Luz virtual

Tras sacudir el mundillo de la ciencia ficción con «Neuromante» en 1984, William Gibson básicamente estableció el prototipo del cyberpunk posterior con su Trilogía del Ensanche (completada con «Conde cero» y «Mona Lisa acelerada»). Para entonces (1988), el cybervirus ya se había extendido como el fuego y ardía a lo largo y ancho del género, autoconsumiéndose en una explosión incontrolable.

No tenía sentido seguir ahondando en esos mismos registros, así que muchos autores buscaron el modo de evolucionar a partir de esas coordenadas, dando lugar a las distintas manifestaciones del postcyberpunk, que siguen mutando hoy en día hacia formas nuevas (y, ocasionalmente, revirtiendo hacia cuando menos la estética del modelo orginal, que sigue sin haber perdido su capacidad de fascinación). William Gibson, por supuesto, no podía ser ajeno a esta tendencia, y su respuesta a cómo proseguir con la exploración temática de sus inquietudes más allá del cyberpunk vino codificada en la Trilogía del Puente, que inició en 1993 con «Luz virtual» («Virtual light»).

Su primera decisión consistió en apartarse de los excesos especulativos de su primera trilogía para ambientar la nueva en un escenario de futuro cercano (tanto, de hecho, que ya es pasado alternativo). «Luz virtual» tiene lugar en 2006, algunos años después de un superterremoto que destruyó Japón (reconstruido desde entonces a base de nanotecnología) y afectó gravemente a toda la costa oeste de los EE.UU., balcanizados en una plétora de microestados semi independendientes (como NorCal y SurCal, las dos naciones en que se ha subdividido la antigua California).

Económicamente, la evolución social ha acabado casi por completo con la antigua clase media, abriendo una brecha cada vez mayor entre las élites privilegidas y todo el resto. Pero incluso entre los menos favorecidos hay diferencias, y una de las comunidades más marginales la constituyen los habitantes de las ruinas del antiguo Puente de la Bahía (cuyo tramo central colapsó durante el seismo y nunca fue reconstruido). En ese microcosmos encontramos a la primera protagonista, la correo Chevette Washington, obligada a ganarse la vida de un modo u otro tras fugarse del centro social al que la llevó la desidia materna. Es ese Puente (que Gibson mismo recreó parcialmente en la película «Johnny Mnemonic», de 2005) el que da nombre a la trilogía.

El otro protagonista de la novela es Berry Rydell, un antiguo policía, caído en desgracia por una denuncia (sin fundamento) en su contra y de nuevo expulsado de su trabajo como guardia de seguridad por culpa de la acción de unos hackers. Como último recurso, acaba siendo recomendado como chófer para Warbaby, un cazarrecompensas al que se le ha encargado la localización de unas gafas de realidad virtual, que contienen un importante secreto comercial, perdidas por un ejecutivo descuidado en una fiesta.

Chevette no tendría que haber estado allí. No es el ambiente en que se mueve. Pero los malos modos de un cliente al recibir su paquete en ese mismo bloque y, posteriormente, la actitud desagradable del ejecutivo, la impulsaron a hacer lo que nunca había hecho: sustraer un paquete de su bolsillo y llevárselo. Ahora, Chevette está en el punto de mira no solo de Warbaby y sus matones, sino también de mercenarios más peligroso, enviados por quienes están dispuestos a hacer lo que sea con tal de que la información almacenada en las gafas no salga a la luz.

El futuro cercano es peliagudo. Corre el peligro de quedar irremediablemente obsoleto en cuestión de años, meses incluso. Pero curiosamente, si el libro es bueno, una vez superado cierto punto vuelve a ser relevante, porque retrata con enorme precisión las inquietudes de su época y, desde el camino alternativo seguido por la realidad, permite realizar un ejercicio comparativo muy interesante.

En la trilogía del Puente, Gibson fijó su atención en las amenazas sociales del capitalismo tardío, proyectando tendencias que se han cumplido en parte… o que todavía podrían cumplirse. A grandes rasgos, y teniendo en cuenta obesiones personales y la complejidad de la cuestión a tratar, no parece ir muy desencaminado en todo lo referente a cuestiones socioeconómicas, y si algo se le puede echar en cara es el «optimismo» respecto a la velocidad de los cambios. Otras cuestiones han quedado más desfasadas (como todo lo que tiene que ver con el SIDA y la existencia de un mitificado proveedor de células madres resistentes con las que se ha elaborado una vacuna universal); mientras que en todo lo que tiene que ver con los medios de comunicación, su influencia creciente y su carencia de principios morales… el jurado sigue reunido, aunque posiblemente Gibson se quedó corto (la idea de la secta que trata de encontrar a Dios visionando viejas películas de vídeo, sin embargo, sigue siendo tan fascinante como patética).

Sobre todo esto, se realiza una revisión crítica del cyberpunk, evolucionándolo hacia una perspectiva más realista y desmitificando a los hackers (es curioso que aquí no hay antihéroes en lucha quijotesca con las megacorporaciones, sino gente normal intentando sobrevivir en un mundo complejo). Estructuralmente, además, me ha parecido una novela menos encorsetada y más integrada de lo que es habitual en Gibson (demasiado apegado a las tres tramas independientes que acaban convergiendo).

La primera vez que leí «Luz virtual», al poco de salir en bolsillo (2002), no me gustó. Tal vez estaba demasiado mediatizado por «Neuromante» y esperaba repetir aquella experiencia; o tal vez había caído en la trampa que comentaba respecto al futuro cercano. El tiempo, sin embargo, creo que le ha sentado bien, y hoy en día su mensaje podría transmitirse más fácilmente, sin distracciones que lo emborronen. La perspectiva de Gibson sobre la deriva del capitalismo sigue siendo muy pertinente y la evolución tecnológica y social confieren a la novela cierto halo de atemporalidad que nos permite centrarnos más en lo importante. Muy recomendable.

«Luz virtual» fue finalista de la edición de 1994 de los premios Hugo, que coronó como ganadora a «Marte verde«, de Kim Stanley Robinson. Fue la última nominación que cosechó Gibson, cuyo estilo cada vez se apartaba más de los gustos de los aficionados (al tiempo que iba recibiendo más reconocimiento por la crítica mainstream). El resto de finalistas fueron Greg Bear por «Marte se mueve» (ganadora del Nebula), Nancy Kress por «Mendigos en España» y David Brin por «Tiempos de gloria». Los cinco fueron también los mejor posicionados en la votación del Locus, que también se decantó por Robinson.

Otras opiniones:

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en abril 20, 2022.

3 respuestas to “Luz virtual”

  1. Me encantó esta novela. Van a reeditar con traducción corregida, lo mismo es momento de releer.

  2. Hay una errata, lo digo por si esto acaba en un libro impreso de reseñas. Pone «orginale» en vez de original.

    • Corregido, gracias. Lo del libro de reseñas… lo más probable es que ya no haya más. Aunque a ver si me responden de una vez respecto a ese otro proyecto que incluirá cerca 500 reseñas como material adicional para consulta online.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

 
A %d blogueros les gusta esto: