Ladrona de Medianoche

El año 2021 Nalo Hopkinson fue nombrada Gram Maestra por la SFWA. Fue simultáneamente la más joven de todos los distinguidos (con 61 años en el momento de la entrega, tenía cinco menos que Joe Haldeman y Connie Willis cuando fueron nombrados) y la que contaba con una obra más exigua; apenas seis novelas y unos cuarenta relatos, recopilados en su mayor parte un par de antologías.

Su notoriedad proviene sobre todo del modo en que logra conjugar los temas y tradiciones jamaicanos con la escritura de ciencia ficción y fantasía. Su primera novela, «Hija de Legbara» («Brown girl in the ring», 1998), es un buen ejemplo de esto, al presentar un Toronto distópico, sumido en la miseria y el crimen, en el que una joven madre debe recurrir a la antigua magia afrocaribeña para encontrar una salida a una situación de lo más comprometida. Su título más famoso, sin embargo, es el segundo, «Ladrona de Medianoche» («Midnight Robber», 2000).

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Se trata de una historia de ciencia ficción/fantasía inspirada igualmente en el folclore afrocaribeño (en especial el carnaval jamaicano). A grandes rasgos, la novela supone una bildungsroman, que sigue las vivencias de una niña, Tan-Tan, secuestrada por su padre, Antonio, de un planeta tecnológico (Toussaint) y arrastrada a un mundo paralelo, Nuevo Árbol a Medio Camino, poblado no solo por exiliados, sino también por la cultura aborigen original. los douen (ya extinta en su hogar).

En este entorno tan diferente, Tan-Tan acabará sufriendo de abusos sexuales por parte de su padre y, cuando por fin se revuelve, las duras (e injustas leyes) de Nuevo Árbol a Medio Camino la convertirán en una proscrita, forzada a convivir con los douen (que por alguna razón le revelan sus secretos). Incapaz de mantenerse apartada del mundo humano, en compañía de su nueva amiga douen y pese a la persecución implacable de su madastra, Tan-Tan asume el papel del Ladrón de Medianoche, un personaje carnavalesco, en la tradición arquetípica del pícaro defensor de los invalidos.

Hay dos lecturas posibles para «Ladrona de Medianoche». La directa es bastante decepcionante. Los personajes son inconsistentes, se mueven por motivaciones casi inexistentes y, en general, se presentan como tontos de solemnidad. Todo ello, supongo, por apoyar la lectura simbólica, que examina cuestiones como el efecto de la diáspora africana, el abuso esclavista y las ambivalencias de una cultura mestiza afroamericana, atrapada involuntariamente entre dos realidades (unos ejes similares a los de la Saga de la Xenogénesis de Octavia Butler). En ese sentido, cabe interpretar la figura de Antonio, que ejemplificaría los abusos de la nueva patria, ejercidos ante la pasividad, distanciamiento o incluso hostilidad de todas, absolutamente todas, las figuras maternas (que representan a su cultura raíz, tanto en la tierra natal como en la diáspora).

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No puedo afirmar que sea capaz de comprender este simbolismo en todos sus matices, pues carezco de suficientes referentes culturales. Ello no debería ser sin embargo óbice para disfrutar de la historia, porque precisamente para envolver y sustentar el significado profundo está en teoría la trama… y la de «Ladrona de Medianoche» hace aguas, hasta el punto de sacarme por completo de la historia (y, por consiguiente, de la alegoría). En otro orden de cosas, me sorprende además el papel de los douden, porque a grandes rasgos cumplen con el estereotipo a medio camino entre los indígenas auténticos que enseñan al civilizado externo y el «negro mágico» en el que tan a menudo se ha encasillado a los personajes negros.

Una buena historia debería ser capaz de sustentarse por sí sola, más allá de cualquier posible sublectura simbólica. En el caso de «Ladrona de Medianoche», sin embargo, tanto los personajes como la trama están tan al servicio del simbolismo que se olvidan de resultar sugerentes o incluso coherentes por sí mismos. En ausencia, pues, de resonancia emocional personal con el subtexto (su ambivalencia intrínseca, que como ya he apuntado es uno de los rasgos característicos de la identidad afroamericana y, por extensión, del afrofuturismo, no ayuda), queda una novela un tanto decepcionante.

Supuestamente, otro punto de interés del texto es el lenguaje, cuajado en el original de elementos criollos. Eso, por desgracia, no ha sobrevivido a la traducción (más allá de tres o cuatro muletillas), por lo que el estilo de Nalo Hopkinson pierde así uno de sus puntos de interés en su versión en español (que es la que he leído).

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Pese a todo lo comentado, la recepción en los EE.UU. fue muy positiva, cosechando por ejemplo para la autora su primera y única nominación al Hugo, un año extraño que coronó a J. K. Rowling por «Harry Potter y el cáliz de fuego», al tiempo que George R. R. Martin se quedaba en finalista con «Tormenta de espadas», completándose el quinteto de finalistas con «The sky road» de Ken MacLeod y «El cálculo de Dios» de Robert J. Swayer. Una muestra de lo raro que fue ese año es que «Ladrona de Medianoche» es la única novela que repite nominación en los Nebula (aunque «Tormenta de espadas» logró nominación al año siguiente), acompañada por «Forests of the heart» de Charles de Lint, «Crescent City rhapsody» de Kathleen Ann Goonan, «Infinity beach» de Jack McDevitt, «Una campaña civil» de Lois McMaster Bujold y la injusta ganadora: «La radio de Darwin«, de Greg Bear.

Junto con estas dos nominaciones mayores, «Ladrona de Medianoche» fue también finalista de los premios James Tiptree Jr. y Philip K. Dick.

Otras opiniones:

~ por Sergio en enero 30, 2022.

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