Contra la distopía

Desde los mismo inicios de la ciencia ficción ha existido un anhelo por mostrar futuros deseables, dando así lugar a la literatura utópica (con antecedentes tan antiguos como sofocracia de Platón). De hecho, podría defenderse que la primera obra de ciencia ficción fue una utopía (la «Nueva Atlántida«, de Francis Bacon). Durante siglos, los futuros deseables predominaron, desembocando todo ello en el auge de literatura utópica de finales del siglo XIX, cuyo máximo exponente fue «El año 2000«, de Edward Bellamy. 

En esas mismas fechas, y como reacción en contra, empezaron a aparecer historias críticas con las propuestas utópicas que, por el contrario, mostraban los resultados indeseables de aplicar esas nuevas ideas. Había nacido la distopía y, al menos durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, se estableció una suerte de diálogo entre utopías y distopías. Con el paso del tiempo, sin embargo, las propuestas utópicas empezaron a perder el favor del público y, por el contrario, las distopías o antiutopías no solo siguieron conservando su popularidad, sino que dieron origen a algunas de las obras más celebradas ya no solo de la ciencia ficción, sino incluso de la literatura del siglo XX (tales como las tres grandes: «Un mundo feliz«, «1984» y «Fahrenheit 451«).

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Todavía se siguieron publicando utopías, como «Walden Dos» (B. F. Skinner, 1948) o «Ecotopía» (Ernest Callenbach, 1975), pero no cabe duda de que su reverso oscuro acabó ganando por goleada, llegando a la situación actual, en la que no solo se escriben más distopías que nunca, sino que el subgénero ha logrado trascender los límites de la ciencia ficción y ha conquistado tanto la literatura juvenil (que eso sean auténticas distopías es debatible) como el mainstream, con aportaciones de autores como Cormac McCarthy («La carretera», 2006), Ian McEwan («Máquinas como yo», 2019) o la recientemente publicada novela póstuma de Almudena Grandes, «Todo va a mejorar».

Frente a esta situación, Francisco Martorell Campos, doctor en filosofía, especializado en la literatura utópica y distópica, con su tesis de 2015 «Transformaciones de la utopía y la distopía en la posmodernidad», se propuso analizar desde una perspectiva crítica el género distópico, lo que ha llevado a la publicación del ensayo «Contra la distopía. La cara B de un género de masas» (La Caja Books, 2021).

Ya desde el mismo principio confiesa una intencionalidad política. El libro se relaciona con otro ensayo previo, «Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla», y su tesis, a grandes rasgos, expone la inutilidad de la distopía como literatura movilizadora, presentándola más bien como abanderada de una ideología conservadora que, a través de mecanismos como la exageración o la descontextualización, invita realmente al conformismo y fomenta la inmovilidad.

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No puedo afirmar que esté completamente de acuerdo con todo lo expuesto. Para empezar, el análisis de las distopías es sincrónico, es decir, las examina desde una perspectiva actual, mientras que yo, por formación, no puedo evitar la visión diacrónica (a menudo la he calificado de evolutiva), sin poder además disociar cada obra del contexto histórico en que surge (sobre todo, en este caso en concreto, del diálogo entre utopía y distopía, que se viene desarrollando desde hace más de un siglo). También me ha parecido percibir cierto sesgo interpretativo, que nace precisamente de esa intencionalidad política, que apunta hacia una visión utópica muy concreta y que ignora (o eso me ha parecido) que la distopía, al contrario que la utopía, no siempre propone un futuro probable o siquiera plausible, sino que presenta a menudo una exageración premeditadamente metafórica cuyo objetivo no es tanto prevenir de un peligro concreto como explorar una faceta extrema de la naturaleza humana (algo que es especialmente perceptible en autores como Robert Silverberg y Brian Aldiss).

Esto, sin embargo, no es óbice para que también esté muy de acuerdo con muchos de los puntos que toca, en especial por lo que respecta a la ideología reaccionaria que se esconde detrás de muchas distopías antiguas y actuales (siendo especialmente prevalente en la literatura juvenil, donde además se produce un blanqueamiento del presente) y a la necesidad (casi diría que obligación por parte del escritor contemporáneo de ciencia ficción) de contrarrestar ese pensamiento pesimista mayoritario con una nueva oleada de literatura (y filosofía) utópica que nos proporcione no solo fantasmas que temer, sino también ideales a los que aspirar.

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A efectos estructurales, tras una pequeña introducción, el primer bloque del libro está dedicado a analizar la actual moda distópica (bautizada como Distopiland), para a continuación pasar a definir y analizar la distopía en sus diferentes manifestaciones. Tras ello, la que quizás sea la parte crucial del ensayo se dedica a desarrollar diez críticas específicas contra la distopía, poniendo de manifiesto que en este género, definitivamente, no es oro todo lo que reluce (desde la exaltación del individualismo a la obsolescencia de algunas visiones distópicas clásicas, la entronización de un falso naturalismo o de lo real frente a lo virtual o la glorificación del trabajo como mecanismo de explotación). Por último, compendia todo lo tratado en doce tesis, que buscan caracterizar la actual iteración de la literatura distópica.

Todo ello tremendamente interesante y completo, pero no puedo evitar pensar, sin embargo, que «Contra la distopía» es un poco injusta con el objeto de su crítica (sobre todo con algunos de los títulos más clásicos) y quizás peca un poco de descontextualización (o incluso recontextualización). No siempre y no toda la distopía se ha visto aquejada de estos sesgos y carencias… aunque conocerlos constituye ya no solo una gran ventaja, sino incluso diría que un deber para todos cuantos aspiren, pese a todo, a contribuir a ampliar las filas del frente distópico. Sea como sea, lo absolutamente innegable es la profundidad y extensión de este análisis, que se apoya en decenas y decenas de obras (tanto literarias como cinematográficas… quizás inclinándose más de la cuenta hacia la versión audiosivual en los casos en que ha habido adaptaciones) y en una bibliografía minuciosa y extensa.

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En resumidas cuentas, un libro muy interesante, que debería ser obra de referencia ya no solo para quien esté pensando en escribir su propia distopía, sino sobre todo para quienes se atrevan a recoger el guante y se animen a pensar en positivo. En un tiempo en el que no solo la distopía parece estar de moda, sino en el que además el futuro, se mire como se mire, se presenta negro, es casi un deber de los autores de ciencia ficción no tirar por lo fácil, currárselo y buscar ese esquivo rayo de esperanza que nos impulse a tratar de alcanzar un futuro mejor.

Otras opiniones:

~ por Sergio en noviembre 18, 2022.

Una respuesta to “Contra la distopía”

  1. Parece una obra interesante. Me la apunto.

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