Sylva

De las trescientas treinta y tantas novelas que han sido finalistas al premio Hugo, posiblemente la más improbable (y desconocida) sea «Sylva», del francés Vercors (Jean Bruller), nominada en la edición de 1963, siendo simultáneamente la primera obra de fantasía pura finalista y la primera escrita originalmente en un idioma diferente del inglés (¡tuvieron que pasar cincuenta y dos años para que nominaran la segunda, «El problema de los tres cuerpos«, de Cixin Liu!). Cómo lo consiguió, habida cuenta además de que no es ninguna obra maestra olvidada, se escapa a mi comprensión (aunque sospecho que pudo haber algo de juego sucio, teniendo en cuenta además que hasta a los autores británicos les costaba ser reconocidos en esa época).

La trama es fácil de resumir. En los años veinte, un joven caballero inglés presencia la milagrosa transformación de una zorra en una bella muchacha que, pese a todo, conserva inicialmente la mentalidad animal. Poco a poco, y a través de grandes esfuerzos, va adquiriendo facultades humanas, mientras la actitud de su cuidador para con ella va cambiando, también con notable parsimonia. Eso es básicamente todo. Una narración contada en primera persona (y en pasado, supongo que porque esta misma historia, ambientada en los años sesenta, sería incluso más anodina), con un puntillismo cansino que no conduce realmente a nada, ni construye ningún tipo de discurso filosófico más allá de unas vagas nociones antropológicas que posiblemente ya estaban anticuadas en los años sesenta (y de ahí, también, esa ambientación anticuada).

Hay dispersas aquí y allá subtramas que involucran a la media docena de personajes secundarios con un mínimo de presencia (como la drogadicción en la que cae una potencial rival de Sylva, antigua casi novia del narrador), pero que se quedan igualmente en la superficie… y ya. Muy, muy poca sustancia para dar consistencia a una narración tan larga. Da la impresión de ser un cuento largo, quizás incluso una novela corta, estirada y estirada hasta la extenuación. De hecho, no oculta su relación con una novela corta de David Garnett de 1922, «Lady into fox», que cuenta la historia justamente opuesta, la de una joven dama que un día, sin previo aviso, se transforma en zorra. No solo la obra de Vercors  presenta un reflejo especular de esta premisa, sino que las respectivas mujeres se llaman de forma parecida (Silvia/Sylva) y existen otros paralelismos en el desarrollo de ambas historias. La principal diferencia es que Garnett lo cuenta todo en cien páginas, mientras que Jean Bruller alarga y alarga su novela hasta llegar casi a las trescientas (sin añadir un ápice más de profundidad).

Todo esto queda epitomizado en la apresurada y un tanto surrealista resolución, que no cierra nada, no conecta con nada y no da sentido a nada, quedando únicamente como el giro sorpresa que podría diseñarse para un relato breve e inconsecuente (y que, de nuevo, referencia el remate de «Lady into fox», si bien no esta vez como un reflejo invertido). Puro impacto gratuito, sin mayor relevancia.

Como adelantaba, no encuentro una explicación lógica a su inclusión entre las novelas finalistas al Hugo que no implique algún tipo de campaña sucia por parte del autor o su entorno (lo bastante moderada como para no hacer saltar las alarmas). Aquel 1962, por ejemplo, quedaron fuera títulos como «La isla» de Aldous Huxley, «La naranja mecánica» de Anthony Burguess o «El mundo sumergido» de J. G. Ballard, e «Invernáculo» de Brian Aldiss acabó entrando (e incluso se llevó el gato al agua), pero en otra decisión extraña no como novela, sino en la categoría de relato (para el conjunto de textos del fix-up).

Ni siquiera creo que pueda colgársele la medalla de haber abierto los premios Hugo a la fantasía, pues si bien obras de este género empezaron a aparecer de forma más consistente entre los finalistas (aunque por décadas lo más común era que fueran disimuladas como algún tipo de science-fantasy), ello también pudo deberse a los cambios que fueron introduciéndose en el mercado estadounidense tras la publicación en 1965 de «El Señor de los Anillos».

Disquisiciones inconsecuentes aparte, encuentro muy poco que recomendar en «Sylva» como novela, con independencia de cualquier reconocimiento que pudo o no recibir. Tal vez no soy el lector adecuado, porque necesito percibir algo detrás de la mera enunciación de acontecimientos y en este libro no encuentro absolutamente nada. Tal vez «Sylva» tenga que sentirse más que reflexionarse. Solo sé que a duras penas conseguí acabarlo y que al hacerlo no podían importarme menos ni Sylva ni el aburrido narrador de la historia.

Aquel año Philip K. Dick ganó su único premio Hugo con «El hombre en el castillo«, mientras que Marion Zimmer Bradley logró una nominación por «The sword of Aldones» (que más tarde reescribiría como «El exilio de Sharra»), H. Beam Piper hizo lo propio con una novelita muy simple, aunque tremendamente simpática, «Encuentro en Zarathustra» y, en otra decisión extraña (y van…), se incluyó en el quinteto de destacados una novela de Arthur C. Clarke editada (tanto en el Reino Unido como en los EE.UU.) en 1961, «Naufragio en el mar selenita«, que no había sido nominada en su año.

Ya solo queda mencionar que en 2019, casi sesenta años después de la edición en cuestión de los premios Hugo, se reconoció oficialmente como coautora (y por tanto como cofinalista) a Rita Barisse, la mujer de Jean Bruller y su traductora al inglés (era una periodista británica), posiblemente a raíz de la inclusión de Ken Liu como traductor de Cixin Liu en 2015 (y 2017).

~ por Sergio en noviembre 22, 2021.

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