Los tejedores de cabellos

En 1995 el alemán Andreas Eschbach publicó su primera novela de ciencia ficción, «Los tejedores de cabellos» («Die haarteppichknüpfer»). El éxito obtenido le permitió dejar su trabajo de programador y dedicarse por entero a la escritura, convirtiéndose en uno de los autores alemanes de género más conocidos y premiados, pues cuenta en su haber con once premios Kurd Laßwitz (el equivalente alemán a los premios Nebula estadounidenses, pues su censo de votantes incluye solo profesionales del sector, aunque circunscrito a la ciencia ficción), nueve de ellos en la categoría de novela (siendo superado a este respecto solo por Wolfgang Jeschke).

Ya en su país, «Los tejedores de cabellos» se hizo con el Deutscher Science Fiction Preis (un premio con jurado) y, tras su traducción al francés el año 2000, obtuvo también el Grand Prix de l’Imaginaire y el Bob Morane, así como al año siguiente el Premio Italia de la ItalCon. Todo ello propició quizás que se tradujera al español, siendo editado finalmente en 2004 por Bibliópolis y mereciendo con ello el premio Ignotus a mejor novela extranjera de 2005. Ese mismo 2005 fue traducido al inglés como «The carpet makers», llegando a situarse en decimotercera posición en la votación de los Locus.

Como se puede apreciar, una más que notable carrera crítica, especialmente para una novela no escrita originalmente en inglés (con las dificultades que ello trae aparejado para lograr distribución fuera de los límites geográficos del país de origen), que habla a las claras de lo especial que es esta obra.

«Los tejedores de cabellos» gira en torno a esa peculiar profesión, a la que consagran su vida los integrantes de una casta especial de un planeta que actualmente presenta un bajo nivel tecnológico, aunque hay huellas antiquísimas de un terrible conflicto nuclear. Los tejedores, siempre hombres, dedican todos sus años a la confección de una única alfombra, tejida a partir del pelo de sus esposas, concubinas e hijas (cuyos colores de pelo determinan el diseño).

Así, pelo a pelo, minúsculo nudo a minúsculo nudo, van creando la única obra de su vida, cuya venta proporcionará el dinero que sus hijos emplearán para sustentarse a sí mismo y a su casa durante la cofección de sus propias alfombras. Un solo heredero por tejedor. Si nacen más hijos varones, el deber del progenitor es matarlos, porque cada alfombra solo da para sostener a una familia.

Este durísimo y exigente estilo de vida se sostiene únicamente gracias al noble propósito de las alfombras, porque su destino es ser transportadas al palacio del emperador, una figura casi mítica que rige sobre todas las estrellas del firmamento (y, según algunos, incluso es responsable de su brillo) y que vive desde hace milenios. A tal fin, hay establecida una cadena de intermediarios imperiales (maestros tejedores, comerciantes, recaudadores de impuestos, navegantes…) que no constituyen sino la columna vertebral de una economía planetaria dedicada por entero a ese único propósito.

La novela ser organiza como una serie de relatos (diecisiete), aparentemente independientes pero en realidad entrelazados (entretejidos) para conformar un único tapiz, que nos muestra a base de breves viñetas la panorámica completa del misterio que constituyen los tejedores de cabellos. A través de estos capítulos (que acaban casi siempre en tragedia o cuando menos en sacrificio), vamos ampliando el foco, desde el drama de un tejedor cuyo hijo no desea seguir la tradición familiar hasta abarcar no ya todo el planeta, sino incluso más allá, hacia los eslabones finales del tráfico de alfombras y todavía más lejos, en el centro neurálgico de ese poderoso imperio, de donde llegan rumores inconcebibles, como que el emperador pudiera haber abdicado o peor, haber sido depuesto.

Con une estilo y enfoque que recuerda a Ursula K. Le Guin, Eschbach utiliza las distintas historias de «Los tejedores de cabellos» para ir mostrándonos un sistema rígido, inmisericorde, estático, que se sobrepone una y otra vez a los intentos por desestabilizarlo a través de un control que no se ejerce desde fuera, sino que surge de los propios agentes sometidos a él. A la postre, ese es el tema central de la historia, la constante que emerge al examinar en su conjunto todas las historias, que nos desvelan una humanidad en lucha (y a menudo perdiendo) contra poderosos sistemas de control social (en este sentido, se nos presenta la rebelión como una virtud, aunque en la inmesa mayoría de los casos devenga en un esfuerzo futil).

«Los tejedores de cabellos» es una novela fascinante, que con los lógicos altibajos esperables de una obra compuesta por fragmentos, constituye uno de los mejores ejemplos que he leído de antropología ficción. Esto es posible porque (casi) todos los personajes son creíbles. Las motivaciones que los mueven, ya sean positivas o negativas, resultan completamente congruentes con su contexto, de modo que difícilmente puedes llegar a odiar a nadie. Donde no hay libertad, no existe tampoco responsabilidad personal… y a poco que reflexionemos sobre ello, descubriremos que nosotros también nos vemos sometidos a la tiranía de nuestra cultura y sociedad.

Si hubiera que ponerle un pero, me atrevería a sugerir que la resolución del misterio de las alfombras, aunque quite el aliento por su alcance, no logra el mismo impacto que el capítulo en que se nos desvela lo que ocurrió con el emperador. Hay ahí un clímax demasiado potente, que deja el tercio final de la novela no tan bien entramado como todo lo anterior.

Lo cuestión, sin embargo, es que eso podría ser un efecto absolutamente premeditado. Después de todo, lo que se nos revela en ese segmento provoca justo ese mismo cambio en el escenario: lo que con anterioridad estaba perfectamente atado, empieza a aflojarse, a perder cohesión, a dejar hilos sueltos (de los que quedan un buen montón, sin que por ello pierda interés el cojunto). De la rigidez y el control, pasa a la libertad… y la libertad puede ser desconcertante.

En el año 2001 Andreas Eschbach publicó un segundo libro ambientado en el mismo universo, «Quest», que constituye en realidad una precuela, ambientada cien mil años antes que «Los tejedores de cabellos». La novela, más cercana a la space opera, conquistó al año siguiente el premio Kurd Laßwitz.

Otras opiniones:

~ por Sergio en agosto 6, 2022.

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