El océano al final del camino

En 2014 Neil Gaiman ganó su vigésimo premio Locus (el tercero de novela, sin contar un par de victorias en la categoría de novela juvenil) por “El océano al final del camino” (“The ocean at the end of the lane”, 2013).

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Se trata de una novela engañosamente simple y engañosamente infantil (porque su protagonista y narrador tiene durante la mayor parte de la historia siete años), que ahonda en los grandes temas del autor, ofreciendo sin embargo una narración más fresca y personal, quizás porque bebe también de la infancia del autor (aunque en modo alguno puede considerarse autobiográfica, no más que como retrato de un punto concreto de cualquier infancia que toma como referencia elementos de la propia).

La historia arranca con un adulto de cuarenta y siete años innominado que acaba de asistir al funeral de uno de sus padres. Tras él, retorna a su antiguo barrio y acaba recorriendo hasta el final una carretera secundaria, que desemboca en la granja Hempstock. Allí, entre vagos recuerdos de una niña llamada Lettie a la que conoció cuarenta años atrás, acaba contemplando un estanque que la niña llamaba su océano… y se abren las puertas de su memoria y retrocede a la época inmediatamente posterior a su séptimo cumpleaños.

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En aquella época sus padres empezaban a pasar estrecheces económicas y alquilaban una habitación de la casa. El último inquilino, un comerciante de ópalos, roba el coche familiar, conduce hasta el final del camino que desemboca en la granja Hempstock y se suicida por haber cometido un desfalco. Este hecho pone en marcha una serie de acontecimientos que acaban involucrando el niño con las tres mujeres Hempstock: abuela, madre e hija… y con planos de la realidad más allá del nuestro y las criaturas que los habitan.

Gaiman demuestra una vez más que es tal vez el mejor cultivador moderno de la fantasía mítico-feérica. El niño entra en contacto con un mundo mágico, una realidad (o muchas) complementaria a la nuestra, en la que la familia Hempstock parece ostentar cierta autoridad. Por desgracia, las acciones del suicida han atraído a un ente poderoso (una “pulga”, la llama la abuela Hempstock) y pese a las buenas intenciones de Lettie, no solo logra penetrar en nuestra realidad, sino que empieza a afectar a todo el barrio y amenaza directamente a la familia del niño. Se impone, por tanto, una acción más decisiva, que puede conllevar repercusiones insospechadas para el niño o incluso para las propias mujeres Hempstock.

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Toda la novela bebe de diversas mitologías y tradiciones folclóricas, quizás más incluso que en elementos específicos (que los hay) en el tono general, que en muchos aspectos asemeja un rito de revelación mistérico. Gaiman logra urdir con gran habilidad el “universo” (nunca mejor dicho) mágico, labor en la que sin duda resulta de gran ayuda el que el punto de vista sea el simple y desprejuiciado de la infancia. Es, eso sí, una infancia que empieza a despertar a preocupaciones ignotas hasta el momento.

Realizar una exégesis de “El océano al final del camino” no resulta una tarea fácil, porque en su confección se entrelazan muchas hebras. Yo, ahora, voy a seguir una de ellas, aunque estoy seguro de que no es la única vía interpretativa. Me centraré para ello en “el final del camino”, fijándome en la importancia de la muerte como una de las nuevas verdades a las que está despertando el protagonista (en este aspecto, podemos relacionar esta novela con la anterior “El libro del cementerio”, de 2008).

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Por supuesto, el tema ya se plantea de entrada con el motivo del entierro familiar, pero es que luego los recuerdos de niñez comienzan con la muerte de un gatito (la primera mascota del niño) y el suicidio del inquilino. A lo largo de la historia, el propio protagonista llega a descubrir el temor por la muerte (todo lo que un niño que se considera inmortal, como todos los niños, puede temerla) y asistimos a algo parecido a la muerte de poderes mucho mayores que los de un simple humano.

Junto con este gran tema, y por culpa de la influencia de la pulga en su vida, el niño experimenta situaciones inconcebibles y apenas comprensibles a sus siete años, como la violencia ejercida sobre él por su padre o la incomprensible amenaza a la estabilidad familiar que representa un adulterio, e incluso se ve enfrentado a decisiones dificilísimas, que le obligan no solo a replantearse la seguridad hasta entonces asumida del mundo, sino a descubrir la responsabilidad por sus acciones y desarrollar un incipiente sentido ético.

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Este análisis, sin embargo, deja de lado la parte del “océano”, y ahí tenemos toda una serie adicional de sublecturas que apuntan hacia lo trascendente: la esencia de la realidad, los límites del conocimiento e incluso la naturaleza de la divinidad; o también podría haber examinado lo que la novela tiene que decir sobre las diferencias y semejanzas entre niñez y adultez, sobre el niño que se halla escondido dentro de todo adulto y sobre el frágil y no del todo confiable lazo entre ambos que es la memoria.

Muchos, muchos temas para una novela tan breve y tan aparentemente simple, que acaba revelándose, al igual que el estanque de Lettie, en todo un océano del que pueden extraerse una infinidad de revelaciones, que justifican sobradamente este premio con el que, para variar en lo que respecta a Gaiman, estoy más que de acuerdo.

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Aparte de ese premio Locus que comentaba, “El océano al final del camino” resultó finalista de otros muchos premios relevantes, empezando por el Nebula, que acabó cosechando Ann Leckie por “Justicia auxiliar”. Su principal competidora en el terreno de la fantasía, y la que de hecho le arrebató los premios World Fantasy y Britisth Fantasy, fue “A stranger in Olondria”, de Sofia Samatar; el Mythopoeic, por su parte, recayó en Helene Wecker por “Los viajeros de la noche” (penalizadas ambas en los Locus por tratarse de primeras novelas).

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en septiembre 27, 2022.

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