Macroscope

Todavía reciente su nominación al Hugo por «Chthon», su primera novela, Piers Anthony volvió a repetir en 1970 por la que posiblemente sea la más ambiciosa de todas sus obras, «Macroscope» (1969), un libro inabarcable, caleidoscópico y ambicioso, muy ambicioso. Ese mismo año recibió una nominación como escritor aficionado (y el año enterior había cosechado otra a relato largo), pero a partir de ahí perdió por completo el favor de los votantes y ya no ha vuelto a asomarse jamás entre los finalistas en categoría alguna.

macroscope2

He de confesar que es uno de los libros más locos que he leído. No en un buen sentido. No es una locura controlada. Es un batiburrillo que toca desde homenajes a la space opera clásica (las desmesuradas hazañas tecnológicas de Doc Smith) a largas parrafadas (pseudo)hard, pasando por escenas simbólicas, fantasías históricas a lo Abraham Merritt (reminiscentes, por ejemplo, de «La nave de Ishtar«), un confuso intento de análisis social (sobre la cuestión racial), cierto machismo inconsciente subyacente y astrología, mucha astrología.

Si tuviera que especular, diría que Anthony pretendía con «Macroscope» subirse al carro de la New Wave, sin comprender que no basta con lanzar alegremente simbolismos al lector. Debe existir una idea detrás, un tema sólido, una intencionalidad específica, una inquietud filosófica. Esta novela lo tiene todo salvo ese anclaje que hubiera podido evitar que todo deviniera en una opera bufa. Terriblemente pedante, eso sí (puede que sea la novela más pedenta que he leído… y eso que he leído varias de Thomas S. Disch).

macroscope3

Lo peor es que debajo de todo eso hay ideas interesantes, e incluso pasajes que casi incitan a pensar si no se la ha juzgado mal. Bajo toda esa parafernalia subyace una historia tan desmesurada como sugerente y si en algún momento el autor se hubiera centrado y hubiera progresado en una única dirección, hubiera podido llegar a alguna conclusión interesante. Sin embargo, nunca tarda mucho en tirar esa impresión por la borda con la siguiente ocurrencia estrambótica.

El planteamiento es el siguiente: en algún momento del futuro cercano (para la novela, es decir, hacia finales de los años ochenta), se ha construido el Macroscope, una base espacial que funciona como una especie de superteslecopio que capta no luz, sino macrones, lo que le permite contemplar cualquier punto del espacio, sin importar lo lejano (o cercano) que esté. De algún modo, esa radiación macrónica resulta ser portadora de una señal que, básicamente, codifica el conocimiento de miles, quizás millones de especies alienígenas, con tecnologías maravillosas y soluciones jamás imaginadas siquiera por el ser humano. Sin embargo, antes de poder empezar a explorar esas posibilidades, aparece un segunda señal superpuesta, el Destructor, que convierte a los más inteligentes de entre los receptores en vegetales.

macroscope

Por no se sabe bien qué líos políticos, cuatro personajes, el enigmático (y supuestamente fallido) producto de un proyecto de eugenesia Ivo, la superdotada (tanto intelectual como físicamente) Afra y la pareja formada por el ingeniero (obsesionado con la astrología) Harold y su mujer (un ama de casa arquetípica) Beatryx,  acaban robando el macroscopio y llevándoselo a Neptuno según las indicaciones del misterioso Schön (el producto estrella de aquel programa, alguien tan inteligente que ha devenido en el perfecto sociópata), lo cual supondrá solo el principio de un viaje interestelar (casi intergaláctico) a la búsqueda de la fuente del Destructor.

Con esto, tan solo he rascado la superficie, porque antes de lo que se pueda imaginar, Piers Anthony está dibujando la historia del universo desde miles de millones de años atrás (con sucesivas etapas de esplendor y decadencia que emparentan casi con experimentos como «Hacedor de estrellas» de Olaf Stapledon), divagando sobre el experimento de mestizaje extremo que dio lugar a un grupo de niños superinteligentes, presentando competiciones de un peculiar juego matemático, insertando relatos que actúan casi a modo de cuentos independientes (no se sabe si fábulas morales o simples digresiones extremas) o entrando en exhaustivo detalle sobre los fundamentos «científicos» de la astrología.

macroscope4

Tengo la sospecha de que ese último punto constituye en realidad el origen de todo. Me da que, como Philip K. Dick con el I-Ching para escribir «El hombre en el castillo«, Anthony empleó un manual astrológico para redactar «Macroscope». La diferencia estriba en que, aun dentro de su estilo para nada concretizador, Dick tenía bastante claro sobre qué estaba hablando y cuáles eran los ejes referenciales de cada una de sus (mucho más breves) novelas. Anthony, por su parte, parece quedarse en el símbolo y demuestra grandes problemas para otorgarle un significado (o siquiera para entender que ese significado ulterior es necesario).

No dudo de la capacidad deslumbradora que tuvo en su momento (y que supongo que aún conserva, mientras te dejes llevar y no pretendas profundizar demasiado). Es, además, una novela de una longitud bastante superior a lo habitual en esas fechas; tando, de hecho, que para su edición en el Reino Unido fue recortada en un veintinco por ciento… y seguro que eso no cambió lo más mínimo su desarrollo. El problema surge cuando intentas interpretar de algún modo lo que lees y no encuentras más que ideas inconexas, conceptos anticuados y, a veces, hasta ofensivos (su perspectiva sobre el conflicto racial, que por aquellas fechas estaba en su apogeo, no puede ser más problemático, y no por intolerante;  y mejor no ahondar en la siempre polémica plasmación de lo femenino en la obra temprana de Anthony) y planteamientos sin atisbo de desarrollo o conclusión.

macroscope5

Como comentaba, de algún modo logró convencer a los votantes de los Hugo de que había sustancia detrás de todos aquellos fuegos artificiales, y así se coló en un más que notable quinteto de finalistas, que incluía dos obas maestras («La mano izquierda de la oscuridad» de Ursula K. Le Guin y «Matadero Cinco» de Kurt Vonnegut), junto con dos novelas polémicas: una historia diferente sobre viajes en el tiempo del siempre interesante (sobre todo en estas fechas) Robert Silverber, «Por el tiempo«; y otra de las exploraciones contemporáneas sobre el conflicto racial (que tampoco ha envejecido muy bien, pero porque los años le han limado los dientes), «Incordie a Jack Barron«, de Norman Spinrad.

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en marzo 27, 2022.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

 
A %d blogueros les gusta esto: