Más allá del hielo

El equipo de Douglas Preston y Lincoln Child constituye un prolífico dúo de escritores de bestsellers, que debutó en 1995 con “El ídolo perdido”, la primera de sus novelas sobre el agente del FBI Aloysius Pendergast (a día de hoy la serie suma trece). En ella ya se mostraban las líneas generales de su estilo, cercano al technothriller aunque con cierta inclinación hacia la novela de aventuras y el policíaco.

Aparte de ellas, los dos autores han firmado otros diez títulos, tanto sueltos como pertenecientes a ciclos menores. Entre ellos se cuenta “Más allá del hielo” (“The ice limit”, 2000).

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La historia versa sobre los esfuerzos de un equipo de ingenieros estadounidenses, liderados por Eli Glinn, un antiguo zapador militar reconvertido en líder de una empresa especializada en llevar a término macroproyectos de ingeniería aparentemente imposibles. En esta ocasión han sido contratados por el multimillonario Palmer Lloyd (el séptimo hombre más rico de la Tierra), obsesionado por reunir las mejores piezas del mundo (tanto expositivas como humanas) para su museo privado de historia natural. En esta ocasión, el objetivo es un meteorito, el mayor jamás encontrado, que ha sido localizado en una pequeña isla en el Cabo de Hornos, el territorio más al sur de la Tierra que no pertenece a la Antártida.

Las dificultades del proyecto tienen que ver por un lado con las bajas temperaturas y las malas condiciones de navegación en la zona, por otro con la necesidad de despistar a las autoridades chilenas para llevarse el premio sin que se enteren, pero sobre todo con el extraordinario peso del meteorito, estimado originalmente en diez mil toneladas por el experto Sam McFarlane, ex socio del descubridor original, al que el hallazgo le costó la vida. A la postre, sin embargo, resulta rondar más bien las veinticinco mil, lo cual pone a prueba hasta los más exagerados márgenes de seguridad de Glinn.

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Así, durante toda la primera parte de la historia tenemos un technothriller bastante típico, en el que se combina la meticulosidad técnica con un poco de intriga política, aventura y algo de desarrollo de personajes (aunque estos nunca terminan de resultar atractivos). Por supuesto, el dinero no es un problema, así que los autores se permiten dotar a la expedición con medios que para sí quisieran las auténticas expediciones científicas.

La principal característica de Eli Glinn es su insistencia en controlar hasta el más mínimo detalle de todo, así como su política de trabajar siempre con un margen de seguridad que duplique al menos los requerimientos máximos teóricos. Por ello, a medida que va avanzando la historia, parece tenerlo todo bajo control, salvo quizás por la injerencia de Vallenar, un comandante chileno caído en desgracia al mando de un destructor, que se muestra tan incorruptible como obsesionado por frustrar los planes de los americanos, aunque en un principio ignore cuáles son.

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La historia da un giro decidido hacia la ciencia ficción propiamente dicha cuando la expedición logra desenterrar el meteorito y descubren que es mucho más singular de lo que nadie había podido siquiera imaginar… y también que podría resultar bastante más peligroso que todo cuanto hasta el maniático Glinn hubiera podido prever.

Durante la mayor parte de su longitud “Más allá del hielo” es un technothriller modélico. El género no precisa de personajes profundos, solo de personalidades pintorescas y en eso cumple bastante bien. El problema de trasladar el objeto más pesado jamás movido de una pieza, y hacerlo bajo las narices de todo un país, también ofrece en principio suficientes peripecias para hacer atractiva la trama. A decir verdad, hasta cuando entran en juego los elementos más especulativos los autores consiguen mantener la historia bajo control, con una propuesta ciertamente sugerente… a la que por desgracia intentan sacar quizás excesivo jugo.

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Antes de entrar a analizar esta cuestión, sin embargo, cabe pegarles un pequeño tirón de orejas a los autores por el tufillo xenófobo que presenta el conjunto. Todos y cada uno de los personajes chilenos son a) corruptos, b) borrachos o c) psicópatas. Ya es bastante malo que el papel de villano recaiga en quien tiene razón (Palmer Lloyd pretende realizar básicamente un expolio), como para presentarlo bajo la peor luz imaginable (llegando incluso al extremo de insinuar conexiones nazis entre sus progenitoresb) para hacer de los ladrones los héroes de la función (ello no implica que no exista un poco, muy poco, de autocrítica). En resumidas cuentas, dudo que la novela haya tenido mucho éxito en Chile (si es que ha llegado a publicarse allí).

La conclusión (que se desarrolla, eso sí, a un ritmo perfectamente medido) supongo que será divisiva. Estoy seguro de que muchos lectores disfrutarán con los giros especulativos finales (aunque lo dejen todo en el aire para una secuela… que se demoró dieciséis años, hasta que en 2016 publicaron “Infierno blanco”, “Beyond the ice limit”, integrada en la subserie de Gideon Crew). A mí, personalmente, me da la impresión de que se pasan de rosca y lo que estaba siendo un buen technothriller acaba deviniendo una novela de ciencia ficción mediocre. Recalco que esta valoración puede tener mucho que ver con gustos personales, pero en mi opinión el technothriller se sustenta en la apariencia de verosimilitud y en los compases finales hay demasiadas ideas sacadas de la manga como para conservar ese anclaje necesario con lo casi cotidiano.

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En cualquier caso, esto refleja sobre todo preferencias personales. Dentro del campo de los technothrillers, “Más allá del hielo” constituye un esfuerzo bastante loable, que entronca con historias tan tempranas como “La caza del meteoro”, de Jules Verne (revisada y ampliada por Michel Verne en 1908), aunque la inspiración directa de la obra cabe encontrarla en la historia de la “recuperación” del meteorito conocido como Ahnighito (de 58 toneladas, aunque partido en varios fragmentos, el mayor de los cuales, de 31 toneladas, aún es hoy en día el segundo más pesado que haya sido trasladado), llevada a cabo en 1897 por Robert E. Peary. Este meteorito se encuentra en exhibición en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, donde Douglas Preston trabajó entre 1978 y 1985 (lo que le ha proporcionado a lo largo de los años inspiración para numerosas novelas).

Otras opiniones:

~ por Sergio en septiembre 19, 2022.

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