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El auge y caída del cyberpunk es uno de los fenómenos más sigulares de la historia de la ciencia ficción. Su época de esplendor, hacia la segunda mitad de los años ochenta, duró poco más de un lustro y, sin embargo, su influencia sigue extendiéndose hasta nuestros días, negándose a ser absorbida y asimilada por completo dentro del pool conceptual general de la ciencia ficción (es uno de esos subgéneros que se imponen, sin importar si la novela es cómica, space opera, detectivesca o de historia alternativa; si contiene elementos cyberpunk, es cyberpunk).

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Allá por 1990, sin embargo, parecía como si hubiera tocado techo, como si ya se hubieran explorado todos los caminos y no restara sino repetir machaconamente los mismos arquetipos sobreexplotados.
Entonces pasó algo. Los cultivadores del subgénero (los auténticos revolucionarios, no quienes se apuntaban a la moda copiando desvergonzadamente lo que funcionaba) empezaron a explorar caminos divergentes, manteniendo determinadas características y reemplazando otras, creando una plétora de géneros híbridos agrupados en su conjunto bajo la ambigua etiqueta del postcyberpunk.

William Gibson y Bruce Sterling, por ejemplo, dirigieron su mirada a los inicios, examinando una evolución alternativa para la ciencia victoriana en «La máquina diferencial» (1990), que se convirtió en uno de los principales prototipos del steampunk. Gibson por separado comenzó a partir de 1993 («Luz virtual») a desviar su atención hacia la sociedad de capitalismo tardío con el futuro cercano de su Trilogía del Puente, mientras que Sterling abrazó el posmodernismo (ideológico, no estilístico) con obras que desafiaban el concepto unívoco de la identidad o la verdad, tales como «El fuego sagrado» (1996), «Distracción» (1998) o «Zeitgeist» (2000). El guante, además, fue recogido por nuevos autores, como Neal Stephenson, que jugaron con las piezas del rompecabezas barajándolas a lo loco en nuevas y sorprendentes configuraciones («Snow Crash«, 1992; «La era del diamante«, 1995).

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Toda esta introducción para hablaros de otro autor quizás no tan conocido, que realizó ese mismo camino, llegando a su propio destino. Me refiero a Walter Jon Williams, que provenía de la novela histórica cuando en 1986 se sumó al cyberpunk con uno de los mejores ejemplos producidos por alguien ajeno al núcleo fundacional: «Hardwired«. Tras publicar en 1987 su secuela, «Voice of the whirlwind», se dedicó unos años a una serie sobre un pícaro intergalático, antes de volver a explorar los conceptos cyberpunk en 1995 con su novela más famosa, «Metropol» («Metropolitan»), que aplica la estética y los temas cyberpunk a una historia que tiene más de fantasía que de ciencia ficción.

En algún momento del pasado la Tierra fue encerrada en el interior de una barrera por fuerzas desconocidas. Nada salvo la gravedad puede atravesarla y nadie sabe por qué ocurrió. Todo el planeta ha sido urbanizado, conformando una enorme ciudad, subdividida en multitud de estados independientes. En el interior de la barrera siempre es de día (la luz proviene de la cúpula) y por cuestiones poco claras, pero que tienen que ver con la geometría de las construcciones, se forman depósitos de una energía conocida como plasma, que ciertas personas (magos, aunque es una habilidad que se aprende siguiendo unos estudios más o menos reglados) pueden manipular para lograr casi cualquier cosa. Quien controla el plasma, ostenta el poder.

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La protagonista es Aiah, una funcionaria de bajo rango de la empresa que monitoriza el uso del plasma en la ciudad de Jaspeer. Tras un accidente salvaje, se tropieza con un depósito gigantesco no registrado. En vez de reportarlo a sus superiores, contacta con Constantine, un Metropol depuesto con ideas reformadoras que nunca se explicitan que perdió una guerra en su propio estado y que ahora es una suerte de líder en el exilio. La relación de fascinación/explotación que se establece entre ambos (a medias mentor/aprendiz, a medias amantes circunstanciales) alimenta la trama, mientras Constantine planea apoyar un golpe de estado en otra nación, utilizando para ello el plasma que Aiah ha puesto a su disposición.

La filosofía y, hasta cierto punto, la estética cyberpunk funcionan sorprendentemente bien en este escenario, en el que la magia constituye en realidad un tema prosaico, más relacionado con los juegos de poder que con las maravillas (y horrores) que es capaz de generar. «Metropol» sigue ciertas convenciones del género, como la del antihéroe protagonista (que aquí se complementa con la pertenencia de Aiah a una etnia de refugiados, despreciada en su ciudad), aunque también realiza una suerte de crítica al arquetipo, al detenerse a considerar el coste humano de la rebelión contra el sistema (que, por supuesto, tienen que pagar otros).

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A grandes rasgos, la novela cosntituye una historia de formación, de cómo un personaje insignificante entra en los círculos secretos de poder y de cómo su ética ha de ir transformándose para aceptar las consecuencias que el ejercicio de ese poder, si está dispuesta a emplearlo, tendrá sobre los demás (y de cómo eso la cambiará irremediablemente). Así, el Metropol Constantine funciona sobre todo como un catalizador del cambio de Aiah, que pierde la inocencia y acaba enredada en un pacto fáustico, aunque nunca pierde por completo la agencia sobre su propio destino.

«Metropol» deslumbra con lo exótico de su ambientación y sugiere, más que muestra, un trasfondo rico y complejo (con mutantes, delfines inteligentes, monstruos creados por el plasma y una mitología contradictoria respecto a los tiempos en que se alzó la barrera). A la postre, sin embargo, lo que plantea es una pregunta muy personal: ¿Qué estarías dispuesto a hacer por obtener poder? ¿Qué sacrificarías para dejar de ser un receptor pasivo de las decisiones de los demás y asumir el control de tu vida?

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El verdadero yo de Aiah es un ser llameante, capaz de volar libre de ataduras, limitada solo por la barrera. Pero desencadenarlo conlleva peligros; un poder tal puede consumir con facilidad a quien lo ejerce. También exige sacrificios y renuncias. La vida, un vez tomado ese sendero, ya no puede ser la misma. En el fondo, «Metropolitan» constituye una lección en nihilismo. ¿Tendrá Aiah lo necesario para convertirse en una supermujer? Es una decisión compleja, que la mayor parte de las novelas que siquiera se lo plantean despachan en un mero gesto simbólico. Walter Jon Williams dedica toda una novela a esa transformación… y nos deja con ganas de saber que sucecederá después.

«Metropol» obtuvo una nominación a los premios Nebula, que perdió injustamente frente a «El experimento terminal», de Robert J. Sawyer. El resto de finalistas fueron «Mendigos y opulentos», de Nancy Kress; «Caldé del Sol Largo», de Gene Wolfe; «Celestis», de Paul Park; y «Mother of storms», de John Barnes. Dos años después, su secuela, «City on fire», cosechó nominaciones a Hugo y Nebula. Problemas de derechos comprometidos habían impedido hasta la fecha la aparición de una tercera novela en la serie, aunque recientemente el autor ha anunciado en su blog que ha iniciado su proceso de escritura.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en abril 28, 2022.

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