ése es, únicamente, el deflagrante. Los supervivientes del viejo mundo siguen llevando en su interior la semilla de su civilización, e Ish incluso se esfuerza por crear un terreno propicio para plantarla de nuevo. Las nuevas generaciones, sin embargo, no distinguen las ruinas de la ciudad de un monte o un bosque, para ellos, lo único que ha existido siempre es la tribu. Una de las primeras víctimas del desastre es el alfabetismo (aquí Stewart es un poco producto de su tiempo, al establecer insalvables barreras cognitivas entre la clase obrera, a la que pertenecen el resto de supervivientes, y la clase intelectual, cuyo único representante es Ish; siendo además este desequilibrio transmitido a la descendencia), y con él cualquier habilidad ajena a las necesidades más primarias. Con el paso de los años, la tribu va regresando a los usos y costumbres de una comunidad de la edad de piedra (incluso paleolítica antes que neolítica), con una inexorabilidad histórica a la que ningún individuo aislado puede oponerse.

Con la muerte de Ish, el último americano, se verifica la muerte de la civilización y se abre el futuro a una nueva evolución social, que no tiene el porqué seguir los pasos de la precedente (producto, a juicio del autor, de una serie de accidentes quizás irrepetibles).

Se trata de una idea poderosa. Teñida, eso sí, de cierto pastoralismo, que idealiza las virtudes de una sociedad de cazadores-recolectores y minimiza el terrible esfuerzo que conlleva en esas circunstancias la mera supervivencia (no es ésta la única faceta forzada en pro de sustentar la tesis de la novela, pues hay giros de la trama en los que se aprecia un férreo diseño, pero el fin, en este caso, justifica los medios).

La profundidad de las reflexiones de Ish y de las sublecturas que es posible encontrar en el texto contrastan vivamente con la tradición de ciencia ficción de la época (al menos en su encarnación americana, muy influida por el pulp y el sentido de la maravilla de la Edad de Oro). Así pues, cabe destacar, como no podía ser de otra manera, la gran importancia de los nombres en la novela. Ish y Em, en hebreo, corresponderían a “hombre” (según la traducción más aceptada en la época) y “madre”, lo cual no es sino la primera pista para la reinterpretación de la historia como una versión del mito de Adán y Eva (con serpiente, como figura simbólica de la expulsión del paraíso, incluida).

Aparte del Génesis, otros libros del Antiguo Testamento encuentran su reflejo en “La Tierra permanece”, título que ya para empezar no es sino una cita del Eclesiastés (uno de los libros sapienciales, que invita a tomar los acontecimientos tal y como se presentan, aprendiendo a disfrutar de la vida en cada momento pues todos lo caminos conducen por igual a la muerte), mencionado expresamente en las reflexiones de Ish. Otra de las citas corresponde a “El cantar de los cantares”, celebrando el amor de Ish y Em (utilizado quizás en parte para introducir cierto erotismo en la historia, sin por ello buscarse problemas con la moral de la época, ya bastante desafiada con la multirracialidad de la pareja). Curiosamente, tanto el protagonista como la propia historia son patentemente escépticos (así se describe Ish, por no utilizar el menos contemporizador término de “ateo”), por lo que esta conexión bíblica podría tener raíces más antropológicas que religiosas.

Respecto a Ish, otra posible etimología adicional del nombre la encontraríamos en Ishi, el último indio salvaje de los Estados Unidos. En 1912, tras toda una vida alejado de la civilización invasora (los mineros, atraídos por la fiebre del oro a la costa este, habían masacrado a su tribu, los yahi, hasta el punto que para cuando apareció ya era el último, con sólo otros 40 representantes del Pueblo Yana, del que los yahi formaban un subgrupo, subsistiendo en reservas). El paralelismo entre Ish e Ishi es evidente, pues fue también el último representante de una civilización, de la edad de piedra en su caso, abocada a la extinción (que se verificó en 1916 con su muerte por neumonía).

Para terminar, no puedo sino comentar algo sobre el fundamento científico de la novela, pues entra de lleno en mi campo. La idea de una infección capaz de destruir hasta tal extremo la raza parece provenir de los estudios sobre la mixomatosis en los conejos (por esas fechas había en marcha iniciativas para acabar con lo que se consideraba una plaga mediante pandemias artificiales). De igual modo, la aplicación de las matemáticas a los estudios ecológicos estaba a la orden del día, con la ampliación de las ecuaciones de Lotka-Volterra (1927) para los equilibrios predador-presa, incluyendo relaciones adicionales como parasitismo (con el caso extremo de la infección mortal) o mutualismo (derivados de los trabajos de 1936 del matemático ruso Kolmogorov).

Intercalados en la acción de la novela, nos encontramos con diversos extractos que muestran los efectos de la desaparición del hombre. Dichos efectos suelen ser perniciosos para las especies domesticadas (que han unido su éxito biológico al de los seres humanos), mientras que el resto debe sufrir una serie de vaivenes hasta encontrar un nuevo equilibrio. Por añadidura, los grandes logros de la humanidad, sin supervisión, van decayendo: las carreteras se cortan por derrumbes, los puentes se herrumbran, los conductos hídricos revientan, los incendios avanzan sin control…). Entre todos, ofrecen la visión global de una Tierra reajustándose a la desaparición de su “amo”. Tal y como afirma la cita del eclesiastés: “Los hombres vienen y van, pero la Tierra permanece”.

La novela obtuvo en 1951 (el primer año en que se otorgó) el International Fantasy Award, concedido a la mejor novela de fantasía o ciencia ficción del año a juicio de un conjunto de aficionados de todo el mundo. El galardón se fallaría anualmente hasta 1955, y de nuevo en 1957, antes de desaparecer, eclipsado quizás por el Premio Hugo, que empezó su andadura en 1953 (aunque tuvo tiempo de distinguir obras tan importantes como “Ciudad” de Simak, “Más que humano” de Sturgeon y “El señor de los Anillos” de Tolkien).

Otras opiniones:

~ por Sergio en diciembre 30, 2010.

Una respuesta to “La Tierra permanece”

  1. Leí este libro hace 3 ó 4 años, y recuerdo que me gustó, aunque a ratos me pareció un poco parado. Lo que más recuerdo es cuánto se esforzaba el protagonista por intentar que el recuerdo de la civilización que él conoció no desapareciera con su generación. Supongo que en un grupo tan pequeño es más improobable encontrar a una persona que sienta auténtica curiosidad por su entorno.
    He leído otras novelas de este tipo, sobre la aniquilación de la humanidad por alguna enfermedad. Me viene a la memoria Un mundo vacío, de John Christopher, aunque es un enfoque algo más juvenil del tema.

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