El otoño de las estrellas

El pasado día 23 de noviembre se anunció el fallecimiento de Miquel Barceló, una de las personalidades fundamentales en la evolución de la ciencia ficción en España.

Tras sus primeros pinitos en la edición, como responsable del fanzine Kandama a principios de los ochenta, en 1986 se hizo cargo de la dirección del nuevo sello Nova para Ediciones B, y fue a través de él como nos abrió las puertas de la mejor ciencia ficción internacional (con posterioridad, dirigió también la efímera colección Omicrón de la editorial Libros del Atril). Fueron decenas (cientos) de títulos, muchos de ellos provistos de sus característicos (y a veces controvertidos) prólogos. En Nova apareció también su clásico ensayo «Ciencia ficción: guía de lectura» (1990), que vino a rellenar un gran hueco que había en el panorama nacional y que abrió a muchos las puertas del género en una época en la que la información no se encontraba tan disponible como hoy en día (y en Nova también participó como autor, junto con Pedro Jorge Romero, con su única novela, «El otoño de las estrellas», y años después con un fix up, «El tríptico de Dios»).

De importancia no menor cabría mencionar su papel en la creación y mantenimiento del premio UPC, tal vez el más prestigioso (y sin duda el más internacional) de cuantos se han concecido en nuestro país a la ciencia ficción (y que está por fin de vuelta, tras unos años de declive, si bien con una periodicidad bianual).

En 2001 recibió su único premio Ignotus (a mejor libro de ensayo, por «Paradojas: Ciencia en la ciencia ficción), si bien por dos veces las antologías del premio UPC por él coordinadas obtuvieron también este galardón. Eso sí, ya en 1996 había recibido el premio Gabriel, como reconocimiento a todo su trabajo en pro de la ciencia ficción.

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«El otoño de las estrellas» (2001) constituye una relativa rareza dentro de la ciencia ficción española por su vocación hard (algo más singular hace veinte años). Parte de una novela corta, «Testimoni de Narom», que fue ganadora en 1998 del premio andorrano Juli Verne a narrativa breve de ciencia ficción en catalán, a la cual se le añadió para su edición en Nova una segunda línea argumental. Así, la obra final se compone de dos historias que se van alternando para confluir (más o menos) al final.

La primera de ellas nos sitúa en Geria, un planeta recientemente colonizado en un futuro distante varios siglos de nuestros días. Este mundo se caracteriza por una extraña sucesión de estaciones que sufren transiciones irregulares y cataclísmicas, hasta el punto de impedir la habitabilidad en la superficie planetaria. La ciencia se ha visto incapaz de explicar este fenómeno y en su sustitución ha emergido una suerte de religión, que impulsa cada cambio de estación a unos pocos colonos a arrostrar las terribles tormentas del cambio en busca de los míticos habitantes originales de aquel mundo, los gerios. Ninguno de ellos ha regresado jamás, lo que supone una grave preocupación para el narrador, un ingeniero de soporte vital cuya novia ha partido inopinadamente en busca de esa quimera.

La segunda trama se sitúa unos mil años en el futuro de esta. A esa realidad posthumana despierta Tawa, un astronauta perdido en el espacio en el siglo XXIII y resucitado gracias a la fabulosa nanotecnología del XLVIII. Los hijos de la Tierra han alcanzado un desarrollo extraordinario que los ha vuelto no solo inmortales, sino casi omnipotentes. Las grandes obras de astroingeniería se desarrollan por doquier y posthumanos comparten universo con entidades puramente artificiales… pero siempre de su creación. La galaxia se ha probado un territorio yermo por lo que respecta a vida no ya solo inteligente, sino incluso superior. En busca de un propósito que le permita reconectar con una existencia tan diferente a la suya original, Tawa encuentra motivación en la exploración del único planeta en el que se ha detectado una civilización tecnológica (de reptiles), aunque con una psicología muy diferente de la humana.

La novela alterna entre ambas líneas narrativas, sin que existan realmente muchos puntos de unión, más allá de un interés manifiesto por explorar conceptos avanzados de cosmología, nanotecnología y astroingeniería. En ello queda de manifiesto no tanto la formación específica (ambos autores eran ingenieros aeronáuticos, a lo que Miquel Barceló añadía un doctorado en informática y una diplomatura en ingeniería nuclear) como un interés general por la ciencia y sus posibilidades.

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De igual modo, son más que evidentes las influencias (el uno como editor y el otro como traductor eran grandes conocedores de la ciencia ficción anglosajona), que sin embargo no resultan excesivamente molestas por lo amplio del abanico de referentes, que van desde las reconocidas «Río lento» (Nicola Griffith, 1996), «Marte se mueve» (Greg Bear, 1993) o «Hacedor de estrellas» (Olaf Stapledon, 1937) a las más que probables «Pórtico» (y su saga, de Frederick Pohl, 1977), «La era del diamante» (Neal Stephenson, 1995) y «Ciudad Permutación» (Greg Egan, 1994) o incluso algo de Sheffield («Entre los latidos de la noche», «La odisea del mañana«, «La telaraña entre los mundos«) y a saber cuántos más. Esa es la cuestión: cuando la inspiración es directa, el resultado adolece de poca personalidad; sin embargo, cuando bebes de múltiples fuentes, la novela, aun siendo evocadora de todas ellas, posee pese a todo un carácter propio.

¿Es suficiente con eso? Bueno, no del todo. La inexperiencia de los autores en el campo de la ficción se deja notar claramente. Los personajes son superficiales, la narración presenta una acusada tendencia a caer en el didactismo y la mera enunciación de sucesos, errores como las repeticiones innecesarias son abundantes y las tramas en sí resultan bastante simplonas, con ciertos giros argumentales tratados con una excesiva ligereza que los priva de dramatismo. Todo lo cual no implica que la novela no sea disfrutable.

Hay un toque de optimismo y confianza en la ciencia y el futuro que a menudo se echa de menos en la ciencia ficción hard moderna. Es cierto que, sobre todo en la trama del futuro lejano, hay a veces un aluvión de ideas que no terminan de encajar ni mucho menos llegan a desarrollarse, pero esa misma exhuberancia retrotrae a tiempos más optimistas, en los que el futuro se contemplaba con esperanza. En muchos sentidos, «El otoño de las estrellas» es una utopía tecnológica, y leída así se minimiza el peso de la trama o los personajes en la valoración final.

Quizás su mayor virtud resida precisamente en tener muy claras sus limitaciones y operar así dentro de ellas para ofrecer una visión amable del futuro de la humanidad (lo cual no le impide desviarse ocasionalmente hacia el drama o incluso la tragedia). «El otoño de las estrellas» ofrece ciencia ficción hard de la vieja escuela (nada de elucubraciones metafísicas) y es razonablemente eficaz en cumplir su propósito: entretener con lectura ligera y apelar al sentido de la maravilla a través de la ciencia. No pretende más, no logra menos.

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Miquel Barceló (30 de noviembre de 1948 – 23 de noviembre de 2021)

IN MEMORIAM

Otras opiniones:

~ por Sergio en diciembre 1, 2021.

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