2001: Una odisea espacial

En 1964 Stanley Kubrick, recién estrenada «Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?», comenzó a preparar su siguiente proyecto, que sería una película de ciencia ficción solo que… ¿cómo decirlo? Ah, sí: Buena.

Buscando colaborador en la comunidad de escritores de género, fue dirigido por un amigo común hacia Arthur C. Clarke, un autor clásico, respetado, conocido por un enfoque muy realista, que enfatizaba la ingeniería espacial por encima de personajes o incluso trama. También hacia gala de una filosofía humanista y una capacidad para abordar grandes cuestiones metafísicas, puesta de manifiesto por ejemplo en «El fin de la infancia» (1953) o «La ciudad y las estrellas» (1956). Su más reciente éxito consistía en la novela finalista al Hugo «Naufragio en el mar selenita» (1961).

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Tras un primer encuentro para sentar las bases de la colaboración, Clarke presentó a Kubrick varios de sus relatos, para que escogiera sobre cuál de ellos trabajar. El elegido fue «El centinela», escrito originalmente en 1948 pero no publicado hasta 1951 (como «Sentinel of eternity»). Es un cuento breve, que narra cómo es descubierto en la Luna un extraño objeto alienígena, dejado millones de años atrás para quizás vigilar la Tierra y a las posibles especies inteligentes que pudieran surgir de ella.

Durante los cuatro años siguientes, Clarke y Kubrick trabajaron conjuntamente sobre un guion y una novela, que se fueron construyendo en paralelo, compartiendo información y una pasión común por el rigor científico, en una época en que se estaba desarrollando el Programa Apolo, cuyo objetivo era precisamente situar a un hombre (estadounidense) en la Luna.

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Aparte de esta obsesión por la verosimilitud, inspirada en parte en el libro ilustrado de Willy Ley y Chesley Bonestell «The conquest of space» (1949), que había recibido en 1951 el primer International Fantasy Award de no ficción (el segundo, casualmente, sería para Clarke por «The exploration of space»), Kubrick estaba interesado en especular sobre la relación del hombre con el universo. Así, a lo largo de todo ese tiempo, desarrollaron varias ideas que acabarían integradas en un guion más o menos definitivo, sobre el que Clarke trabajó para escribrir la novela (que, en principio, tendría que haber salido firmada por Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick).

El 2 de abril de 1968 se estrenó «2001: Una odisea del espacio» y un par de meses después (por contrato, Clarke no podía publicar nada antes de que saliera la película para no estropear la sorpresa), vio la luz la novela. Es un caso extraño, en el que ni la película es adaptación, ni el libro novelización, sino variaciones sobre una misma idea común, con la versión fílmica mucho más visual y simbólica, mientras que el producto literario ahonda mucho más en motivaciones y explicaciones (a lo cual cabe añadir divergencias surgidas durante la producción final).

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En ambos casos la estructura es idéntica, dividiéndose la acción en cuatro grandes segmentos. En el primero, bautizado como «El amanecer del hombre», tenemos a un grupo de australopitecos básicamente muriéndose de hambre en las llanuras de África hace unos tres millones de años. Cierto día, sin embargo, aparece de la nada un misterioso monolito (transparente en el libro), que pone a prueba su inteligencia y los ayuda a evolucionar (es un segmento que guarda grandes similitudes con el cuento «Encuentro en la aurora», de Clarke, publicado originalmente en 1953).

De ahí saltamos a 1999 y seguimos al doctor Heywood Floyd en su vuelo a la base Clavius de la Luna, de donde lo han convocado ante el descubrimiento de un monolito enterrado en el centro de un cráter, al que bautizan como TMA (Tycho Magnetic Annomally). Es el segmento que resulta directamente deudor de «El centinela» y sirve también para escenificar la existencia todavía de tensiones políticas entre la Unión Soviética y los Estados Unidos (con China como tercero en discordia), una faceta que Kubrick eliminó de la película, seguramente en su afán de reducir los diálogos a su mínima expresión.

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La siguiente sección es la más puramente clarkiana de todas. Ya en 2001 nos sitúa a bordo de una astronave, la Discovery, en tránsito hacia Saturno (la pelíicula acabó optando por Júpiter porque Douglas Trumbull, el supervisor de efectos especiales, no logró una representación creíble de los anillos). La tripulación consiste en dos astronautas, Frank Poole y David Bowman, que se turnan para supervisar la misión durante el viaje de meses por el Sistema Solar, tres especialistas en animación suspendida… y, por supuesto, HAL 9000, una de las inteligencias artificiales más icónicas de la historia de la ciencia ficción.

Buena parte de este segmento es Clarke en estado puro, retrotrayendo a obras como «Las arenas de Marte«, «Preludio al espacio» o «Islas en el cielo». Es el Clarke obsesionado por la exploración del espacio, dispuesto a exponer con minucioso detalle cada pequeña peculiaridad de ese futuro cercano que anticipaba con un entusiasmo casi infantil (poco podía imaginar el frenazo en seco que iba a sufrir el programa espacial apenas unos años después). Ese grado de verosimilitud, por desgracia, también hace que estas historias carezcan por completo de ritmo y, sobre todo a medio siglo de distancia, resulten a veces tan aburridas como describir en detalle cómo un mecánico cambia una rueda.

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Es el efecto del paso del tiempo, porque en 1968 Clarke estaba especulando (o, más bien, ficcionalizando manuales operativos reales) sobre una tecnología de frontera, destinada a llevar al ser humano más allá de los límites impuestos por la atmósfera y la gravedad, en un primer paso hacia las estrellas. Contrasta pues con este optimismo la archiconocida trama de la rebelión de HAL, que en la novela recibe una explicación convincente… que Kubrick decidió hurtar a sus espectadores (aunque ser recuperó en la secuela).

De ahí, llegamos al segmento más icónico (con permiso del primero), que es el capítulo de la Puerta Estelar, que es definitivamente el que presenta más diferencias entre libro y película, pues Clarke, como escritor de ciencia ficción, busca profundizar en los temas desarrollados, con un especial énfasis en la conquista del espacio y en la evolución asistida de la inteligencia. Por su parte, Kubrick optó por no explicitar absolutamente nada, dejando la última media hora libre de diálogos, tomando del guion los elementos puros y despojándolos de tanto significado como le fue posible para que adquirieran una cualidad simbólica, casi abstracta.

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Ambas obras cuentan la misma historia, pero desde enfoques diametralmente opuestos… y he de reconocer que la visión de Kubrick es en este caso superior, quizás porque logra trascender su contexto histórico y, sobre todo, resulta más primaria, más visceral. Es un viaje emocional sin un guía que te conduzca de la mano (papel que, en cierto modo, desempeña la novela, como complemento a las imágenes y sonidos conjurados por el mítico director).

Dicho lo cual, no quiero privar de méritos a la novela. Estructuralmente es un poco inconexa, pero presenta algunos de los mejores pasajes escritos por Clarke, con su tendencia a adornar aquí y allá párrafos con sus características frases de cierre lapidarias, y lo certero (en líneas generales) de su especulación bien puede hacernos minusvalorar detalles como su sorprendente prediccion en torno a la programación mediante algo muy similar a las redes neuronales, los libros electrónicos e incluso internet (para 1968 ni siquiera se había construido todavía ARPANET).

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Su estilo, sin embargo, era un poco anticuado para lo que estaba de moda en la época, y esa es posiblemente la razón (junto con la inevitable comparación con la película) por la que «2001: Una odisea espacial» no asoma la cabeza en ninguno de los grandes premios de aquel año (Hugo y Nebula, que premiaron a «Todos sobre Zanzíbar» y «Rito de iniciación«, respectivamente). Algo que se corrige para con su secuela, «2010: Odisea dos», finalista de Hugo y Locus tras su publicación en 1982.

En muchos sentidos, «2010» es una mejor novela. Se nota que, libre de la necesidad de acomodarse a las ideas de Kubrick, logra montar una trama más conexa, con una buena especulación que amplia, define y en algún caso cierra los grandes temas de la serie (curiosamente, «2010» no es tanto secuela directa de «2001», la novela, como de un híbrido entre novela y película). También es cierto que con ella debió terminar todo, porque «2061: Odisea tres» (1987) es absolutamente anodina y prescindible y «3001: Odisea final» (1997) es un desastre sin paliativos que jamás tendría que haber existido.

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Para concluir, solo mencionar, aunque no suelo hacerlo, la terrible traducción que arrastra desde 1969, a lo largo de más de veinte ediciones y solo ligeramente pulida en su última publicación en un omnibús de la saga completa. Es una de las más icónicas novelas de ciencia ficción de todos los tiempos y posiblemente ha vendido decenas de miles de ejemplares. Se merece (y los lectores nos merecemos) un poco más de respeto.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en agosto 10, 2022.

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