The first fifteen lives of Harry August (Las primeras quince vidas de Harry August)

En 2014 Claire North irrumpió súbitamente en el panorama de la ciencia ficción, aunque lo cierto es que esa joven autora llevaba ya más de una década volcada en la literatura fantástica. De hecho, había debutado, firmando con su nombre real, Catherine Webb, ya en 2002, con la novela de fantasía juvenil «Mirror dreams», que había escrito a los catorce años (por entonces tenía dieciséis). Seis años y seis novelas después, tras haber conquistado una nominación a la prestigiosa Carnegie Medal antes de cumplir los veinte, dejó de lado ese nombre (aunque aún publicaría una octava novela con él) y entró escena como Kate Griffith, autora de seis novelas adultas de fantasía urbana entre 2009 y 2013.

El último (por ahora) giro a su carrera llegó en 2014, como Claire North, marcando el cambio de pseudónimo un cambio también de orientación, pues empezó a publicar ciencia ficción (algo que sus editores intentaron disimular), cosechando de inmediato la atención de la crítica (sobre todo británica).

En su primera vida (y en todas las posteriores) Harry August nace el 1 de enero de 1919 en el baño de señoras de una estación. Su madre, una sirvienta deshonrada que está volviendo a casa portando en su vientre el fruto de su abuso y que muere por falta de asistencia; su padre, el señor de una mansión que ha conocido tiempos mejores y que, al enterarse de la tragedia, maniobra para que los August, sus jardineros, adopten al bebé como propio. Setenta años después Harry fallecé en un hospital por culpa de un cáncer, después de haber llevado un vida anodina e ignorante de su origen. La sorpresa es que vuelve a nacer, en la misma fecha y bajo las mismas circunstancias; y no solo eso, sino recordando (a partir de los cinco o seis años) todo lo experimentado en su vida anterior.

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Con el transcurrir de los años (y las vidas), Harry descubre que es un uroboro (o kalachakra): alguien que, al contrario que los lineares, revive una y otra vez su vida; y también que no está solo, sino que esta condición afecta quizás a una persona de cada medio millón, y quienes la sufren se organizan en organizaciones conocidas como Clubes Cronos, que se encargan de dar apoyo y facilitar las sucesivas vidas de sus miembros, sobre todo en la vulnerable y extraña etapa infantil (pues son unos niños con todo el conocimiento de varias vidas adultas).

Al final de su undécima vida, cuando ya ha experimentado más de siete siglos de vivencias subjetivas, una niña se acerca a su lecho de muerte y le comunica una información trascendental desde el futuro para que la transmita hacia atrás en el tiempo: el mundo se dirige hacia su fin y, aunque siempre ha sido así, ese fin cada vez está más cerca.

«Las primeras quince vidas de Harry August» se inscribe en el subgénero de historias sobre bucles temporales que inventó Richad A. Lupoff en 1973 (con el cuento «12:01»), extendió como novela Ken Grimwood en 1987 con la ganadora del World Fantasy Award «Volver a empezar» y popularizó definitivamente Harold Ramis con la película «Atrapad… ¡»El día de la marmota», qué caramba! Desde entonces (1993), lo habitual es que el bucle temporal sea relativamente breve (un día como máximo), pero ya la novela de Ken Grimwood presentaba un bucle inicial de veinticinco años, que iba acortándose con cada iteración. En ese sentido, la novela de Claire North no es exactamente novedosa.

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Lo que sí es singular es la creación de la comunidad de uroboros, que se extiende por siglos en el futuro y en el pasado y ofrece en el presente inmutable de cada cual un punto fijo de camaradería y apoyo (aunque es preferible no pensar mucho en cómo funciona exactamente, porque esa concepción del tiempo como algo que se reinicia en cada vida me resulta excesivamente solipsista). Respecto a la trama en sí del fin del mundo… la verdad es que es lo que menos me gusta de la novela. Primero, porque huele un poquito a tecnofobia (aunque soy consciente de que no es ese exactamente su sustrato filosófico); segundo, porque a falta de conocimientos científicos sólidos, se apoya en un macguffin cuántico muy poco creíble.

Es una pena, porque pienso que la novela es mucho mejor cuando no está intentando contar una historia (o cuando no está intentando contar una historia lineal). Los dos primeros tercios de «Las primeras quince vidas de Harry August», de hecho, son extraordinarios. La narración no deja de saltar adelante y atrás no solo en el tiempo físico, sino también en el subjetivo, construyendo entre todos esos capítulos (breves y contundentes) una experiencia humana multiplicada por sí misma, explorando ideas fascinantes como el efecto divergente de nuestras decisiones (aunque resulta más significativo comprobar cómo cambia el resto del mundo, inconscientes de estar viviendo una y otra vez el mismo escenario), cuestiones éticas sobre la responsabilidad personal en un mundo sin consecuencias definitivas o la búsqueda personal de un sentido para la existencia.

Todo ello, por desgracia, acaba diluido cuando la novela opta por centrarse en cuestiones más típicas como quién está acelerando el fin del mundo y cómo pararlo (sin dedicar suficiente reflexión a preguntas más profundas como por qué hay que pararlo). Ojo, no quiero decir en modo alguno que sea un final malo. Es solo que prometía tanto, tanto al principio, resultaba tan novedosa y arriesgada, que optar por el camino fácil del thriller resulta un pelín decepcionante (sobre todo si en el proceso se abandonan los saltos temporales narrativos y se sigue una trama más lineal).

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Tal vez ahí, por fin, acaba por apreciarse la juventud de la autora, porque «Las primeras quince vidas de Harry August» acaricia con los dedos lo trascendente, se asoma a la esencia misma de lo que nos hace humanos, y finalmente se contenta con mucho menos, solucionando un fin del mundo que, de todas formas, iba a ser solo temporal (según la interpretación que hagamos, las únicas víctimas permanentes de todo el proceso podrían ser los uroboros nonatos del futuro).

Tal vez esté siendo un poco pejiguero, porque pese a todo «Las quince primeras vidas de Harry August» es una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído de entre las publicadas en este siglo, pero ¡ay, ese potencial desaprovechado!

La novela cosechó varios premios y nominaciones, siendo lo más relevante su distinción con el John W. Campbell Memorial de 2015. También fue finalista del Arthur C. Clarke que acabó obteniendo Emily St. John Mandel por «Estación Once» y del BSFA de 2014 que cosechó Anne Leckie con «Espada auxiliar». Tras su traducción al español en 2015, obtuvo en 2016 el premio Ignotus a mejor novela extranjera, así como la victoria en esa misma categoría en la primera edición de los premios Kelvin 505 del festival Celsius 232.

Otras opiniones:

~ por Sergio en septiembre 7, 2022.

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