Dark moon

David Gemmell fue conocido sobre todo por sus series de fantasía, bien se tratara de ciclos largos como el de Drenai (subdividido en subseries más cortas), bien series más breves, oscilando entre tetralogías y bilogías. También escribió, sin embargo, un puñado de novelas independientes (por designio o por no alcanzar la popularidad necesaria para contar con una secuela). Entre ellas se cuenta «Dark moon», de 1997.

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Tampoco es que varíe demasiado de registro. Estamos en un típico mundo pseudomedieval (aunque todos piensan de un modo sospechosamente moderno), en el que hace unos años se desencadenó una gran guerra que tuvo como consecuencia la desaparición de los bondadosos edain, una raza mágica ancestral, y el inicio de un conflicto entre los ducados humanos por controlar los retazos de magia que estos han dejado atrás.

Por culpa de la ambición de uno de los duques, obsesionado por la victoria y empeñado en utilizar recursos mágicos que no comprende, otra raza antigua, los daroth, que habían sido expulsados a otra dimensión, regresan al plano humano con todo su odio por el resto de seres vivos intacto. Como suele acontecer en las novelas de Gemmell, el conflicto se extiende, las piezas van moviéndose por el tablero y los distintos personajes protagonistas acaban encerrados en una ciudad, esperando el inminente ataque de un enemigo tan poderoso como implacable.

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En lo que «Dark moon» se diferencia de la mayor parte de las obras de fantasía de Gemmell (la trilogía de los Guerreros de Troya, iniciada con «El arco de plata«, supone otra excepción; aunque claro, no es fantástica) es en que se trata de una obra coral, aunque, por desgracia, no termina de encontrar un buen equilibrio entre todos los puntos de vista. Los principales se circunscriben a tres: Tarantio, un famoso espadachín, que a consecuencia de un trauma de infancia ha desarrollado una personalidad oculta, Dace, tan invencible como deshumanizado; la general Karis, una mujer que arrastra sus propios demonios y que siempre está a la búsqueda de la siguiente guerra… y del siguiente amante, aunque en el fondo detesta el derramamiento de sangre; y Duvodas, un juglar, criado entre los edain en el pacifismo y dotado de poderes mágicos, que desde la desaparición de sus benefactores recorre el mundo sin un propósito bien definido.

Estos, sin embargo, no son los únicos puntos de vista. Gemmell, de hecho, pierde un poco el foco, intentando abarcar demasiado en apenas cuatrocientas páginas (algunos de estas digresiones son interesantes, pero en general en su empeño por justificar las accioens de todos los personajes distraen más que enriquecen). Esa falta de estructura es lo que a la postre lastra la historia, que yendo a lo básico retrotrae a otras aventuras del autor, como «Leyenda» o «Héroe en la sombra», que sin embargo se encuentran mucho mejor ancladas al depender de un único personaje central (Druss el Hachero o Waylander el Destructor).

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Lo cierto es que esa dispersión tampoco hubiera tenido que suponer un obstáculo insalvable. Lo que ocurre además es que los personajes no son tan potentes. Tan solo Tarantio resulta sugerente con su doble personalidad (gestionada de un modo extraño, casi como si el guerrero estuviera poseído por su hermano maligno, Dace, con numerosos diálogos internos que muestran un elevado grado de autoconsciencia), aunque no termina de explotar todo su potencial. De igual modo, la exploración sobre lo que es la maldad y sobre la inclinación de los hombres a caer en ella es muy superficial y queda muy difuminada, perdida en medio de la acción.

Otro problema lo tenemos con los daroth, quienes pese a lo mucho que se esfuerza Gemmell (o precisamente por eso) nunca terminan de librarse de la vitola de «amenaza genérica para tu mundo de fantasía». Es decir, resultan tan, tan poderosos (más grandes y fuertes que los humanos, acorazados de pies a cabeza por un exoesqueleto impenetrable y para colmo inmortales, porque nada más morir renacen en una suerte de clones resguardados a salvo en su ciudad) que no es que la lucha sea épica, sino que resulta casi cómicamente desproporcionada.

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Pese a todo, Gemmell tenía oficio y experiencia de sobra para sacar adelante la historia. Tal vez no consiga desprenderse en ningún momento de la impresión de ser una variación poco imaginativa sobre temas y desarrollos de la fantasía épica tradicional (curiosamente, más cerca del modelo ochentero de lo que nunca estuvo en los mismo años ochenta, aunque sin renunciar a un toque grimdark más moderno), pero los personajes logran hacerse lo suficientemente singulares como para desmarcarse un tanto de los arquetipos que representan (guerrero, general, bardo…) y las escenas de acción cuentan con toda la energía de que era capaz de hacer gala el autor (que es mucha).

El final, ligeramente abierto, sugiere que Gemmell tenía intención de seguir explorando ese escenario, con el futuro retorno de los edain (además de otra raza aún más antigua, los oltor, de la que apenas se insinúan detalles). Al final, sin embargo, optó por trabajar otras series (la de Rigante, que acabó extendiéndose por cuatro volúmenes), dejando «Dark moon» como una novela nominalmente independiente.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en abril 16, 2022.

Una respuesta to “Dark moon”

  1. No he leído este libro de Gemmell. Sin embargo, pese a las múltiples criticas que se le pueden hacer, el ciclo de los Drenai es de lo más que he disfrutado de fantasía.

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