La búsqueda del dragón

Anne McCaffrey tenía una dura tarea por delante cuando se propuso escribir el segundo libro de la serie de los dragones de Pern. En 1968, la novela corta «La búsqueda del Weyr» la había hecho la primera ganadora de un premio Hugo de ficción (en 1960, Elinor Busby, junto con su marido F. M. Busby, ya había conquistado el premio a mejor fanzine). Al año siguiente, «Dragonrider» hizo lo propio, pero en los Nebula (aquí sí, primera sin paliativos).

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Ambas, junto con una tercera parte inédita, conformaron en 1968 la novela «El vuelo del dragón«, publicada por Ballatine. Cabe suponer que la presión para ver cómo continuaba la historia fue terrible, sobre todo porque la novela concluía de un modo redondo, dejando muy poco margen para una secuela que no supusiera una mera repetición de conceptos. De hecho, el primer borrador de esta secuela fue desechado por consejo de su agente, que la asesoró, junto con el editor de Ballantine, para acabar escribiendo «La búsqueda del dragón» («Dragonquest», 1971; una traducción, por cierto, terrible, porque debería ser más bien algo así como «Gesta de dragones»).

Cuando abordé la lectura no sabía con qué iba a encontrarme. Lo cierto es que siempre que me pongo con una secuela de un libro famoso, sobre todo cuando va a ser el primer eslabón de una larga serie, voy con cierta precaución. Incluso sus nominaciones a Hugo y Locus bien podían ser premios retrasados para «El vuelo del dragón». Nada más lejos de la verdad.

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«La búsqueda del dragón» es una novela excelente, mejor en muchos aspectos que su antecesora, que construye a partir de la resolución de aquella un nuevo conflicto, siete años (revoluciones) después, enfrentando tradición con modernidad, mientras examina el complejo encaje de los Antiguos, cuatrocientos años separados de su tiempo, y ahondando en las complejidades políticas de Pern (marcadas por el equilibrio inestable entre tres grandes poderes: los dragoneros, los fuertes y los artesanados).

Otra faceta a destacar es cómo McCaffrey trabaja en las motivaciones de los personajes, tejiendo una intrincada red de deseos, rencillas, miedos, esperanzas, ambiciones, pasiones, envidias, amores, odios, amistad y despechos, a un nivel tal como tardaríamos casi veinticinco años en volver a ver (definitivamente, George R. R. Martin le debe mucho a Anne McCaffrey). Todas estas relaciones fluyen con naturalidad, sin que se note en ningún momento que la autora esté forzando una conclusión, si bien todavía se percibe cierta separación evidente entre personajes «buenos» y, si no exactamente «malos», sí antagónicos (con estos últimos, el menos, se preocupa por justificar sus motivaciones; es más un problema de unos héroes demasiado nobles para resultar creíbles (al menos para nosotros, que leemos la novela después de medio siglo de evolución del género).

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Todo este grado de detalle tiene un precio, y es que por momentos, debido al ingente número de personajes (con nombres exóticos y en ocasiones homofónicos), puede costar un poco identificar quién es quién (el dramatis personae al comienzo del libro no ayuda mucho, sino que más bien espanta un poco). También se da cierto retroceso en el nivel protagónico de las mujeres (lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que sus papeles sean menores o pasivos). Lo que ocurre es que, después de que «El vuelo del dragón» se centre tanto en Lessa, «La búsqueda del dragón» constituye un pequeño paso atrás, al situar en una posición central a F’rar, su pareja.

Por concluir con las debilidades, «La búsqueda del dragón» cae en la trampa de abusar un tanto del viaje en el tiempo, sin pararse a considerar los problemas que trae consigo (o, más bien, sin pararse a establecer unos límites claros que separen lo posible de lo imposible, o un coste superior a la mera voluntad). De nuevo, podría estar proyectando aquí expectativas más propias de la fantasía moderna, con su obsesión por crear un sistema hard, pero dado que la novela procura acercarse lo más posible a la ciencia ficción, eso sigue constituyendo un punto débil.

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Porque, efectivamente, en la «La búsqueda del dragón» se percibe un empeño mucho mayor por aproximarse a la ciencia ficción (género que McCaffrey siempre prefirió para etiquetar su obra). En aquella época, dentro del fantástico la vertiente mejor considerada era la de la ciencia ficción. La popularización de «El Señor de los Anillos» (y la labor de Ballantine, sin ir más lejos) estaba haciendo mucho por cambiar esta percepción, pero aún no existía ninguna gran obra contemporánea (que no fuera para niños), así que los autores tendían a amparar sus historias bajo el paraguas de la science-fantasy (una fantasía justificada mediante tópicos de la ciencia ficción, subgénero por el que sentían especial inclinación muchas autoras, como Andre Norton).

No es que en sí constituya ningún problema, pero en ese afán por anclarlo todo en la ciencia, tal vez el nivel de desarrollo tecnológico de los habitantes de Pern no sea siempre consistente (algo que podría explicarse en parte mediante la recuperación de antiguos conocimientos perdidos, aunque de ser así, no está bien desarrollado).

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En cualquier caso, se trata de cuestiones menores, que no empañan el interés de una historia tan centrada en los personajes que da hasta un poco igual que la trama esté un poco descompensada (el conflicto que surge cuando las hebras empiezan a caer fuera de pauta se soluciona demasiado pronto, dejando un considerable espacio para establecer bien, esta vez sí, las bases para la siguiente continuación (que se demoraría por seis años, por culpa de los cambios drásticos que iba a experimentar la vida de Anne McCaffrey, con un divorcio y un cambio de residencia intercontinental de por medio). A grandes rasgos, sin embargo, «La búsqueda del dragón» es una novela magnífica, que justifica sobradamente sus reconocimientos.

En los premios Hugo de su año se vio derrotada por una de las novelas de ciencia ficción más icónicas de su época: «A vuestro cuerpos dispersos«, de Philip José Farmer (el inicio de la serie del Mundo del Río), mientras que el Locus se lo arrebató otra de las nominadas, «La rueda celeste«, de Ursula K. Le Guin. Lo cierto es que el quinteto de finalistas (compartido por ambos galardones) es ciertamente notable, pues incluía también «Tiempo de cambios«, de Robert Silverberg (que ganó el Nebula correspondiente), y la sicence-fantasy de «Jack of shadows», del muy popular (en esos momentos) Roger Zelazny.

Otras opiniones:

Otras obras de la misma autora reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en mayo 10, 2022.

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