Generatio aequivoca

Aún estoy empantanado con la preparación de la Hispacon, así que me veo obligado a seguir fagocitando textos antiguos. En este caso, y en honor de las fechas en que nos encontramos, rescato un cuento breve, publicado originalmente en el tristemente desaparecido fanzine Miasma (en su número 3, de agosto de 2006). Lo más difícil ha sido encontrar una imagen para ilustrarlo que no fuera demasiado gráfica o de mal gusto… para eso ya está el texto, a tenor de las críticas que recibió en su momento, aunque yo lo encuentro asépticamente científico.


Generatio aequivoca


Ya tengo escogido el lugar donde deben dejar tirado mi cadáver. Es un claro bastante agradable, durante todo el día el sol y la sombra disputan su supremacía sobre él. He especificado que me dejen boca arriba, no quiero ponerle las cosas difíciles a la primera escuadra. Saber cuándo y cómo vas a morir te concede al menos la satisfacción de dejar ciertas cuestiones bien atadas.

Será un experimento interesante. La posibilidad de ver frustrada mi última voluntad en caso de que me declaren mentalmente incapacitado me impide proclamarlo, pero la principal razón por la que lamento morir es porque no podré estudiar los datos que mi descomposición proporcionará, atiborrado como estoy de todo tipo de drogas anticancerosas. Una oportunidad única, ¡y me la voy a perder por completo!

Bueno, no exactamente.

Cierro los ojos, casi la única actividad que no me cuesta un esfuerzo sobrehumano, y me pongo a pensar en mi claro del bosque.

Me trasladarán inmediatamente después de que el doctor certifique mi muerte, sólo serán un par de cientos de metros, unos diez minutos, no tendré tiempo de enfriarme, eso es muy importante. Estaré vestido para la ocasión con algo ligero, que dejará suficiente piel a la vista; en mi estado, ya no me importará que haya empezado a refrescar. Reposaré sobre un lecho de hojas caídas, bullendo de fauna saprofítica; unas condiciones perfectas.

Primero será mi propia flora intestinal la que prolifere, cien billones de bacterias enfrentadas a la desaparición de su cómodo hábitat. Tampoco los nemátodos ni los hongos endosimbióticos se quedarán atrás; será una carrera por la supervivencia. Se extenderán por los intestinos y a través de los conductos sanguíneos y linfáticos, agotando rápidamente todo el oxígeno disponible. Darán comienzo entonces los procesos anaeróbicos. La albúmina será descompuesta en gases simples, como dióxido de carbono, amoniaco o sulfuro de hidrógeno. Estos gases se irán acumulando hasta reventar mi intestino, despejando el camino para que la podredumbre pueda extenderse a otros órganos. En unas horas, todo mi cuerpo estará en fermentación, liberando al exterior las señales químicas que guiarán a los primeros organismos carroñeros hacia mí.

Con toda seguridad, las primeras en acudir serán las Lucilias, con su brillante exoesqueleto verde. Revolotearán en torno a los orificios expuestos: orejas, ojos, fosas nasales y boca. Poco después, llegará el resto de los dípteros que componen la primera escuadra de la muerte: la Sarcophaga argyrostoma, la Musca domestica, la Hidrotaea irritans, la Graphomya maculata… decenas de especies distintas, compitiendo por depositar sus huevos en los mejores lugares.

Entomofauna

En unas veinticuatro horas, dependiendo de las condiciones atmosféricas, se reproducirá el viejo milagro de la generación espontánea, y los huevos depositados empezarán a eclosionar, liberando las correspondientes larvas. La competición se trasladará al terreno de devorar mi carne en descomposición con la mayor diligencia posible. A pesar de los productos químicos que impregnan mis tejidos, quizás con un poco de retraso, pasarán a través de todos sus estadios hasta alcanzar la fase de pupa, aunque antes, en el tercer estadio, habrán buscado regiones menos concurridas donde poder seguir creciendo sin trabas. Antes de que la masa de larvas reviente mi piel, ya habrán hecho su aparición las hormigas y los coleópteros predadores, como los Staphylinidae, los Histeridae o los Necrophorus, así como las avispas parásitas, que pondrán sus huevos en larvas ajenas para que su propia descendencia se alimente de ellas.

Por supuesto, el proceso de putrefacción no se habrá detenido en todo este tiempo. Las bacterias fermentadoras se habrán visto obligadas a buscar nuevos sustratos que descomponer, generando nuevos productos de deshecho que serán atractivos para nuevas especies necrófagas, tanto dípteros como coleópteros o ácaros. Por su parte, los desgarros multiplicarán la superficie expuesta para la oviposición.

A las dos semanas aproximadamente habrá empezado la fase de putrefacción negra. Los fluidos internos se derramarán y mi carne expuesta ennegrecerá. Las especies pioneras habrán ido dejando paso a las más tardías, aunque varias generaciones de larvas en distintos estadios de desarrollo se apresurarán en aprovechar los últimos bocados de carne, mucho más digerible tras varios días de continua masticación. Incluso aumentará, por última vez, la temperatura de mi cuerpo por la intensa actividad desarrollada por los insectos.

Unos días después, apenas quedará carne blanda que aprovechar. La fermentación producirá principalmente ácido butírico y su olor, semejante al del queso curado, atraerá a una nueva fauna capaz de aprovechar lo que quede de mis restos, que se irán desecando poco a poco durante todo un mes. Las partes de mi cuerpo en contacto con el suelo se cubrirán de moho. Será el turno de los coleópteros carroñeros y sus larvas, con sus fuertes mandíbulas capaces de desgarrar carne seca, piel, tendones e incluso huesos; los Dermestes y los Trogidae entre otros, que no habrán podido acudir antes debido a los productos de desecho de algunas larvas de dípteros, que les son tóxicos. También se presentará, en grandes cantidades, la última mosca, la Piophila casei, con sus larvas saltadoras.

Finalmente, en un par de meses, no quedarán de mí sino los huesos y la materia menos digerible, el pelo. Pero no terminará ahí el proceso de reciclaje. Incluso ese alimento tan poco nutritivo servirá para sustentar a los últimos participantes en el festín: las polillas de la familia Tineidae. Por su parte, aún proliferarán unos pocos ácaros, alimentándose de las bacterias, que habrán sido las primeras en comenzar el proceso de descomposición y las últimas en concluirlo.

No me importa lo que sea después de mis huesos. Pueden recogerlos e incinerarlos, o simplemente dejarlos en el mismo lugar como elocuente epitafio a mi vida y a la obra a la que la he consagrado. Todo lo importante, la materia que una vez estuvo viva, habrá vuelto a la naturaleza para ser reutilizada. El ciclo se habrá cerrado: la muerte habrá generado vida y así es, después de todo, como tienen que ser las cosas.

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~ por Sergio en octubre 30, 2009.

4 comentarios to “Generatio aequivoca”

  1. Sí, sí muy científico. Después de esto,a mí que me incineren.

  2. Pobres larvitas. ¿Que no tienen derecho a darse un homenaje de vez en cuando?

  3. La foto es una monadita.

  4. Me alegro de que te guste. La estuve seleccionando con mucho cariño después de comer.

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