Ciudad de Jade

Tras ser nominada en 2016 al premio Andre Norton por su primera novela, «Zeroboxer» (repitió en 2018 por «Exo»), Fonda Lee logró su gran salto adelante al conquistar el Premio Mundial de Fantasía de 2018 por «Ciudad de Jade» («Jade City», 2017), su primera novela de fantasía adulta. La premisa es relativamente simple: combinar la magia con una historia de mafiosos y ambientar todo ello en un escenario de raíces asiáticas.

La ciudad del título es Yanlún, la capital de la pequeña nación isleña de Kekon. Tan solo una generación atrás Kekon libró una terrible guerra de independencia contra los invasores shotarianos, que aprovecharon un gran conflicto internacional (análogo a la Segunda Guerra Mundial) para ocupar la isla y someter con puño firme a su población. En estas circunstancias, los antiguos guerreros huesos verdes, capaces de dominar el jade para obtener a su través capacidades ofensivas y defensivas, organizaron primero una resistencia y, tras la expulsión de los invasores, una suerte de control económico sobre la población, basado en redes clientelares (linternas) y con una separación interna en clanes.

Dos son los clanes principales, el clan Montaña, bajo el dominio de la familia Ayt, y el clan Sin Cumbre, dirigido por los Kaul. Durante años han estado enfrentados en una competición de baja intensidad por controlar los barrios de Yanlún. El ascenso al liderazgo de Montaña de una nueva pedestal, sin embargo, va a echar por tierra ese equilibrio, y pronto los jóvenes líderes de Sin Cumbre se van a ver abocados, en algún caso contra su voluntad, a una guerra entre clanes por la misma supervivencia, que conllevará además importantes consecuencias para el futuro de Kekon.

Fonda Lee adereza esta historia con un sistema mágico basado en el jade (que en este mundo es privativo de la isla de Kekon, al menos en su variedad biorreactiva), que proporciona a quien lo porta, si es kekonés, diversas habilidades distribuidas en seis disciplinas (fuerza, acero, percepción, ligereza, desviación y canalización). Los individuos sensibles al jade son entrenados en escuelas especiales (propiedad de los clanes) durante varios años antes de permitirles portar sus primeras piezas y a partir de ahí, en atención a sus logros (y por derecho de conquista) podrán ir añadiendo más hasta alcanzar el máximo que sean capaces de gestionar.

Suena bien sobre el papel, pero lo cierto es que la autora no termina de definir claramente los límites de este sistema, de modo que los combates (menos de los que cabría esperar) se resuelven de un modo un tanto aleatorio (sobre todo en el clímax final, que desprende un cierto aroma a deus ex machina). Esta misma indefinición se extiende al resto de elementos del worldbuilding y a la propia estrategia del conflicto (la acción salta convenientemente de evento en evento, procurando no mostrar mucho de la situación táctica o incluso de las acciones que nos llevan de un punto a otro).

Aunque la influencia más directa y evidente son las películas de gánsteres que filmaron en Hong Kong entre finales de los ochenta y principios de los noventa directores como John Woo o Ringo Lam (con elementos tomados casi directamente de «El padrino»), lo cierto es que ni la correspondencia cronológica (tanto podría equivaler a nuestros años cincuenta como ochenta), ni los referentes culturales son claros. Shotar bien podría ser equivalente a Japón y la gran potencia vencedora de la pasada guerra, la República de Espenia, es claramente occidental, pero Kekon en sí presenta elementos tanto chinos como japoneses, como también de Hong Kong, Filipinas, Okinawa, Vietnam… esto le da un aire panasiático interesante, pero también juega en su contra al carecer de una identidad que se perciba profunda y coherente.

Esta superficialidad a la larga perjudica a la acción y confieso que tras un primer tercio en que la novela me tenía realmente atrapado, a medido que iba avanzando en la lectura me iba sintiendo cada vez más desconectado de la acción y de los personajes, que se me antojaban más marionetas en manos de la autora que actores independientes, movidos por motivaciones intrínsecas (salvo por algún que otro secundario, que sí da la talla en todo momento).

No quisiera, sin embargo, dar una impresión excesivamente negativa, porque de hecho «Ciudad de Jade» es una novela razonablemente entretenida, que cumple bastante bien con lo que promete su premisa (¿Y a quién no le gusta una historia de yakuzas/tríadas?). El único problema que presenta es el de satisfacer las expectativas que despierta un premio tan importante como es el World Fantasy. Más allá de la ambientación hasta cierto punto exótica (aunque, como ya he indicado, superficial) y de la trama negra (que no se aparta mucho del tópico y resulta sorprendentemente ligera por lo que respecta a la violencia descrita), no hay ningún tipo de reflexión o subtexto, nada que resulte tan distinto de nuestra realidad como para suponer un comentario pertinente sobre ella (quizás lo más significativo sea precisamente que una novela así haya conquistado el World Fantasy).

«Ciudad de Jade» deja ciertos cabos sueltos para ser atados en la secuela, «Guerra de Jade» (2019), con la ampliación del conflicto más allá de las fronteras de Kekon, concluyendo (por ahora) la serie de los Huesos Verdes con «Jade legacy» (2021), que acaba de conquistar el premio Locus de Fantasía.

Como comentaba, la novela conquistó el World Fantasy Award de 2018, compartido con «The changeling», de Victor LaValle, derrotando ambas a «The city of brass» de S. A. Chakaborty, «Ka: Dar Oakley in the ruin of Ymr» del veterano John Crowley; «La extraordinaria familia Telemacus» de Daryl Cregory y «The strange case of the alchemist’s daughter» de Theodora Goss. Fue igualmente finalista del premio Nebula, que ganó N. K. Jemisin con la conclusión de su trilogía de la Tierra Fragmentada: «El cielo de piedra«.

Otras opiniones:

~ por Sergio en agosto 26, 2022.

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