Naufragio en el mar selenita

Pese a su relevancia, Arthur C. Clarke apenas tuvo presencia en los primeros premios Hugo (quitando del temprano triunfo en la categoría de relato por «La estrella» en 1955). Esto, en parte, fue cuestión de mala suerte. Sus mejores novelas de la época las publicó o justo el año antes de que empezaran a entregarse («Preludio al espacio» y «Las arenas de Marte«) o precisamente en los años que se saltaron la categoría («El fin de la infancia» en 1953, aunque luego fue candidata al retroHugo de 1954, y sobre todo «La ciudad y las estrellas» en 1956). Por ello, su primera nominación (en novela) hubo de retrasarse hasta 1963, con la publicación de «Naufragio en el mar selenita» («A fall of moondust»)… en 1961 (el porqué fue nominada dos años después se escapa a mi comprensión).

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«Naufragio en el mar selenita» es bastante típica dentro de la producción temprana de Clarke (de hecho, marca para muchos críticos el final de esta primera etapa, en el sentido de que enfrenta a unos hombres con un desafío que solo podrán superar aliados con la ciencia. En un momento en que la Luna acababa de ser elegida como meta de la carrera espacial (por John F. Kennedy, en un mensaje al congreso en mayo), Clarke se imagina nuestro satélite ya «domesticado», convertido en un prosaico destino turístico. Pero en el espacio, hasta lo más rutinario puede transformarse en un desafío.

A falta de información directa de nuestro satélite, Clarke imagina un océano de fino polvo acumulado en una depresión, por el que puede navegar una nave estanca, la Selene, al mando de un joven (y no muy ambicioso) capitán, con una azafata y veinte afortunados turistas. Bueno, afortunados hasta que ocurre lo inimaginable y un pequeño lunamoto, con epicentro justo bajo el mar de polvo, licua ese inusual sustrato y provoca que el vehículo se hunda quince metros bajo la superficie. Es entonces cuando sus ocupantes, junto con las autoridades y especialistas pertinentes, empiezan a librar un combate a contrarreloj contra las implacables leyes de la física.

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Lo que sigue es un desarrollo bastante típico, en el que se van encadenando problemas potencialmente catastróficos a los que buscar soluciones inspiradas por la ciencia, mientras a bordo de la Selene la tripulación (con ayuda de un famoso héroe espacial que por casualidad estaba realizando el trayecto a petición de los dueños de la compañía) se esfuerza no solo por colaborar en su rescate, sino también por entretener al variopinto grupo de viajeros (muy británicos ellos).

Los personajes son simples, pero están quizás mejor definidos de lo que era habitual en Clarke, y su modelo de hard ingenieril no solo es más accesible que el físico de, por ejemplo, Hal Clement, sino que mantiene con relativa facilidad su vigencia. Lo que sí ha quedado totalmente desfasado es su planteamiento social, bastante machista (simplemente, no le alcanzó la imaginación para proyectar una mayor igualdad en el futuro a cien años vista), aun siendo Clarke un humanista muy adelantado a su tiempo, que presenta por ejemplo a uno de los personajes como un inteligente físico y tal vez el mejor de los pasajeros… antes de revelar su linaje como aborigen australiano (hasta 1962 los aborígenes no pudieron votar y hasta 1967 no poseyeron los mismos derechos que el resto de habitantes de Australia, aunque a efectos prácticos siguen siendo incluso a día de hoy una etnia con problemas de integración).

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Estos detalles son los que lastran y datan un poco la historia que, por lo demás, bien podría haber sido escrita hoy en día (respecto, quizás, a otro satélite más ignoto de nuestro Sistema Solar). Clarke es meticuloso y la estructura sigue siendo hoy en día el modelo sobre el que se construye cualquier aventura catastrófica que se precie. Por una vez, además, es de agradecer que un autor reduzca al mínimo imprescindible el melodrama barato (pues plantea un escenario donde otros muchos escritores, menos hábiles en el planteamiento de desafíos técnicos, podrían haberse visto impelidos a engordar el conflicto artificialmente a base de encontronazos de carácter personal).

Como curiosidad, podría mencionarse que Clarke, racionalista hasta el fin, emplea a uno de sus personajes (un pasajero conspiranoico) para burlarse de la ufología… lo cual no le sentó nada bien al traductor, el reconocido ufólogo español Antonio Ribera (autor también de novelas de ciencia ficción), que se despachó a gusto sobre el particular en una notas a pie de página que confieren a la obra una insospechada (e involuntaria) riqueza metatextual.

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Tras «Naufragio en el mar selenita» Clarke publicó una novela juvenil y otra no de género en 1963, y tras liarse con Stanley Kubrik no volvió a sacar una nueva novela hasta 1968 con «2001: Una Odisea en el espacio» (después de pasar cuatro años trabajando en el proyecto). Fue una época más centrada en la divulgación científica, que dio paso a su período más reconocido gracias a la fama otorgada por el cine. Como punto final de una era, «Naufragio en el mar selenita» es una pequeña/gran novela, cuya sencillez le confiere todavía más mérito, porque a veces no hace falta deslumbrar, sino simplemente proponerse un objetivo y cumplirlo a la perfección.

Philip K. Dick mereció por completo el Hugo de aquel año por «El hombre en el castillo«, pero la de Clarke (cuestiones dudosas de elegibildiad aparte) no fue en absoluto una mala nominación. El quinteto de finalistas se completó con «The sword of Aldones», de Marion Zimmer Bradley (una de sus primeras novelas del ciclo de Darkover, posteriormente reescrita por completo como «El exilio de Sharra»), la simpática novelita «Encuentro en Zarathustra«, de H. Beam Piper, y la más extraña del grupo, «Sylva«, de Vercors (Jean Bruller), que fue no solo la priera novela traducida en obtener una nominación, sino también la primera puramente de fantasía.

Otros libros del mismo autor reseñados en Rescepto:

~ por Sergio en diciembre 7, 2021.

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