Davy

Entregado a la ciencia ficción a la relativamente tardía edad de cuarenta y pico años, y tras un par de novelas (la segunda de las cuales, «A mirror for observers», le valió su mayor reconocimiento, el International Fantasy Award de 1955), el grueso de la producción de Edgar Pangborn giró en torno a un mismo escenario, unos EE.UU. postapocalípticos en los que tras un conflicto nuclear a escala planetaria la tecnología ha retrocedido a niveles preindustriales y el territorio se ha balcanizado, dando lugar a decenas de estados seudofeudales.

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Esta serie recibe por apelativo conjunto Tales of a Darkening World (Relatos de un Mundo Oscurecido), aunque muy a menudo se la conoce por el título de la primera novela del ciclo (por orden de publicación, que no según la cronología interna): «Davy» (1964), que es también la obra más conocida de Pangborn.

Unos trescientos años después de aquel conflicto, el personaje titular, Davy, que es también el narrador (aunque contándolo todo a modo de memorias, desde una veintena de años en el futuro), es un joven de poco más de trece años, atado por un contrato de servidumbre a una posada (para pagar la manutención estatal recibida en el orfanato donde, como hijo de una puta, se ha criado). Davy lleva una existencia simple, hasta que las circunstancias (el estallido de una guerra fronteriza y ciertas actividades, razonablemente inicuas, al menos por lo que se refiere a su patrón, aunque peligrosas en tiempos de conflicto) le fuerzan a escapar (no sin antes cumplir su sueño de fornicar con la hija del amo).

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Inicia así un periplo que lo acabará llevando a bordo del Morning Star, un barco de vapor casi como los de antes, donde él y otros rebeldes parten al exilio después de un fracasado intento de reforma social en uno de los más poderosos estados del noreste de los antiguos EE.UU. Esto se nos cuenta a través de insinuaciones, porque en realidad el período que abarca la novela es bastante más corto, comprendiendo básicamente sus años de vagabundeo, primero en compañía de una pequeña banda de desertores (buena gente, sin embargo) y luego como integrante de una troupe itinerante (hasta que, de nuevo, las circunstancias lo obligan a abandonarlos).

Confieso que me ha costado comprender este libro (o, más bien, comprender qué vieron en él los votantes que lo nombraron finalista del premio Hugo de 1963). El escenario no resulta particularmente novedoso y ya no lo era en 1962. Para entonces, de hecho, se había transformado en una suerte de tópico, que se apoyaba en precursores tan magníficos como «The long tomorrow» de Leigh Brackett (1955) o «Cántico por Leibowtiz» de Walter M. Miller Jr. (1960). Ni siquiera el componente de maduración resulta a primera vista especial, aunque posiblemente en su época sorprendió por su tratamiento de la muy activa vida sexual de su joven protagonista (hoy lo que tenía de provocativo se ha tornado en machacón y un tanto gratuito… por no hablar de algún que otro encuentro de consentimiento dudoso).

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La culpa la tiene en parte su estructura. En realidad, son dos novelas cortas, «The golden horn» y «A war of no consequence», publicadas originalmente en The Magazine of Fantasy & Science Fiction en 1962, engarzadas por medio de una historia auxiliar (que narra la llegada de los navegantes a unas islas atlánticas identificadas como el archipiélago de las Azores). La conexión temática entre los tres grandes bloques narrativos es… tenue.

En el primero, Davy se tropieza en los bosques cercanos a su hogar con uno de esos temibles mutantes de los que tanto le han hablado, quien se encuentra en posesión de una valiosa trompa precataclísmica (la música es una constante en las narraciones de Pangborn). El modo, no demasiado ético, en que Davy se hace con ella ocupa parte de la historia, descansando el resto en una superficial descripción del conflicto armado que pone todo en movimiento; un guerra sin consecuencias, como indica el título de la segunda novela corta, porque la propia sociedad se encuentra estancada, por decisión propia en niveles casi medievales.

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Existen aquí y allá detalles que podrían justificar la alta estima que le tenía, por ejemplo, Ursula K. Le Guin a Edgar Pangborn. Así, por ejemplo, en ese futuro no hay conflictos raciales, por la simple razón de que el cuello de botella inicial ha creado una población mestiza muy homogénea (en la que se practica la eugenesia, eliminando sin piedad las mutaciones y donde caracteres inusuales como el pelo rojo se contemplan con sospecha), pero a la novela, por mucho que el Davy adulto se inmiscuya en la narración, le cuesta llegar al meollo filosófico y, cuando lo logra, lo hace de un modo tan sutil que al pricipio apenas resulta preceptible.

Porque resulta que el fundamentalismo religioso también es una de esas características comunes al escenario, así que al principio no le prestas mucha atención. Poco a poco, sin embargo, emerge un conflicto subyacente entre conservadurismo religioso y progresismo científico, al tiempo que la maduración de Davy va quedando más y más definida por su progresivo abandono de la fe que le han inculcado de pequeño (sin excesivo fervor) y su viaje hacia el ateísmo.

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He ahí, por fin, el eje vertebral de «Davy». Se trata de una novela que describe la «conversión» al ateísmo de un joven, algo que incluso hoy en día resultaría polémico en los EE.UU., pero que Edgar Pangborn retrata con tanta sutileza que hay que estar muy atentos para verle venir. En ese sentido, lo (relativamente) tópico del escenario se convierte en un truco más del autor para enmascarar sus verdaderas intenciones. Así, al igual que pasaba con «A mirror for observers», «Davy» va ganando en interés a medida que lograr focalizar su discurso… aunque eso no basta para compensar por completo una estructura narrativa un tanto desarticulada.

A la postre, además, la novela se queda muy en la superficie, dejando la historia colgada y con un tremendo agujero en el centro para el que se insinúan acontecimientos que se antojan más interesantes que los que finalmente se acaban narrando en detalle. Al parecer, además, cualquiera interesado en estos hechos o en el futuro de Davy después de lo narrado en la novela se tiene que quedar con las ganas, porque el resto de historias ambientadas en este escenario funcionan más como precuelas, ambientándose en general unas pocas décadas después de la Guerra de los Veinte Minutos que lo desencadenó todo.

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Así ocurre con «The judgemente of Eve» (1966) y «The company of glory» (1974), las dos novelas (breves) adicionales, y posiblemente también con el resto de historias, diez cuentos largos, publicados en distintos medios entre 1973 y 1975 y compilados parcialmente en la antología «Still I persist in wondering» (1978). En estas narraciones posteriores es más patente la orientación queer de Edgar Pangborn, que en «Davy» no queda más que ínfimamente sugerida (algo que deriva sin duda de los movimientos de liberación gays posteriores a 1969).

El premio Hugo de aquel año lo ganó Fritz Leiber con «El planeta errante» y hubo solo tres finalistas. Junto con «Davy», se contaron «El hombre completo«, de John Brunner, y «The planet buyer», de Cordwainer Smith, que con el tiempo acabaría constituyendo una porción de su única novela, «Nostrilia» (que no fue publicada de forma íntegra hasta 1975).

Otras obras del mismo autor reseñadas en Rescepto:

~ por Sergio en enero 4, 2022.

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