Tomorrow’s parties: life in the anthropocene

Twelve Tomorrows es una serie de antologías de ciencia ficción promovidas por el MIT, en colaboración con su revista Technology Review. La iniciativa arrancó en 2011 con «TRSF», un volumen que reunía a doce autores con relatos inéditos y un ilustrador, para ofrecer un avance del impacto que tendrían en un futuro cercano las nuevas tecnologías. Desde entonces, se han publicado siete volúmenes más, con una cadencia inicialmente bianual y anual desde 2020, contando además con un editor invitado a partir de 2014 y un tema unificador (junto con un título descriptivo) desde el 2020. Es, claramente, una iniciativa que se va consolidando poco a poco y que va encontrando un nicho bien consolidado.

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El último volumen hasta la fecha es «Tomorrow’s parties» (2022), compilada por Jonathan Strahan. Strahan es un crítico (trabajando sobre todo para Locus) y editor australiano, que acumula veintiún nominaciones al premio Hugo (sobre todo en la categoría de fancast, por el podcast Coode Street, en la que cuenta con una victoria) y siete a los World Fantasy Awards (con un galardón especial en 2010 por su labor como editor). Donde de verdad ha destacado, sin embargo (aparte de los premios específicos australianos), ha sido en los Locus, donde acumula sesenta y ocho menciones y cuatro premios a otras tantas antologías (dos de ellas coeditadas por Gardner Dozois).

El tema escogido, sintetizado en el subtítulo «Life in the anthropocene», apunta hacia las dificultades que esperan a nuestros hijos en un mundo transformado por el cambio climático y dominado por contradicciones surgidas de la obsolescencia de nuestros modelos socioeconómicos. Las pautas propuestas por el antólogo, sin embargo, apuntan a la obligación de evitar caer tanto en la distopía fácil como en futuros falsamente optimistas y si bien lo cierto es que todos los cuentos se inclinan más hacia lo distópico (desde nuestro punto de vista), sí que se percibe cierto esfuerzo por lograr que para los personajes sea simplemente su realidad, aquella en la que les ha tocado vivir, sin perder tiempo ni energías en comparar su presente con lo que podría haber sido (el grado de éxito en este empeño es variable, pero ya llegaremos a eso).

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Antes de pasar a comentar las distintas aportaciones, quisiera detenerme en Sean Bodley, el artista escogido no solo para crear la ilustración de portada, sino también los pequeños esbozos que anteceden a los cuentos (sin que tengan nada que ver con ellos, sino conformando más bien una sucesión de variaciones temáticas). Bodley es un artista afincado en California que trabaja fundamentalmente como dibujante de fondos para Rick y Morty, fascinado también por el cambio climático, como puede apreciarse en su página web.

Pese a seguir denominándose la serie «Twelve Tomorrows» en este caso en concreto solo son diez las ficciones que componen la antología, antecedidas por una breve entrevista al autor que tal vez mejor haya encarnado el espíritu de esta temática a lo largo de las últimas décadas: Kim Stanley Robinson. Tras esta introducción, que examina el efecto del capitalismo sobre el desarrollo del antropoceno (la era durante la cual la existencia de la humanidad está teniendo un efecto geológico en la Tierra), abre el fuego Meg Ellison con un relato bastante típico de la antología, «Drone pirates of Silicon Valley», que describe a un grupo de jóvenes que, por diversión, diseñan un sistema para interceptar y desvalijar drones de reparto. Es una historia a futuro ultracercano, que examina en realidad la brecha entre privilegiados y necesitado y que por desgracia incurre en el pecado más prevalente de la antología que es el moralismo previsible.

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Más sugerente es «Down and out in exile park», del escritor británico-nigeriano Tade Thompson (autor de la trilogía de «Rosalera«). En este relato nos muestra una comunidad anarquista fundada sobre una gigantesca masa de desperdicios flotantes arrastrada por las mareas al Golfo de Guinea, frente a la costa de Nigeria. La historia versa sobre un experto externo que es conducido a este lugar, Exile Park, para estudiar el efecto que podría tener sobre el experimento social la pérdida de un importante factor aglutinador. Es un cuento interesante en su descripción de una sociedad alternativa, aunque hace trampas para poder justificarla y, a la hora de la verdad, cierra un tanto en falso sin molestarse en ahondar en sus ideas.

El mejor cuento de la antología es para mí el de Daryl Gregory, «Once upon a future in the west». También es el más osado estructuralmente, al dividir su acción en tres líneas aparentemente independientes, que siguen a tres personajes californianos: una doctora online con una hija autista, el último cowboy (transportista de la casi ilegal carne) y un bróker del mercado de la fama con personalidad múltiple. La historia, casi, casi sucumbe a sus propios excesos, porque no deja piedra sin volver en su afán por mostrarse proyectiva, pero al final casi todo encaja de forma satisfactoria (incluyendo, por los pelos, cierto cameo sorpresa de cierto actor famoso). Por contra, le tenía muchas ganas, como no podía ser de otra forma, a la aportación de Greg Egan, «Crisis actors», pero aunque tiene ideas interesantes (un apunte hacia la noción de que nadie está a salvo de sucumbir a ideas irracionales, incluso aquellos que se consideran por encima de ellas), acaba discurriendo por un camino un tanto facilón (por no hablar de que abandona mayormente la especulación extrema que es su fuerte en favor de un comentario social más en la línea de «Teranesia»).

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Son problemas exacerbados en «When the tide rises», de Sarah Gailey, un cuento cuyo desarrollo no presenta la más mínima sorpresa en el que posiblemente sea el escenario más distópico de la antología. Se trata de la narración en primera persona de una trabajadora en una plantación submarina, totalmente atrapada por un sistema explotativo, hasta el punto de convertirse en una colaboradora activa de su propia situación de dependencia socioeconómica. ¿Sutileza? ¿Para qué? En cuanto a «I give you the moon», de Justina Robson, tal vez sea el cuento que mejor se ajuste a la premisa de la antología. Es una historia intimista de un padre y su hijo, en un mundo postcapitalista en el que el trabajo (de naturaleza ecológica, en su caso) proporciona beneficios sociales que permiten obtener determinadas ventajas de ocio. Es, literalmente, un cuento, sobre vivir tus sueños durante el antropoceno maduro, que pone en relieve no solo las dificultades, sino también las nuevas posibilidades.

En el otro extremo, «Do you hear the fungi sing?», del escritor chino Chen Quifan la calificaría más como fantasía que como ciencia ficción, al tratar sobre una funcionaria gubernamental encargada de convencer a un pueblo remoto de integrarse en la gran red de vigilancia estatal. El cuento apela descaradamente a un ecologismo simplón, sin entrar a fondo en el tema de la privacidad (de hecho, no estoy seguro de si puede considerarse una crítica o un apoyo a las políticas chinas… ambigüedad que no deja de tener cierto mérito). La que sí es decididamente una brutal distopía de vigilancia es «Legion», de Malka Older. El problema es que estoy casi seguro de que la autora no tenía esa intención, sino que tan solo pretendía escribir una fábula feminista no solo totalmente irrealizable (por mil implicaciones perniciosas diferentes del sistema de control propuesto), sino burdamente manipulativa en su argumentación.

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«The ferryman», de Saad Z. Hossain, que por suerte confía más en la sutileza para trasmitir su mensaje, conformando uno de los cuentos más sugerentes en lo especulativo. En un mundo en que gracias a los avances médicos la muerte ha sido proscrita (al menos para las clases más pudientes), el último enterrador es un paria, despreciado por aquellos que han de recurrir por culpa de su precaria situación económica a sus servicios. De nuevo tenemos la brutal separación de clases y la pelea no ya por dinero, sino por prestigio social (aunque en el fondo es la misma lucha de siempre). También es uno de los cuentos que más se toma en serio su trabajo de buscar un rayo de esperanza más allá de los desafíos del futuro (aunque también es cierto que es uno de los cuentos menos creíbles, o menos cercanos, desde una perspectiva tecnológica). «Tomorrow’s parties» cierra con «After the storm», de James Bradley. que es sin duda el cuento menos memorable de la antología. De hecho, me cuesta determinar, un par de semanas después de terminar de leerla, de qué iba exactamente. ¿Refugiados climáticos? ¿Relaciones paterno filiales complicadas? Poco, muy poco a lo que aferrarse y menos para justificar su inclusión en la antología..

Como todas las compilaciones, «Tomorrow`s parties» es un tanto irregular. Su condición de antología temática, además, la lastra un poco a veces, porque parece estar predicando a conversos y eso, en el fondo, es poco estimulante. Las ideas en sí puede que sean socialmente polémicas (por culpa de la extrema polarización ideológica que estamos viviendo de un tiempo a esta parte), pero decantarse por una visión en concreto con poca o ninguna autocrítica resulta intelectualmente aburrido. No he encontrado en el libro ninguna idea realmente desafiante (salvo irónicamente la de «Legion», aunque no es precisamente el tipo de desafío que estoy proponiendo) y, a la postre, eso convierte (casi) todos los relatos («Legion» inclusive) en previsibles.

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Por otra parte, la antología constituye un buen ejemplo del tipo de relato que más se lleva hoy en día, en el que la especulación tecnológica (e incluso, aunque en menor medida, social) queda supeditada (o quizás habría que decir mediatizada) por la experiencia subjetiva de los personajes. Sus sentimientos son el filtro a través del cual vemos esos diez futuros, y ese enfoque presenta tanto fortalezas como debilidades (hace, por ejemplo, muy difícil plantear los desafíos que mencionaba, porque el éxito del relato entre el público depende en buena medida de su capacidad para establecer una relación empática con sus lectores, algo que desde luego no se consigue obligándoles a cuestionarse sus convicciones).

En general, sin embargo, cumple con el objetivo que se había planteado, que era el de ofrecer unos atisbos de un futuro posible que para nuestros descendientes no sería más que un presente ineludible al que tener que adaptarse. Tal vez sea una representación que pueda movernos, mejor que cualquier futuro apocalíptico, a tratar de mejorar en la medida de nuestras fuerzas sus opciones.

~ por Sergio en febrero 7, 2023.

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