Marfil

Con unas setenta novelas de ciencia ficción, es curioso que ninguna de las treinta y siete nominaciones de Mike Resnick al premio Hugo (treinta en ficción; el récord absoluto) sean por novela. En vez de ello, a lo largo de veintiséis años (entre 1989 y 2015) cosechó dieciocho por cuento, ocho por cuento largo y cuatro por novela corta (lo que le reportó cinco premios, tres por cuento, uno por cuento largo y el de novela corta por la famosa «Siete vistas de la garganta de Olduvai», que obtuvo primero el premio UPC).

En los Nebula fue mucho menos exitoso. Solo once nominaciones (con premio únicamente para su novela corta más famosa), pero al menos allí sí que obtuvo una a mejor novela, en 1990, por «Marfil» («Ivory: a legend of past and future», 1988). Claro que «Marfil» podría considerarse también como una antología de relatos cortos hilvanada en torno a un tema central (algo conocido como «novela mosaico»), por lo que en el fondo no se aparta mucho del fuerte de Resnick.

Tampoco temáticamente encontramos una gran divergencia. Los dos grandes temas del autor están presentes, quizás de forma más explícita el elemento africano (keniata, para más señas), aunque también busca evocar un registro legendario, mientras traza el discurrir por el tiempo de los famosos colmillos del Kilimanjaro, el par de defensas de elefante más grande registrado, vendidos por primera vez en Zanzíbar en 1898.

Por último, antes de pasar a comentar la rama en sí, cabe mencionar que «Marfil» se ambienta en el Universo Birthright, una extensa historia del futuro de Resnick que se extiende entre 1885 y alrededor del año 22000, inaugurado (y delineado) con la también novela mosaico «Birthright: the book of man». En total, comprende treinta y cinco novelas (agrupadas muchas de ellas en subciclos) y varias novelas cortas y relatos adicionales (de lo cual está traducido al castellano la antología «Kirinyaga» [1991], tres de las novelas de ciencia ficción bélica de la serie Starship, un par de la serie de Santiago y algún que otro relato suelto, incluyendo la novela corta «Siete vistas de la garganta de Olduvai», que constituye de hecho el cierre cronológico del Universo Birthright).

«Marfil» comienza con la visita del misterioso Bukoba Mandaka al perito de arte Duncan Rojas. Es el año 6303 de la Era Galáctica (o el 9211 d.C.). La especialidad de Rojas es autentificar objetos para museos y casas de subastas, para lo cual tiene a su disposición un superodenador capaz de bucear en bases de datos con milenios de antigüedad… lo cual es un privilegio caro, razón por la que recibe con sorpresa el encargo de Mandaka, quien afirma ser el último masai, de localizar a cualquier precio unos colmillos del ha tiempo extinto elefante cuya pista se perdió más de tres mil años antes, cuando su último poseedor masai los perdió irreflexivamente en una partida de cartas.

El grueso de la novela consiste en una decena de relatos que ilustran los distintos episodios del periplo a través del espacio y el tiempo de los colmillos. Hay historias de todo tipo, incursionando en subgéneros como las historias de grandes robos, space opera pura en tiempos de conflicto, descripción de culturas complejas e incluso intrigas políticas o gestión museística. Los colmillos se convierten alternativamente en trofeo de guerra, símbolo de estatus, reliquias de un tiempo olvidado, símbolo religioso… a media que aparecen y desaparecen del registro histórico, mientras Rojas traza su periplo avanzando adelante hacia su presente y, por pura curiosidad personal atrás, tratando de discernir los motivos ocultos tras el encargo de Mandaka, hacia aquel lejano año 1885 de una era anterior en que fueron arrancados del cuerpo sin vida del gran elefante macho.

Entre estas viñetas se intercala el hilo conductor. Por un lado, las sucesivas visitas de Mandaka a Rojas, inquiriendo sobre los avances de la investigación (con la ocasional aparición de la jefa de seguridad de la compañía, que no confía en el masai). Por otro, en párrafos breves, a modo casi de prólogo para los distintos episodios, la narración de los últimos momentos de vida del gran elefante, que sintiéndose morir aborda su último viaje por los territorios que se extiende a las faldas de la imponente montaña africana.

Mike Resnick es, qué duda cabe, un maestro del relato, y eso queda demostrado en los sucesivos cuentos, que tomandos individualmente constituyen en su mayor parte historias atractivas. Eso sí, como conjunto, hay algo que me falla. Son en teoría más de siete mil años de historia. Un período de tiempo vastísimo, que la narración no logra transmitirme, porque no es capaz de imaginar un sociedad diferente, sino simplemente una reiteración de fases que acaban desembocando en la cultura más prosaica de todas, la del propio Rojas, siete milenios en nuestro futuro pero idéntica en todos los aspectos (salvo algún que otro juguetito tecnológico) a la contemporánea.

En ese sentido, me recuerda enormemente a las historias del arqueólogo Alex Benedict, de Jack McDevitt (como en su premio Nebula «Última misión Margolia«). Se trata de una carencia habitual en la space opera americana, incapaz al parecer de imaginar culturas más avanzadas que la propia (algo heredado desde los tiempos de la Edad de Oro). Cuando la historia tiene un marco temporal concreto, eso puede soslayarse. El problema con «Marfil» (y también con las historias de McDevitt) es que enfatiza el discurrir de los siglos… y eso es algo que tendría que notarse en algo más que ocasionales cambios políticos.

Algo parecido cabría decir de la idea del último masai. Tras siete mil y pico años se me hace difícil concebir una línea genética pura que tengo el más mínimo sentido. Sería algo parecido a que alguien se proclamara hoy en día el último cazador/recolector puro. Dejando de lado el lavado de cara que se le hace a la cultura masai (que dista mucho de ser tan maravillosa como la pinta), la idea de que pueda mantener una línea genética aislada e ininterrumpida durante siete mil años se me antoja cuando menos un poco racista. El concepto es poderoso, la escala temporal, sin embargo, no tiene sentido.

Sea como sea, la historia cierra de forma potente (previsible, pero potente), dejando paradójicamente (por la naturaleza de la conclusión) un buen sabor de boca.

«Marfil» perdió el premio Nebula de 1990 frente a «El color de la guerra», de Elizabeth Ann Scarborough (y el Arthur C. Clarke frente a «El jardín de infancia«, de Geoff Ryman). Entre los finalistas se contaban también «La nave de un millón de años» de Poul Anderson, «Alvin el aprendiz» de Orson Scott Card, «American apocalypse⁽™⁾» de John Kessel y «Hermana luz, Hermana sombra» de Jane Yolen.

Otras opiniones:

~ por Sergio en mayo 2, 2022.

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